Libros leídos en el 2015

Siguiendo la costumbre, (comenzada por este honorable individuo), he aquí la lista de los libros leídos durante el 2015.

Hay libros cuya lectura arrastro a lo largo del año y que encuentran en diciembre el momento idóneo para ser concluidos. Naturalmente, hay otras obras que mi atención dispersa no consigue concluir en un solo año. Aunque, hablando con sinceridad, cuando eso ocurre, tales libros son aplazados indefinidamente. ¿Hace cuánto tiempo que Goedel, Escher, Bach de Hosftadter espera ser finalizado? Un destino similar le ha ocurrido a El camino a la realidad de Penrose. Y, de la misma manera, La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Weber acumula polvo en mi librero desde hacer un par de años.

Durante el 2015, la lista de aplazados fue engrosada con un par de libros que, probablemente y de la misma manera que los ya citados, nunca termine. Por un lado, está el colosal texto de historia titulado, simplemente, Ideas, escrito por Peter Watson. Y el otro texto, también monumental y también de historia, es La primera guerra mundial de Martin Gilbert. Espero que el 2016 me dé oportunidad de limpiar esa cenicienta perspectiva de obras sin finalizar.

Pues bien, comencemos:


  • Jordi Agustí y Mauricio Antón, La gran migración

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Mientras leía la ya mencionada Ideas, me surgió la inquietud de profundizar en los temas de la prehistoria humana. Principalmente estoy interesado en indagar en torno a las hipótesis fisiológicas y ambientales (biológicas) que provocaron el origen del lenguaje. Ideas dedica un capítulo a ello pero, siendo un trabajo que persigue dar cuenta de toda la historia intelectual humana, está obligada a no detenerse demasiado en ningún tópico. Me parece que una obra de historia, cuando tiene la pretensión de abarcar periodos demasiado amplios, corre el riesgo de convertirse en una enciclopedia. Sospecho que algo parecido ocurre con Ideas. En todo caso, el tratamiento insuficiente que hace de las “ideas” cuyo origen tuvo lugar durante la prehistoria me dejo con una sensación famélica. Y La gran migración forma parte de mis intentos por saciar mi interés alrededor de esa misteriosa etapa del ser humano.

Encuentro un tono en la obra que me deja la impresión de que no se trata enteramente de una obra de divulgación o que, más bien, los autores no estaban dispuestos a amenizar al lector si ello iba en detrimento de su rigurosa formación como investigadores. Por ejemplo, se detalla de manera extensa los yacimientos de los que se tiene registro y la manera en que su ubicación y características sirven como evidencia para llegar a determinadas conclusiones. Una obra de divulgación sencillamente se limitaría a afirmar que las cosas fueron de tal o cual manera. En La gran migración, por el contrario, se obedece un principio científico de intentar colocar las principales afirmaciones como si éstas se encontraran sobre la mesa de debate. La verdad, celebro ese tono. Aunque acepto que puede resultar un poco agotador para el lector a veces conocer detalles que, hablando con rigor, le interesan más a los especialistas. Por otro lado, esa obsesión de los autores por referirse a los animales únicamente por su nombre científico, muy adecuada cuando se escribe un paper, provocaba que me extraviara bastante. Algunas veces tenía que ver directamente Wikipedia para conocer a qué tipo de animal se referían. Por suerte, el libro está bellamente ilustrado y muchos de las especies que mencionan tienen su correspondiente representación gráfica.

Un capítulo interesante del libro es el dedicado a los neandertales. Según relatan los autores, los neandertales fueron una especie de homínidos que consiguieron emigrar a Europa y que fueron contemporáneos de los homo sapiens. Y, de manera similar a nuestra especie, tuvieron cierto desarrollo cultural e, incluso, se piensa que contaban con lenguaje. Ése me parece un tema de estudio fascinante: el contacto que debió haber tenido nuestra propia especie con la de los neandertales. Los autores pintan un escenario que da pie a muchas conjeturas emocionantes: Seres de piel blanca pero cubierta de vello, que ya cuentan con un desarrollo tecnológico avanzado y que incluso pueden hablar, se encuentran por primera vez con los seres humanos actuales, recién emigrados de África, de etnia negra, llenos de tatuajes y de símbolos pintados en su cuerpo. ¿Habrá sido inmediatamente violenta la reacción entre ambas especies? Lo que está claro es que la coexistencia entre estas dos especies no perduró y los neandertales fueron, o bien asimilados, o bien desplazados y exterminados. Y, hablando de violencia, prosigo con el siguiente libro.


  • Norman Mailer, ¿Por qué estamos en guerra?

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Tan ridículas y miopes me parecen las opiniones que el autor presenta en este libro que no me resultó fácil terminarlo. No bromea Chomsky cuando dice que una buena parte de los intelectuales están dispuestos a defender, incluso con sinceridad y entusiasmo, el status quo y las bases del poder institucional. Norman Mailer es uno de esos intelectuales (Freeman Dyson, del cual ya hablé en otra entrada, es otro).

Naturalmente, Mailer no es tan ingenuo como para respaldar lo indefendible. Admite que la invasión a Irak no fue ni justa ni tuvo otra justificación más que la de incrementar la hegemonía de Estados Unidos. Pero tal actitud, por parte de un conservador, no tiene porqué despertar ninguna sorpresa: incluso los sectores más conservadores de la “opinión pública estadounidense” se opusieron a la guerra de Vietnam a principios de 1970, esto es, después de años de intervención norteamericana en Vietnam del Sur.

Pero lo peor de este libro son las reflexiones en torno al terrorismo. Hay una afirmación que me pareció sumamente estúpida. A la pregunta sobre “¿por qué odian los musulmanes a los Estados Unidos?”, Mailer responde: “porque nos tienen envidia”. ¡Ah!, parece entonces recordar, “También nos odian por razones más molestas. El capitalismo de empresa tiene por costumbre apoderarse de grandes porciones de las economías de otros países”. Menuda mierda de frase. Intercambia de lugar el motivo principal por el que cabría odiar a un país y una hipótesis de lo más absurda. Y como si eso no fuera suficiente, Mailer se toma el cuidado de presentar la causa “secundaria” del odio como algo lo suficientemente atenuado como para que adquiera la apariencia de una mera consecuencia colateral; un pequeño efecto negativo de algo que, en general, es muy “saludable”: el capitalismo de empresa. Por otro lado, qué ignorante me parece la hipótesis de que los musulmanes (generalización de lo más imbécil y miope: En Turquía y en Indonesia también son musulmanes y eso no les impide vivir una forma de civilización muy parecida a la occidental) envidian a Estados Unidos. ¿No se detuvo Mailer a estudiar un poco de historia y observar por qué otras civilizaciones han evitado la irrupción de la forma de vida occidental? ¿Por qué Japón, por ejemplo, persiguió una política de aislamiento durante el siglo XVII? ¿Por qué siguen existiendo beduinos y tribus amazónicas? ¿Por qué, en el corazón mismo de la civilización occidental, existen ciertos grupos de personas que deciden crear comunidades autónomas? ¿Tan difícil es para Mailer entender que no todos están interesados necesariamente en llevar una forma de vida como la norteamericana? Y, sin embargo, para él, el odio proviene principalmente de la envidia que se tiene ante tan majestuoso país.


  • José Ingenieros, El hombre mediocre

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Este libro lo encontré, casi deshojado y lleno de polvo, en la vieja biblioteca familiar. ¿Acaso será un breve tratado de ética de un pensador latinoamericano y, por ello, bastante poco leído? Resultó ser un himno a la vitalidad del ser humano y leerlo fue uno de los momentos más estimulantes del año pasado. La importancia que le doy a esta obra la he expresado extensamente en otra entrada.


  • Edgar Allan Poe, Cuentos

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Los cuentos de Poe son como las fábulas de Esopo. Todos hemos escuchado o leído varias. En mi caso, por algún motivo, todos los exámenes de inglés que he tenido que cumplir han girado alrededor de esos cuentos. De la misma manera, los primeros ensayos literarios que me exigieron durante mi carrera también empleaban escritos de ese autor. Pues bien, me parecía algo triste que mi memoria sobre esa parte tan importante de la literatura estuviera tan ligada al entorno académico (ambiente que nunca me ha parecido genuino; no se puede amar lo que es impuesto). Por ello decidí leerme esta antología de Alianza Editorial que, en un solo tomo, agrupa los cuentos de terror y de misterio del autor; las aventuras de Gordon Pyme y los cuentos que, en opinión de Cortazar (el traductor de esta antología), no están tan bien logrados, se encuentran en otros tomos que todavía no me he conseguido.

Por desgracia, Los crímenes de la calle Morgue y El corazón delator son ambos cuentos que relaciono mucho con lo escolar (El corazón delator lo vinculo todavía más con Los Simpsons). Por ello, no puedo decir que me produjeran ninguna sensación de sorpresa. Caso muy distinto es el cuento El gato negro, parecido al Corazón delator pero, en mi opinión, mejor conseguido. Otro cuento parecido es El tonel de amontillado, también excelente y también uno que (por suerte) la cultura popular y la universitaria no suele citar. Nunca había leído el cuento La verdad sobre el caso del señor Valdemar, que me dejó totalmente estremecido. Pocas veces he leído una historia de terror tan espeluznante. En ese sentido, Revelación mesmérica también me gustó mucho, aunque intercambia la sensación de terror por la de lo enigmático, que para algunos puede resultar todavía más sugestiva.

Creo que es una característica de los cuentos de Poe el repetir el mismo escenario desde distintas perspectivas. Algunas de esas perspectivas me parecen tan buenas que terminan opacando, en mi opinión, a las otras. Así, por ejemplo, me causó mucha más sorpresa Morella que Ligeia. Sobre todo por la manera en la que Poe conecta el golpe final de la primera en contraste con la segunda.

En suma, me la pasé excelente con estos cuentos. Lo que más me gusta del estilo de Poe es ese interés que tiene por presentar sus narraciones de la forma más enigmática. Su estilo está muy preocupado por evitar todo tono escolar, tímido o timorato (adjetivos todos que, al final de cuentas, hacen referencia más a o menos a lo mismo). Ello le da a sus narraciones una forma muy sincera, como si se tratara de una confesión que un amigo hace. Esa impresión me parece más fuerte por el hecho de que, en general, sus cuentos tienen la perspectiva de la primera persona.


  • Andrei Makine, Requiem por el este

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Se trata de una novela en donde tres generaciones de personajes viven las distintas etapas de la historia de la Unión Soviética: la época revolucionaria, la gran guerra patriótica, la lucha por la hegemonía global y, finalmente, el derrumbamiento de ese proyecto de nación. Todas esas épocas están marcadas por la guerra y la tragedia; de la misma manera, todas las generaciones de personajes aprenden rápidamente a desensibilizarse de esas situaciones. La narración no pretende de ninguna manera hacer una apología de la historia soviética. Me parece que el autor tenía la intención de que uno encontrara absurdo y repentino el hecho de que los distintos personajes se encontraran, de repente, en medio de una guerra. Esa misma sensación me recuerda mucho a la que se siente en la película Underground, de la que ya hablé en otra ocasión. Supongo que no es casual que Makine se haya referido, en general, al este y no únicamente a la Unión Soviética al titular su obra. La guerra y la tragedia parecen haberse desenvuelto de una manera muy similar en todos los países del llamado bloque oriental.

La parte que más me gustó de la novela fue el intento que el autor hace para reflejar el modo en el que un niño, que apenas empieza a hacer uso del lenguaje, percibiría los acontecimientos violentos que de repente impactan a su alrededor. La historia adopta entonces una forma de escritura muy extraña que encuentro muy justificada: la perspectiva de un bebé es necesariamente incompleta y los acontecimientos sólo se perciben por medio de extrañas analogías respecto a objetos cotidianos. ¿De qué otra manera podría entender una enorme piedra que, de repente, aparece en la mitad de la choza en la que vive? ¿Cómo puede un bebé comprender la agitación de los pasos de la persona que lo carga, cuyo movimiento opera a un ritmo muy distinto al que está acostumbrado? Makine, me parece, hace un valiente intento por plasmar una perspectiva así.


  • Jorge Ibarguengoitia, Maten al león

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Leí esta novela durante un viaje a mi ciudad natal. Creo que las historias de Ibarguengoitia son ideales para leerse durante esas etapas de confusión y auto-reconocimiento que suponen, para mí, los viajes largos. En general, son obras breves y están repletas de humor negro. Así que, en los ratos en los que la “introspección viajera” me resulta demasiado pesada, puedo echar mano fácilmente a esos textos y mantenerme entretenido por un rato. Por supuesto, estoy completamente enterado de que no voy a alcanzar ninguna conclusión profunda con estos libros y éste que estoy reseñando aquí no fue la excepción.

Se trata de otra novela latinoamericana de dictadores. Pues si los gringos tienen sus películas patrióticas de soldados y espías, los latinoamericanos tenemos nuestro propio personaje idiosincrásico: los dictadores. Nuestros dictadores latinoamericanos no son, como pensaría la mente prejuiciosa de un extranjero, sujetos de una seriedad imponente y ojos inyectados de sangre, cuya única preocupación parecería ser la de mantener el orden y asesinar a todos sus oponentes. Tal es la imagen que se tiene de Robespierre, por ejemplo. Pero la imagen de los dictadores latinoamericanos es de un paradigma muy diferente. Son generales que saben vivir bien, que no se quiebran la cabeza demasiado en asuntos de gobierno o control; en lugar de ello, están más interesados en el alcohol, en las prostitutas o en las peleas de gallos. Son hombres que siempre exhiben un humor excelente y que poseen un carisma inmenso como para conseguir ser admirado o incluso querido por la masa de la gente. Usualmente apenas han leído libros ni saben de arte y esa escasa cultura provoca que las clases altas lo detesten. ¿Quizá eso mismo ocasione que la gente común y corriente se sienta identificada con él? Por otro lado, los dictadores latinoamericanos no necesitan hacer uso constantemente del aparato policial y manchar de sangre las calles para así garantizar su dominio; aunque eso no significa que tengan el menor escrúpulo a la hora de eliminar a todos los conjurados, intelectuales y estudiantes (que, en general, provienen de los estratos altos de la sociedad) que involucren un desafío para su gobierno.

Pues bien, el dictador de la pequeña islita bananera en la que transcurre esta novela de Ibarguengoitia es una clara estampa de la imagen del dictador que acabo de esbozar. Lo cual no necesariamente es bueno, pues hay mil y una historias que retratan a ese mismo personaje. Pero, por lo menos, en este librito la trama es bastante divertida.


  • William Golding, Los Hombres de Papel 

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Nunca he leído El señor de las moscas, la novela más conocida de Golding (ni falta que me hace, con lo parodiada que ha sido). Así que no sé bien qué impulso me llevó a comprarme este libro. Me parece que el hecho de que no distinguiera nada más en una miserable librería de feria. ¿Y por qué, entre todos mis libros que acumulan polvo sin terminar, finalicé éste? El caso es que ha sido la primera novela de Golding que he leído.

No puedo decir que me haya gustado mucho. No me sentí atrapado por el estilo pretencioso con el que el personaje, en primera persona, narra los sinsabores que incluso un escritor venerado por todos, tiene que sufrir. Pues ésa es la trama principal: un sujeto petulante, acostumbrado a recibir felaciones por parte de su público, tiene que lidiar con un catedrático fanático que a la fuerza quiere tener el honor de escribir su biografía. Acepto que la representación del ambiente académico que hace esta novela es bastante acertada: se trata de un mundo lleno de individuos dispuestos a abandonar su dignidad con tal de escalar peldaños. Sin embargo, más allá de ese detalle, la historia no llegó a interesarme demasiado. ¿Será que Golding se sintió como su personaje, un escritor que conquistó la cima de la perfección, capaz de conferirse el soberbio derecho de abandonar la pluma? Si esta narración intentaba únicamente comunicar esa sensación, hice muy mal en leerla. Pues ya había visto expresada esa misma idea de una manera mucho mejor en un capítulo de Los Simpsons:


  • Julio Cortazar, Historias de cronopios y famas

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Luego de leer cierto post del blog, mi hermana me comentó que mis palabras le recordaron las Historias de cronopios y famas. Pues bien, yo nunca había leído esa obra, así que dediqué los últimos días de diciembre (durante otro viaje) a esa pequeña serie de cuentos. Puedo decir que durante el 2015 estimé mucho la forma de escribir de Cortazar, pues suya es la pluma que tradujo la colección de Poe que terminé ese año.

Creo que llamar cuentos a algunos de los escritos que conforman Historias de cronopios y famas no sería del todo correcto. Es prosa, sin duda, pero se trata de una especie de híbrido entre un cuento y un aforismo. En algunos casos, los textos casi tienen la extensión de una moraleja. ¿Qué habrá motivado en algunos escritores esa forma de escribir ideas cortas? Según Cortazar, la novela, como si la lectura se tratara de un combate de boxeo, debe ganar por puntos; mientras que el cuento debe ganar por knockout. Esto significa que el cuento no puede darse el lujo de poseer elementos o descripciones gratuitas: tiene que ir dispuesto a ganar al lector de un solo golpe rápido. Pues bien, quizá Cortazar estaba obedeciendo su propio consejo al escribir las Historias de cronopios y famas. Sin embargo, los textos demasiado cortos no consiguieron retener mi curiosidad. Quizá tengo una especie invertida de déficit de atención. Por el contrario, me agradaron mucho más aquellas partes del libro que observaban un ritmo un poco más sosegado; por ejemplo, las que se referían a los ingeniosos empeños de las familias del barrio Pacífico, conjunto de narraciones que conforman el segundo capítulo de la obra. He de agregar también que, a primera vista, los capítulos de Historias de cronopios y famas no parecen seguir un orden en particular y bien podía empezar por el último o por el primero.

El último capítulo del libro trata directamente las “historias de cronopios y famas” y en él aparecen estampas de las razas cuya descripción se había prometido desde el mismo título de la obra: Los cronopios, los famas y las esperanzas. ¿En qué creo que se asemejan estas razas de seres con respecto a las razas de humanos de las que hablé en la ya mencionada entrada, esto es, los normales e intelectuales de Enzensberger o las sombras e idealistas de Ingenieros? Pues bien, lo que creo es que estas distinciones de Cortazar crean un nuevo nivel de especificación y, así como tiene sentido hablar de normales idealistas o intelectuales sombras, podríamos encontrarnos con cronopios normales idealistas o famas intelectuales sombras. Aunque tengo el presentimiento de que hay una notable tendencia entre los famas a ser sombras.


  • Cicerón, Sobre la vejez. Sobre la amistad.

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En diciembre del año pasado celebré el trigésimo aniversario de mi natalicio. Y por algún misterioso motivo creo importante hacer un esfuerzo de percepción sobre lo que significa en un hombre haber acumulado vivencias y haber llegado a una edad como la que he alcanzado. Pues bien, considero que una buena base para un escrito de tal naturaleza se encontraría en tres trabajos clásicos: el diálogo de Cicerón sobre la vejez, el diálogo de Séneca sobre la brevedad de la vida y el ensayo de Montaigne sobre el tiempo. Espero terminar de escribir mis resultados de esas lecturas en alguna entrada próxima.

Mientras tanto, he de decir que esta pequeña colección de Cicerón me hizo reencender mi pasión por los trabajos filosóficos romanos. La suya fue una cultura de lo más digna que tenía un interés muy especial en subrayar su independencia con respecto a la labor intelectual de sus profesores griegos. Cicerón, en particular, insiste en que el afán práctico, como opuesto al contemplativo, es lo que diferenciaría a los romanos de los griegos. Y, en cierta manera, tiene razón. Varios de los mayores filósofos romanos no dedicaron sus vidas al ocio contemplativo o al diálogo, como así ocurría en el caso de los pensadores griegos. Por el contrario, poseían importantes cargos políticos. Así era el caso de Cicerón, de Marco Aurelio o del propio Séneca (quien, a pesar de todo, defendía una vida de contemplación y ociosidad al estilo de los griegos).

En todo caso, tengo que agregar que la emoción de comprensión y asentimiento que me provocó esta obra no se compara con la que siento actualmente mientras leo el diálogo similar de Séneca.


  • Italo Calvino, Las ciudades invisibles.

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Ésta es otra colección de cuentos-aforismos. Sin embargo, aquí la conexión entre las diferentes historias es mucho más clara que en el caso de las Historias de cronopios y famas. De hecho, quizá podría ser sencillamente posible eliminar la categoría de “cuento” a estas narraciones y reconocerlas únicamente en calidad de proverbios: reflexiones alrededor de lo que involucran la sucesión de asentamientos urbanos. Pues, aunque en ocasiones el autor se esmere en buscar describir lo que caracteriza a cada ciudad sobre la que discurre su imaginación, el caso es que, al final, todas las ciudades terminan pareciéndose y obedeciendo a un mismo principio de agrupación. Los motivos por los que la gente decide vivir en ciudades son similares y obedecen a un mismo afán de civilización. Así que, al final, el autor parece estar haciendo un ensayo reflexivo sobre urbanismo más que un trabajo de ficción.

Y vaya que me resultó interesante esta obra. Lo que más me llama la atención es la insistencia en el carácter melancólico y nostálgico que representa la ciudad para la vida de las personas. Pues se trata de organizaciones que cambian constantemente. Y un hombre que viaja tiene oportunidad de observar y comparar esos cambios. Percatarse de ellos y empezar a preguntarse sobre el espacio que habita.

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El debate S.E.T.I.

A pesar de que todavía hay regiones desconocidas en las profundidades del océano Pacífico, el planeta Tierra ha dejado de ser un referente de la noción de vastedad. El siglo XX, que sufrió dos guerras con teatros de acción en cuatro continentes y fue testigo del advenimiento de la tecnología satelital, consiguió realmente contraer las dimensiones conceptuales bajo las cuales concebíamos a la Tierra. El obscuro bosque, la impenetrable selva, la montaña insuperable o el inmenso mar son todas expresiones que hacen uso de adjetivos que únicamente emplearíamos por condescendencia. El ser humano posee ahora la capacidad para incendiar el bosque entero, talar la selva al punto de convertirla en pradera, impulsarse por encima de la mayor de las montañas o cruzar el océano en tan sólo horas. Conceptualmente, la tierra se ha empequeñecido e, incluso, se empieza a albergar la sospecha de que sus dimensiones resultan insuficientes para las siete mil millones de personas (ocho mil millones para 2025) que la habitan.

El referente del concepto de vastedad es ahora el espacio. En otros tiempos, Tales de Mileto dirigía su mirada curiosa hacia las estrellas, como un infante que observa inocentemente un objeto que le resulta incomprensible. Tales tuvo que soportar las carcajadas de una esclava al no advertir, en el ensimismamiento contemplativo con el que observaba el cielo, que un pozo aparecía bajo sus pies. Sin embargo, las cosas han cambiado 2500 años después. El ser humano vuelve a levantar la cabeza y a escudriñar el firmamento; pero sus ojos son diferentes a los de Tales. En ellos no se refleja ya una inocente curiosidad. Ahora brillan con ambición. De la misma manera que conseguimos conquistar la Tierra, ¿no será posible lograr la conquista del espacio? Infinitos recursos mineros nos aguardan. Territorios sin fin que cubrir con nuestras colonias. Una inmensidad sobre la que poco a poco hemos conseguido colocar nuestros pies.

Es natural que esta fascinación por la exploración espacial nos haga recordar la época dorada de la era de las exploraciones sobre nuestro propio planeta. Un detalle en particular estimula nuestra imaginación: en aquella época, donde quiera que los buques tocaran tierra se descubrían nuevas gentes y culturas. ¿Sucederá lo mismo con los viajes espaciales? Una extraña expectativa histórica vuelve atractiva esa hipótesis. Hay quienes adoptan incluso un tono de seguridad y argumentan que, dada la inmensidad del Universo, sería extraño que la Tierra fuera la única depositaria de vida inteligente. A partir de ensoñaciones como éstas nació el proyecto SETI.

El principal objetivo de SETI (acrónimo de search for extraterrestrial intelligence) es detectar por medio de radiotelescopios las señales que pudieran emitir civilizaciones extraterrestres. A su vez, cada cierto tiempo, SETI envía señales de radio al espacio. Se tiene la esperanza de que, algún día, otra civilización pueda recibirlas y se establezca contacto.

SETI era un programa de investigación auspiciado inicialmente por la NASA, esto es, por los impuestos estadounidenses. Pero el gobierno dejó de patrocinar la misión cuando consideró que los 12.2 millones de dólares anuales que se gastaban en el proyecto eran un despilfarro de dinero. Esa consideración resulta algo extraña para un gobierno que no tiene problemas en gastar continuamente 18 millones de dólares en la construcción de  un helicóptero de combate Apache, o 29 millones en la fabricación de un ICBM nuclear. Sin embargo, los fondos gubernamentales de SETI fueron cancelados y, desde entonces, el proyecto se ha convertido en una organización civil sin fines de lucro que recibe su apoyo únicamente del capital privado compuesto principalmente por las contribuciones de los aficionados.

Sin embargo, 12.2 millones de dólares anuales no son nada despreciables. Involucran una cantidad de dinero que muchas otras organizaciones sin fines de lucro recibirían con el arrebato de alguien que se saca la lotería. Más pertinente es la preocupación por el destino de ese dinero cuando nos hacemos la siguiente pregunta: ¿qué tan factible es esperar que el proyecto SETI tenga éxito? Y, si las probabilidades a su favor fueran mínimas, ¿está justificado gastar dinero en su mantenimiento? Ambos interrogantes están en la base de la discusión académica que recibe el nombre de debate SETI.

-La ecuación Drake-

¿Qué tan probable es que exista vida inteligente extraterrestre que pueda recibir o emitir señales relevantes para el proyecto SETI? Existe una famosa expresión probabilista que intenta plantear este problema. Se conoce como ecuación Drake (por su creador, Frank Drake, presidente emérito de SETI):

N = R* x Fp x Ne x Fl x Fi x Fc x L

N es el número de civilizaciones de la vía láctea que pueden producir o recibir señales electromagnéticas.

R* indica el número probable de estrellas que surgen en la Vía Lactea con un tamaño adecuado como para abastecer planetas con vida. Si la estrella es demasiado grande, su combustible se agota rápido. Si la estrella es demasiado pequeña, su ecoesfera, esto es, el área en donde es posible que la estrella alimente de energía a la vida en un planeta, se reduce. Se estima que es posible que surjan 3 estrellas del tamaño del Sol en la Vía Láctea por año. 

Fp es el número de estrellas que tienen planetas en su órbita. Al respecto, hay estimaciones favorables que sostienen que prácticamente todas las estrellas del tamaño del Sol tienen planetas. 

Ne se refiere a la probabilidad de que alguno de los planetas de Fp tenga características adecuadas como para que pueda surgir la vida en él. El planeta debe poseer el tamaño adecuado, una inclinación del ecuador adecuada, su órbita alrededor de la estrella no debe ser demasiado excéntrica, etc. Se estima que toda estrella del tamaño del Sol puede tener entre uno a cinco planetas con características adecuadas para la vida. De la misma manera, se han descubierto al menos 31 planetas que parecen tener condiciones favorables para la existencia de vida. 

Fl representa la probabilidad de que en uno de los planetas considerados por Ne se origine, de hecho, la vida. Se referiría, por ejemplo, a la probabilidad de que el planeta posea agua en estado líquido, de que los átomos de carbono conformen cadenas de moléculas adecuadas, etc.

Fi se refiere a aquellos planetas considerados por FI en donde la vida desarrolla inteligencia.

Fc considera a aquellos planetas en donde la vida inteligente desarrolló una civilización lo suficientemente avanzada como para emitir o detectar señales electromagnéticas.

L representa el tiempo de existencia de una civilización capaz de emitir o detectar señales electromagnéticas. Dado que las civilizaciones terrícolas suelen tener un tiempo de vida, L presupone que toda civilización tiene un lapso de existencia. Así, L trata sobre la posibilidad de que dos civilizaciones coexistan simultáneamente en la Vía Láctea y, por ello, puedan ser capaces de comunicarse.

Los integrantes de SETI consideran con bastante optimismo los resultados que podrían obtenerse agregando valores razonablemente bajos a la ecuación Drake. Se estima que, por lo menos, debería existir otra civilización en la Vía Lactea capaz de detectar nuestras señales. 

-Los argumentos indeterministas-

A partir del planteamiento de la ecuación Drake, podemos percatarnos adecuadamente de las cuestiones que dan origen al debate SETI. Más concretamente, podemos percibir que no hay debate alguno en lo que respecta a las probabilidades consideradas por R*, Fp y Ne. Esos valores pueden encontrarse a través de la investigación astrofísica y los científicos de SETI son profesionales en dicha área.

De la misma manera, y aunque suscita un poco más de polémica, el debate SETI tampoco gira alrededor de Fl. Los átomos que conforman las moléculas principales de la vida (carbono, hidrógeno y oxígeno) existen fuera de la tierra. Según la NASA, dichos elementos son, de hecho, los más abundantes del universo. De modo que no resulta imposible imaginar que las moléculas de la vida puedan originarse también en otros planetas. Y si no las mismas moléculas de la vida sobre la tierra, quizá son posibles otras combinaciones. Si suponemos eso último, se amplía la posibilidad de que seres auto-replicantes (creo que esa expresión es prácticamente un pleonasmo) habiten en otros planetas.

Asimismo, también está libre de debate las consideraciones relativas a L. La historia de nuestras civilizaciones nos muestra que éstas entran regularmente en etapas de decadencia por diversos motivos: agotamiento de recursos, epidemias que diezman a la población, malas políticas burocráticas que inhiben el cambio, etc. Es poco probable que una civilización salve todas esas dificultades y perdure ilimitadamente. De la misma manera, dado que estamos hablando de civilizaciones tecnológicas, podríamos preguntarnos qué tan probable resultaría que las civilizaciones extraterrestres se autodestruyeran. Los seres humanos estuvimos (o estamos) cerca del suicidio colectivo debido a nuestra acumulación de armas nucleares o a nuestra política de contaminación indiscriminada. Además, existe una suposición biológica de la que se deduce que toda civilización debería tener un fin. Si las especies de invertebrados sobreviven desde cinco a diez millones de años y los vertebrados tienden a desaparecer antes que los invertebrados, es de suponer que la especie que conforma una civilización extraterrestre tienda a extinguirse obedeciendo tales estándares biológicos (Para la referencia de esa suposición, cf. El pulgar del panda, Stephen Gould, Crítica, Barcelona, 2006, p. 155). En ese sentido, es razonable considerar que toda civilización posee una línea de tiempo, con un principio y un fin.

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Pues bien, son los componentes restantes de la fórmula, Fi y Fc, los que provocan el debate SETI. Ocurre que tanto Fi como Fc dotan a la ecuación Drake de un carácter multidisciplinario que rebasa completamente el campo de las probabilidades astrofísicas: Fi sólo puede determinarse a partir de consideraciones de Biología. Por su parte, Fc forma parte del territorio de estudio de las Humanidades (las ciencias sociales, la historia y la filosofía).

Podemos resumir, en una sola frase, la advertencia principal de la Biología y de las Humanidades frente al optimismo de SETI: No hay una dirección privilegiada que determine, por un lado, la evolución de las especies y, por otro, la forma en la que se desenvuelven las civilizaciones. El primer caso podríamos definirlo como INDETERMINISMO BIOLÓGICO y, el segundo, como INDETERMINISMO HISTÓRICO.

Indeterminismo biológico-

En primer lugar, debemos preguntarnos qué es la inteligencia. Siguiendo la definición que presenté en otra entrada de este blog, determinaría que la inteligencia se refiere a la capacidad para hacer uso del lenguaje. Pero admito que no todos estarán de acuerdo con esa definición. En ese sentido, quizá podría presentar aquí una versión mucho menos polémica del concepto de inteligencia: la inteligencia es la capacidad de un ser vivo para desarrollar tecnología y transmitir sus hallazgos directamente a sus descendientes.

Si aceptamos la definición anterior, lo siguiente sería preguntarnos en qué medida la inteligencia es un atributo biológico. Como también he considerado en otro lugar, me parece que los órganos del ser humano que más están relacionados con su inteligencia (el cerebro, las manos, la columna vertebral, etc) posibilitan la inteligencia pero no necesariamente la producen. Con esto quiero decir que la inteligencia es una “capacidad latente” susceptible de existir gracias a las cualidades fisiológicas del ser humano; pero la inteligencia no se da automáticamente por la mera existencia de los órganos fisiológicos. Para que la inteligencia surgiera por primera vez fue necesario que ciertas condiciones del entorno en el que vivían los primeros homínidos se cumplieran. Si no se hubieran dado las condiciones que se dieron, o si las condiciones hubieran sido totalmente distintas, la inteligencia bien pudo no haber surgido en absoluto, por mucho que el ser humano estuviera fisiológicamente “equipado” para ello.

Para la mayoría de los biólogos modernos, los seres vivos no son organismos independientes a su ambiente. Muchos biólogos conocen perfectamente los errores del reduccionismo y están enterados de que los organismos biológicos no son meras acumulaciones de genes u órganos. Como mínimo, saben que dichas acumulaciones son sólo organismos biológicos cuando se consideran como habitantes de un entorno; entorno que los obliga a hacer uso de sus cualidades de una manera específica para sobrevivir y tener descendencia. En ese sentido, la inteligencia es un atributo biológico en la medida en que se trata de una de las múltiples formas en las que el ser humano ha conseguido emplear sus capacidades fisiológicas para responder a las calamidades de su ambiente. Bien pudo ocurrir que el ser humano hubiera explotado sus cualidades de una forma distinta, no-inteligente, pero que igualmente le hubiera dotado de una ventaja evolutiva. O bien pudo ocurrir que el entorno en el que el ser humano habitaba no lo hubiera expuesto a la necesidad de utilizar sus capacidades latentes en la dirección del descubrimiento de la inteligencia.

La selección natural no escoge una sola capacidad como superior a las demás para toda situación posible. Por el contrario, la selección natural encuentra que determinadas capacidades son adecuadas para entornos determinados. En otras palabras, lo que proporciona una ventaja en cierto ambiente puede dejar de ser ventajoso en otro. Por poner ejemplos relativos a los órganos que nos posibilitan la inteligencia: un cerebro grande puede resultar contraproducente si los nutrientes para su buen funcionamiento no se encuentran en el hábitat de la especie que porta esa mutación. La postura erguida no es una ventaja en un ambiente muy accidentado, lleno de montañas y acantilados. Etc. La propia existencia del atributo de inteligencia podría no ser necesariamente más valiosa en todas las situaciones. Como escribe Ernst Mayr:

[…] la alta inteligencia no siempre es favorecida por la selección natural, contrario a lo que podríamos esperar. De hecho, todo el resto de organismos vivos, millones de especies, existen bien sin necesidad de la alta inteligencia.

¿Es posible determinar la probabilidad de que la vida desarrolle inteligencia si no hay una dirección específica que nos lleve a ella? Si la vida existe en otros planetas, seguramente ésta se desarrolla en ecosistemas mucho más variados de los que tenemos en la tierra, y en ella se desenvuelven todo tipo de seres totalmente inimaginables para nosotros. La inteligencia fue una respuesta que el ser humano alcanzó producto de un conjunto complejo pero preciso de factores fisiológicos y ambientales. Fueron necesarias toda una serie de mutaciones contingentes para el desarrollo de los órganos que la inteligencia necesita para existir. De la misma manera, fue necesario que el ser humano tuviera que enfrentarse a un ambiente específico: una vida en la sabana abierta después de que la especie se hubiera acostumbrado a la vida arborícola. En su nuevo hábitat, el ser humano pasó a adquirir el papel de presa frente a lo que algunos consideran como “la más impresionante alineación de depredadores del mundo”. ¿Por qué habrían de volver a repetirse esos factores fisiológicos y ambientales en otro lugar del universo?

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Podría suponerse, por otro lado, que la capacidad de la inteligencia puede surgir a partir de formas de vida muy diferentes de las que poseemos los seres humanos. Así lo establecía Carl Sagan cuando sostenía que:

Claramente cuando hablamos de inteligencia extraterrestre, no estamos hablando, a pesar de Star Trek, de humanos o humanoides. Estamos hablando de equivalentes funcionales a humanos, por ejemplo, cualquier criatura capaz de construir y operar radiotelescopios. Tales seres pueden vivir en la tierra o en el mar o en el aire. Pueden tener químicas inimaginables, formas, tamaños, colores, apéndices y opiniones. No se requiere que ellos sigan la ruta de la evolución de los humanos.

Sin embargo, siguen siendo relevantes las palabras de Mayr que citábamos anteriormente: la inmensa mayoría de las especies terrestres no han tenido necesidad de desarrollar inteligencia para continuar desempeñándose bien frente al jurado de la selección natural. Por lo que sabemos del único caso que conocemos, la inteligencia fue sólo una de entre muchas respuestas posibles para una especie específica de vertebrado que habitaba en un ecosistema específico. ¿Será la inteligencia siempre una respuesta adecuada para otros seres que se desempeñan de diferente manera en otros ecosistemas? ¿Cómo desarrollaría tecnología un ser que habitara en el aire o uno que habitara en el agua? ¿Cómo desarrollaría tecnología un ser invertebrado? ¿Cómo desarrollaría tecnología un ser microscópico? ¿Por qué va a ser la tecnología la mejor solución para resolver los problemas de esos otros tipos de seres vivos?

El punto principal del indeterminismo biológico es que la evolución no se trata de una cadena lineal. Citando nuevamente las palabras de Mayr:

[…] la evolución nunca se mueve en una línea recta hacia un objetivo (“inteligencia”) como ocurre en un proceso químico o como resultado de una ley física. Los caminos evolutivos son altamente complejos y se asemejan más a un árbol con todas sus ramas.

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Consideraciones parecidas al indeterminismo biológico operan alrededor del valor Fc de la ecuación Drake. El indeterminismo tecnológico es análogo al indeterminismo biológico: no existe ningún camino que conecte necesariamente a la vida con la inteligencia y, de la misma manera, no existe ningún camino que conecte necesariamente a la inteligencia con los radiotelescopios.

¿Qué es un radiotelescopio? Se trata de una antena parabólica capaz de detectar las ondas de radio de alta frecuencia del espectro electromagnético. Hay en esa definición una multitud de conceptos importantes: antena, onda, espectro electromagnético. Detrás de cada una de esas nociones hay una larga e intrincada historia que no sólo está compuesta por aspectos relativos a la investigación científica como tal.

Todos los conceptos utilizados por la ciencia y la tecnología pretenden hacer referencia a fenómenos del universo. Sin embargo, ello no evita que todos los conceptos científicos posean una historia. Esa historia no se limita únicamente a los pasos del método científico (hipótesis, teoría, contrastación…) sino que involucra también toda una complejidad de elementos de muy diversa índole. Fue necesario el desarrollo de cierto “clima intelectual” para que un determinado conjunto de personas se interesara, en primer lugar, en la investigación alrededor de un fenómeno como el de la luz visible. Dicho clima intelectual tiene, a su vez, su propia historia compleja. El origen de las universidades o el surgimiento del propio método científico no fueron acontecimientos espontáneos, sino que también nacieron producto de diversos cambios sociales, políticos y económicos que la civilización occidental fue adoptando a lo largo de cientos de años. Sin todo ese cúmulo de eventualidades históricas, el clima intelectual que propició la investigación científica simplemente no existiría. Y, sin un clima intelectual específico, el que se suscite un descubrimiento científico se torna imposible.

Tomemos el caso del concepto del espectro electromagnético. Éste hace referencia a un fenómeno que se deducía a partir de las ecuaciones sobre el campo electromagnético que James Maxwell elaboró en 1864. Considerar que había una relación entre el campo magnético y el campo eléctrico se debía al trabajo de Michael Faraday, quien había conseguido inducir corriente eléctrica a partir de campos magnéticos. Pues bien, mediante sus ecuaciones, Maxwell consiguió comprender el comportamiento de las ondas electromagnéticas. Entre otras cosas, consiguió determinar que la velocidad de dichas ondas era constante. Y ocurrió que el valor de la velocidad obtenido se asemejaba a la velocidad de la luz visible, dato que anteriormente había sido alcanzado mediante el trabajo experimental de investigadores como Wilhelm Weber. De manera que Maxwell concluyó que la luz visible debía ser una onda electromagnética, poseedora de un comportamiento del que las ecuaciones de Maxwell daban cuenta. Pero si bien las ecuaciones de Maxwell determinaban la velocidad de las ondas electromagnéticas, permitían que éstas tuvieran diferente frecuencia y longitud de onda. Así, diferentes frecuencias y longitudes se referirían a fenómenos sobre los cuáles no se tenía hasta entonces sino una idea vaga, puesto que eran fenómenos invisibles al ojo humano. Sin embargo, ya se tenía conocimiento de la existencia de dos de estas ondas invisibles: la radiación infrarroja de Herschel y la radiación ultravioleta de Ritter. Y, de la misma manera, debería haber más ondas invisibles si se asignaban todavía otros valores de frecuencia y de longitud de onda. De hecho, la cantidad de ondas (de diferentes frecuencias y longitudes, pero de la misma velocidad) debería ser infinita. Dicho conjunto infinito recibiría más adelante el nombre de espectro electromagnético. Y uno de los subconjuntos más importantes del espectro electromagnético sería el de las ondas de radio, descubiertas por Hertz en 1886.

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Desde una perspectiva ahistórica, todo este proceso de descubrimientos puede considerarse como una serie natural de hallazgos que la comunidad científica tenía que alcanzar algún día, una vez que fijara su atención durante suficiente tiempo en diversos fenómenos del mundo. De esa manera, cualquier raza alienígena que se dedicara a observar fijamente los fenómenos del Universo durante un tiempo suficiente, necesariamente descubriría, eventualmente, la existencia del espectro electromagnético. Y, continúan los promotores de SETI, eso nos permitiría establecer contacto, pues mediante las ondas de radio podremos establecer comunicación.

Sin embargo, la perspectiva ahistórica descuida un sinnúmero de detalles. ¿Por qué razón la mayoría de los descubrimientos principales relacionados con el fenómeno del espectro electromagnético tuvieron lugar en la Europa del siglo XIX? ¿Por qué razón se encontraba Faraday o Maxwell interesados en el fenómeno del campo electromagnético? ¿Por qué había sujetos interesados en estudiar la velocidad de la luz? ¿Qué tipo de sociedades les permitió a individuos como Faraday o Maxwell el dedicarse a estudios que, a corto plazo, no ofrecían ninguna consecuencia de aplicación práctica? ¿De dónde provenía el aparato matemático utilizado por Maxwell para elaborar sus ecuaciones? ¿Por qué esos investigadores utilizaban un aparato matemático para intentar comprender la realidad física? ¿A qué tipo de estudio tuvo acceso el joven Maxwell? ¿Cuáles eran los libros impresos que cayeron en sus manos y por qué eran impresos ese tipo de libros? Etc, etc. Ninguna de estas preguntas es gratuita: todas hacen referencia a aspectos sociales y políticos que tuvieron que darse para que se hubiera descubierto el fenómeno del espectro electromagnético. Y para responder cada una de esas preguntas es necesario realizar una compleja investigación histórica. Ahora bien, si tan sólo una de esas variables históricas hubiera sido diferente, el fenómeno del espectro electromagnético nunca hubiera sido conocido.

En suma, hay eventualidades históricas que, en conjunto con el método científico (método que, a su vez, nació bajo determinadas circunstancias, es decir, se trata también de un método histórico), están detrás del advenimiento de una tecnología. Esa complejidad de acontecimientos es lo que provoca el indeterminismo tecnológico. Indeterminismo que, a la postre, no es otra cosa más que un tipo de indeterminismo histórico basado en el siguiente principio: toda concepción humana surge a raíz de una intrincada alineación de factores.

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Naturalmente, se me podría responder (un amigo, de hecho, atraía mi atención con una objeción similar) que la Física que se ha desarrollado hasta nuestros días ha determinado la existencia de algunas verdades sobre el comportamiento de algunos fenómenos del Universo y eso debería eliminar, o por lo menos reducir, el papel del indeterminismo histórico. Pues bien, el indeterminismo histórico no negará necesariamente la premisa de que hemos dado con algunas verdades: algunas teorías científicas han conseguido hacer descubrimientos de fenómenos totalmente desconocidos. Si esas teorías no estuvieran en alguna medida tocando la realidad del Universo, ¿cómo es que descubrieron efectos sobre los que no se tenía idea hasta el momento? El descubrimiento de Neptuno, el desplazamiento gravitacional al rojo, el propio espectro electromagnético, son algunos de los casos más notables.

Si se acepta la premisa anterior, la objeción contra el indeterminismo histórico adoptaría la siguiente forma: si existen verdades y si las teorías humanas han conseguido determinar algunas de ellas, entonces la acumulación de verdades indicaría el camino que la evolución de la tecnología debe seguir. Pues bien, hay tres problemas detrás de esa objeción.

Por un lado, está lo que en filosofía de la ciencia recibe el nombre de “subdeterminación empírica”. La subdeterminación se refiere al hecho de que, ante un mismo conjunto de evidencia, podemos desarrollar un número infinito de teorías contrarias que lo explican. De manera que un mismo conjunto de “verdades” puede ser interpretado de una manera completamente distinta por distintas teorías. Así, lo que desde nuestro punto de vista parecería un espectro electromagnético podría ser la manifestación de un fenómeno mucho más general al que nuestra teoría todavía no tiene acceso.

Por otro lado, otro problema se conoce, también en filosofía de la ciencia, con el nombre de “la carga teórica de la observación”. Las teorías están detrás de la investigación empírica en el sentido de que, por lo menos, nos dicen hacia dónde mirar. Si existe un número infinito de teorías posibles, existe de igual manera un número infinito de direcciones hacia donde dedicar nuestra observación. Y, de la misma manera, existe un número infinito de verdades que dichas observaciones nos proporcionan. Una dirección particular en la investigación llevó a los científicos del siglo XIX a descubrir el espectro electromagnético. Pero otras infinitas direcciones de investigación los pudieron haber llevado a descubrir otros fenómenos.

Por último, otro problema es el “fantasma del error”. Muchas de las grandes teorías científicas han sido errores. La teoría del flogisto, la teoría del éter, la teoría del geocentrismo. Muchas veces (la mayoría de las veces), la evidencia empírica disponible no es suficiente como para alejarnos del error. Y muchas de las teorías más encumbradas van siendo reemplazadas poco a poco al descubrirse falsas o inferiores a sus competidoras. Esto es lo que se llama inducción pesimista (sobre la que ya hablé en otro lugar del blog).

En conclusión, el argumento del indeterminismo histórico adoptaría la siguiente forma: incluso si existen verdades que la investigación científica puede desentrañar, éstas son infinitas y pueden ser interpretadas de una forma infinita, y puesto que siempre está detrás de nosotros el fantasma del error, nada nos indica que haya una dirección hacia ellas.

-¿Está justificado el proyecto SETI?-

Tanto la indeterminación biológica como la indeterminación histórica son dos argumentos que, desde mi punto de vista, hacen sumamente improbable el hecho de que exista otra civilización en algún otro planeta del espacio. Sin embargo, esto no resta importancia al hecho mismo de que exista el proyecto SETI. Al respecto, Sagan escribía lo siguiente:

En el caso de la inteligencia extraterrestre, admitamos nuestra ignorancia, dejemos de lado los argumentos a priori, y utilicemos la tecnología que afortunadamente hemos desarrollado para descubrir una respuesta.

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Damn…

Habrá quienes consideren que no es saludable para las teorías científicas el que sean rechazadas de tajo mediante argumentos a priori como los que aquí he expuesto. Pues bien, admito que no forma parte del espíritu científico el frenar ciertas investigaciones ante la autoridad lógica de un conjunto de argumentos a priori razonables (aunque es discutible el hecho de que a la ciencia no le interesen los argumentos a priori y me gustaría dedicar una entrada al respecto en un futuro). 

En todo caso, prefiero por mucho que se gaste el dinero en proyectos como SETI a que se empleen los mismos recursos en la construcción de aparatos militares. Además, considero que SETI, de la misma manera que otras empresas científicas, tiene subproductos cuyo valor es incuestionable. Por ejemplo, avances en el campo de las comunicaciones o en la ingeniería satelital. En todo caso, el proyecto SETI nos proporcionó una magnífica excusa para abordar los temas de Biología y de Filosofía de la ciencia que tanto nos gustan.

-Notas-

1- Las citas de Ernst Mayr y Carl Sagan que he utilizado provienen de un debate que afortunadamente puede encontrarse íntegro en la siguiente dirección: http://www.astro.umass.edu/~mhanner/Lecture_Notes/Sagan-Mayr.pdf

2- Como de costumbre, mis consideraciones en torno de la Biología están motivadas por la obra de Stephen Gould. Más concretamente, sus libros El pulgar del panda y Brontosaurus y la nalga del ministro. (Ambos publicados por la editorial Crítica).

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3- Una buena introducción a la historia del espectro electromagnético puede encontrarse en el siguiente enlace: http://www.spectroscopyonline.com/electromagnetic-spectrum-history.

4- El mural se titula “Evolution of civilizations” y forma parte de la biblioteca del congreso. http://www.loc.gov/pictures/item/2007684371/

Elogio de la anormalidad

Lo que quiero escribir hoy es una actualización de la postura que defendía en una antigua entrada de este blog. En aquel entonces, mi posición estaba muy influenciada por un pequeño ensayo que había encontrado en un número de la revista Vuelta. El ensayo se titula Elogio de la Normalidad, escrito por Hans Magnus Enzensberger. No es fácil tropezar con ejemplares sueltos de Vuelta, menos aún si corresponden a números publicados a principios de la década de 1980. Si pude acceder a un ejemplar tan antiguo fue gracias a que mi padre compró Vuelta durante muchos años y luego empastó su colección en una serie de volúmenes a los que más tarde tuve acceso.

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Elogio de la Normalidad me impresionó bastante; expresaba en un lenguaje ingenioso una sospecha que había albergado durante los años en los que estudié mi carrera de humanidades: la vanidad es la enfermedad de los intelectuales y, como tal, es contagiosa y sumamente arraigada entre los distintos miembros y estratos de la academia.

¡Ah! Toparse con la vanidad fue cosa corriente a lo largo de mi carrera. Recuerdo bien las palabras de una compañera que exigía, desde su trono intelectual: “¡hay que hacer algo por la gente, porque está muy enajenada!”. O aquel compañero, colmado de orgullo mientras señalaba que “nuestra disciplina filosófica no es propiamente aceptada por las masas; es tan sólo tolerada”. Recuerdo que un profesor hacía mofa de lo ridícula que resulta una palabra como “filosofante”, muy utilizada por aquellos que gustan de expresarse en un lenguaje ininteligible. Y recuerdo cómo, en otra clase, otro profesor utilizaba, jactancioso, el mencionado término, como si eso bastara para hechizar a su público de estudiantes. La situación era estúpida y yo no pude evitar soltar una carcajada. Inmediatamente, un par de compañeros se me quedan mirando como si me reprocharan: “¿cómo puedes reírte de una terminología tan elevada?”. Un amigo me comentó otra anécdota parecida de sus años de estudiante; se trataba de un profesor que conseguía entretenerse unos minutos burlándose de la cantidad de libros que poseían sus alumnos de nuevo ingreso. “¿Qué?, ¿tan sólo 50? ¿Tan sólo 100? ¿Tan sólo 200?”.

Yo mismo, durante los primeros semestres, cuando se me preguntó cuál era mi libro favorito, contesté sin pestañear siquiera, La Crítica de la Razón Pura ¡Ni siquiera había abierto esa obra en mi vida y, de haberlo hecho, seguramente no hubiera comprendido una sola oración! Por fortuna mencioné ese libro y no La Fenomenología del Espíritu. De otra manera, no terminaría de avergonzarme nunca.

Pues bien, Enzensberger dedicó una parte de su ensayo a asombrarse de lo ridículo que es esa vanidad de los intelectuales. Y para ello hace un remedo de las palabras en las que pudo haberse expresado un poeta (que, sin ninguna dificultad, pudieron haber sido también las palabras de un filósofo, de un sociólogo, de un antropólogo, de un columnista político, de cualquier otra clase de artista…):

No tengo la menor idea acerca de quién maldijo por primera vez a la normalidad; pero no debería de sorprenderme si el primero en hacerlo fue un poeta. En ese caso lo que quiso dar a entender a sus congéneres fue quizá lo siguiente:

Por desgracia, no se me ocurre nada para nombrarme a mí con ustedes o sus semejantes. Por favor considérenme en lo futuro como un outsider. Distinguido como soy, quiero dejar abierta la pregunta de si únicamente estoy fuera de la normalidad o si estoy por encima de ella. En todo caso, quiero pedirles que se den cuenta de que soy una persona peligrosa, sagrada, subversiva, que no está dispuesta en ningún caso a ceñirse a sus costumbres, reglas y compromisos. Ustedes aman la seguridad, yo amo el riesgo; ustedes se conforman con el sentido común, yo me siento llamado a un sentido más alto. Y por favor, si esto no les agrada pueden entonces perseguirme con sus bajos deseos de venganza, con su secreta envidia; pueden apedrearme o envenenarme. Solo que no se obliguen a nada en ese sentido. En la medida en que me traten de una manera distinta a los demás, y ello será asimismo peor, le proporcionan el testimonio a las personas normales como ustedes.

¡Cómo admiré, en su momento, lo exacta que resultaba esa caricatura del intelectual! Sin ninguna duda, sujetos como ése pululan entre los pasillos de los institutos de filosofía, de artes… Pero Enzensberger perseguía un propósito al ridiculizar (justamente) a los intelectuales. En su opinión, el absurdo afán de la academia, cuyo principal objetivo es despertar la envidia sobre las masas, sólo nos revela la dignidad intrínseca de las personas normales que no se preocupan por esas estupideces.

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Pero ¿quiénes son esos normales? Para contestar esa pregunta, Enzensberger adopta un plan “empírico” y recopila un par de estudios de caso (palabrita adorada por los científicos sociales). A continuación reproduzco uno de ellos, el que me parece más característico:

La señora Gretel S. tiene 70 años, es divorciada, con dos hijos adultos y un hermano menor, de ocupación afanadora, tiene un derecho de jubilación que asciende a 384 marcos alemanes mensuales. Ella afirma: “De ser necesario podría vivir en cualquier sitio.” Orientación política: “Siempre la misma mierda”. Fundamentalmente trabaja fuera de la ley: “No puedo darme el lujo de pagar impuestos, tengo que ocuparme de mis hijos” (deudas, pagos a plazos, alimentos, etc.).

Tiende a la repartición: cuando faltan ganchos de ropa los trae sigilosamente de casas en las que hay demasiados. Extremadamente ordenada, tiene a la suciedad como enemiga personal – es, en ese sentido, una precondición ideal para el ejercicio de su labor. Ideológicamente impredecible, en ocasiones repite frases de la República de Weimar, del Tercer Reich, de la época de la posguerra, del Bild Zeitung; pero emplea sin consideración dicho material para sus propios fines, de tal manera que sus construcciones se asemejan a una serie de tinglados ad hoc, levantados por la noche con escombros hurtados y demolidos a la mañana siguiente.

Duerme de las siete de la noche a las cuatro de la mañana, hora en que comienza a escuchar la radio en la cama. “Cuando haya guerra me iré caminando al valle de Stubai. Un viejo conocido, dueño de un hotel, tiene ahí siempre una cama para mí. Se lo aconsejo: guárdese un kilo de pimienta, puedo conseguírsela a buen precio. La pimienta es siempre lo primero que escasea, la pueden cambiar con el carnicero o con el granjero por carne o por mantequilla. Con un kilo se las pueden agenciar durante un buen año.

Es posible que Enzensberger acierte al representar a gente como la señora Gretel como un paradigma de la normalidad. Pero sin duda da en el clavo al sostener que, para los intelectuales, ese tipo de gente involucra un estado de cosas “jodidamente enojoso”. Sin duda varios miembros de la academia asentirían a las siguientes estrofas sin percatarse de que se trata de Enzensberger, mofándose de ellos:

Cuando se trata de la liberación de la humanidad

corren al peluquero.

En vez de corretear tras la vanguardia

dicen: ahora vendría bien una cerveza.

En vez de luchar por las cosas justas

luchan contra las várices y el sarampión.

En el momento decisivo

buscan un buzón o una cama.

Poco antes de que estalle el milenio

hierven pañales.

A esas gentes les sale todo mal.

Con ellos no se puede hacer ningún Estado.

Un saco de pulgas no serviría de nada.

¡Oscilación pequeño burguesa!

¡Consumidores idiotas!

¡Rezagos del pasado!

¡Empero no se les puede asesinar a todos!

¡Y no se les puede tratar de convencer diariamente!

Sí, si esas personas no existieran

entonces se verían las cosas de otro modo.

Sí, si esas persona no existieran

entonces sonaría la retirada.

Sí, si esas personas no perduraran

sí, ¡entonces!

“No se les puede asesinar a todos”. Tal es el pensamiento oculto de los intelectuales, llenos de asco y de desprecio ante el resto de la humanidad “enajenada”. Sólo los académicos, las luminarias del pensamiento, poseen el monopolio del valor. El resto bien podría desaparecer y no pasaría nada. Y, a pesar de todo, el resto es mayoría.

La masa inerte dice sencillamente que no. Escucha, por ejemplo “hombro con hombro con la gloriosa Unión Soviética” o “el pueblo de la computadora está aquí” y responde, si es que lo hace: “discúlpeme por favor, pero primero tengo que calentar la botella para mi pequeño Tomy”. A la palabra clave “sueño de la humanidad”, uno escucha: “es posible, pero mi pensión…”. Se dice “No future” o “Apocalipsis”. Y la mayoría, luego de asentir cortésmente con la cabeza, cambia de tema, preguntando qué ha ocurrido recientemente con el equipo del Manchester United.

Dado que esto es jodidamente enojoso, se reparten cuestionarios masivos, se convocan reuniones, se organizan encuestas: “¿Estaría usted dispuesto a aportar victimas para las futuras generaciones? ¿Compraría usted una pasta de dientes azul? ¿Cuántos libros leyó usted el año pasado? ¿Qué posición prefiere usted en el coito?” Locuciones evasivas, mentiras podridas, formas refinadas del silencio son lo que se obtiene por respuesta. Ese silentium populi es la línea demarcatoria de toda la industria de la consciencia, de todos los medios, de toda la propaganda.

El propósito principal del escrito de Enzensberger consiste en señalar la imperturbabilidad de los normales, su capacidad para restablecer la dinámica de la sociedad de manera que ésta tome siempre la forma de una rutina diaria. Al final, la fuerza de los normales reside en su inmensa energía para instaurar un flujo rutinario de actividad en poco tiempo, ello a pesar de los desastres naturales o de las guerras que despedacen todo a su alrededor. Así, dice Enzensberger, ocurrió con el caso de Alemania. Alemania sigue existiendo después de dos guerras mundiales y después del muro de Berlín. Y si ello es así, es todo gracias a las personas normales que se dedicaron, afanosas, a la tarea de reconstrucción (y no a discutir estupideces).

Pues bien, conforme leía Elogio de la Normalidad, sentía como se suscitaba un incendio en mis pensamientos. Era increíble cómo contrastaba el poderoso valor de la normalidad con el prácticamente insignificante valor de la intelectualidad, cuya única aspiración parecía ser la envidia ajena. Los normales tan sólo buscan la supervivencia y, una vez alcanzada, la comodidad. Los intelectuales, teniendo solucionada tanto la supervivencia como la comodidad, parecen tan sólo buscar alimentar su orgullo.

Por mucho tiempo, mi propia dedicación a preocupaciones intelectuales se vio ensombrecida por esa postura. Llegué, en ocasiones, a considerar mi estudio casi de forma apologética: ¿No es acaso el valor de la intelectualidad muy pequeño? ¿No son las personas normales más valiosas al fin y al cabo? ¿Por qué seguir interesándome en la filosofía, en la historia, en la antropología, en la divulgación científica…?

Pero al mismo tiempo un impulso irresistible me llevaba a otorgarle, a pesar de todo, un valor a los intereses intelectuales ¿Al final de cuentas, cuál era el papel del propio Enzensberger al elogiar a la normalidad? Ciertamente no buscaba él mismo ser normal. Lo delataba el lenguaje de su discurso, su propia percepción de las cosas. Él no era normal ni pasaba a serlo al elogiar a la normalidad. Por el contrario, sus palabras seguían formando parte de la provincia de la intelectualidad.  Y yo creía (sigo creyendo) que su postura involucraba ideas increíblemente valiosas, muy dignas de ser expresadas, a pesar de ser (meramente) preocupaciones intelectuales.

En realidad, he cargado con ese problema durante mucho tiempo ¿Cuál es el valor de la intelectualidad en contraste con el valor de la normalidad? Pues bien, hizo falta otro ensayo para que me formara una idea que presumo como la respuesta a esa situación.

Hace un par de meses cayó en mis manos la obra El Hombre Mediocre de José Ingenieros. El libro era de mi madre y nunca había reparado en él en la biblioteca familiar. Por pura casualidad comencé a leerlo. Y conforme las líneas desfilaban ante mis ojos, de la misma manera que sucedió en el caso de Elogio a la Normalidad, pude sentir cómo mi espíritu se incendiaba de ideas y de fervor.

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Tan sólo la primera frase de la obra era suficiente como para despertarme:

Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana.

Supongo que nadie podría entender lo mucho que significa éste pequeño párrafo para mí. Esa pequeña estrofa, para mí infinitamente más bella que el mejor de los poemas, esconde justo la respuesta que estaba buscando: ¡Enzensberger se equivocaba al pensar que existía un dilema entre la normalidad y la intelectualidad! No hay ningún dilema o, por lo menos, no está allí el dilema importante. El enfrentamiento relevante no es el que se suscita entre los presuntuosos miembros de la academia de las humanidades versus la gente común y corriente a la que no le interesa leer. No, la oposición importante es la que ocurre entre idealistas y mediocres. Entre “hombres” y “sombras”. Entre aquellos que apuntan a un objetivo que saben alto, y aquellos que se dejan llevar por los marcos preestablecidos y fáciles de la mediocracia.

Esta distinción es absolutamente diferente de la ofrecida por Enzensberger. No son necesariamente los normales miembros de la mediocracia. Ni tampoco son necesariamente idealistas los intelectuales. Por el contrario, existen normales idealistas e intelectuales mediocres.

Un panadero puede dedicarse a su actividad con disciplina esperando proveer a sus envejecidos padres. Un pescador puede levantarse contra las reglas de la cooperativa de la que forma parte, oponiéndose con su acto a la mayoría que decide acatar los mandamientos del millonario en turno (así ocurre en la película La Tierra Tiembla de Luchino Visconti). Un ingeniero puede poner en riesgo su carrera o incluso su vida al declarar a los periódicos cómo existe una red de corrupción gubernamental/corporativa detrás de la construcción de cierto puente, corrupción que involucra materiales de baja calidad susceptible a accidentes. Todos estos sujetos bien podrían haber formado parte de los ejemplos que utilizaba Enzensberger para definir a la normalidad: son individuos que no tienen por qué interesarse en la lectura de libros o en la comprensión de nociones académicas complejas. No suelen prestar el menor interés o atención a las más altas manifestaciones artísticas de la humanidad. También se reirían probablemente de los intelectuales si les exigieran: ¡busquen ser originales! Es posible que la intelectualidad sea, para ellos, aburrida cuando no sencillamente absurda. Y, sin embargo, es absolutamente incorrecto decir que estos tres sujetos representan ejemplos de personas mediocres. Todos ellos son personas no-intelectuales capaces de apuntar a un objetivo aun a riesgo de complicar su propia supervivencia o su comodidad. Después de todo, siempre es más fácil perseguir el propio beneficio; siempre es más fácil abandonar a los padres que le dieron a uno sustento; siempre es más fácil agachar la cabeza y asentir al amo. Y, sin embargo, ninguno de esos tres sujetos opta por el camino fácil. Son decididamente personas admirables; personas que están persiguiendo ideales: el proveer y el retribuir. El valerse por sí mismos. El denunciar las iniquidades del poderoso. Entre los normales no-intelectuales hay gente idealista. No tengo duda de ello.

El caso contrario también es fácil de señalar. De hecho, ¿hace falta acaso ejemplificar los casos de mediocridad entre los intelectuales? ¿Qué hay de aquel sujeto, tan acosado por sus propias pasiones sexuales y, a la vez, tan incapaz de conquistar a una mujer, que se aprovecha de su rango académico para satisfacer sus deseos en el cuerpo de sus alumnas? ¿Qué hay de aquel profesor, tan irritado a la luz de sus propios fracasos y limitaciones, que encuentra su única satisfacción torturando a sus alumnos con ejercicios, exámenes o malas calificaciones? Es típico, en el ámbito de las humanidades, el caso del profesor que ridiculiza a sus estudiantes. El imbécil no se percata de que es evidente que hace falta un largo camino para que el estudiante alcance el nivel de comprensión del profesor. Y, aunque ello sea natural, el profesor encuentra en eso motivos para jactarse. Su orgullo es un pequeño globo que fácilmente se infla y desinfla. Tan sólo necesita enfrentarse a alguien de su tamaño para ponerse a temblar. Los académicos mediocres abundan. ¿Qué decir de los intelectuales a los que no les importa lamer traseros para subir rangos? ¿O de aquel grupo de profesores tan anquilosado que, al participar en congresos o en coloquios tan sólo se dedica a ejercicios de autocomplacencia: (su trabajo es muy bueno, ha tocado un punto relevante, es un honor hablar con usted…)? Lo cierto es que el mundo de la academia está lleno de mediocres. Gente a la que no le importa abandonar toda dignidad o incluso vender a su propia madre con tal de alcanzar las mieles del prestigio que supone los altos rangos de la intelectualidad.

La idea que quiero presentar no la considero difícil pero, diablos, cómo he tardado para llegar a ella. Al final, tanto Enzensberger como Ingenieros están en lo correcto y no hay contradicción entre sus afirmaciones. El uno muestra los vicios que perturban el ambiente completo en el que se desenvuelven los intelectuales. El otro señala lo que representa el valor de un ser humano. Dicho valor se da entre los menos pero esos pocos se encuentran en el interior de todas las actividades. Existe valor entre algunas personas no-intelectuales. Y existe valor entre algunas personas intelectuales.

¿Qué decir de los intelectuales idealistas? Ellos sin duda han existido. Después de todo, no otra cosa eran los grandes sabios de los que la historia ha dejado registro, desde Tales hasta Einstein, de Jenófanes a Russell, de Hipatia a Curie, de Parménides a Wittgenstein, de Heráclito a Nietzsche. Sin duda los grandes intelectuales existen y aspirar a lo que ellos alcanzaron en el terreno del conocimiento o de la ciencia es todo un ideal; completamente digno y estelar. No creo que haga falta defenderlo. En realidad, no creo que haga falta defender a ningún ideal. Basta con indicar lo admirable que nos parece.

Tampoco creo que sea necesario extenderme demasiado en por qué creo que la academia, con su tendencia al estancamiento o a la autocomplacencia no se trata de la mejor institución para perseguir ideales. ¿Pero acaso existe institución alguna que sirva a ello? ¡Los ideales los persigue la gente de manera personal y gratuita! Al final, sólo los individuos persiguen ideales, no las instituciones. La academia, de la misma forma que el juzgado, que la cooperativa pesquera, la fábrica o el ejército, tan sólo busca homogeneizar a sus miembros. Las opiniones divergentes son peligrosas para toda institución y se premia a aquel que acata la forma preestablecida de hacer las cosas. En ese sentido se revela todavía más lo incorrecto que era distinguir al género humano entre intelectuales y no-intelectuales. Entre académicos y no-académicos. Si existe una distinción que importe, es la de Ingenieros. La demarcación entre idealistas y mediocres, entre seres humanos y sombras. Con su diferenciación, Ingenieros consiguió rebasar esos límites arbitrarios institucionales. Hay sombras en la academia. De hecho, la mayoría de los que la integran son sombras.

Con todo, existe una objeción que me podría presentar alguien que hubiera leído (en mi opinión, mal) aquel ensayo de Enzensberger. Desde cierta perspectiva, cuando Enzensberger hablaba y elogiaba a los normales, parecía estar elogiando a los mediocres. ¿No era la señora Gretel una persona mediocre en el sentido señalado por Ingenieros? Supongamos que ésa fuera la posición que Enzensberger intentó plasmar en su ensayo. Desde su punto de vista, todos los no-académicos serían personas normales pero también serían personas mediocres.

Pues bien, si ese fuera el caso, entonces mi postura se decantaría absolutamente a favor de Ingenieros y en contra de Enzensberger. Pues, ¿para qué elogiar al cobarde? ¿Para qué elogiar al arrastrado, al lame-botas? ¿Para qué elogiar a aquel que únicamente tiene como meta su propia comodidad y beneficio? Si todos los normales fueran gente sin ideales, gente mediocre, entonces tan sólo me quedaría preguntarme en qué minúsculo lugar pueden encontrarse seres humanos y no sombras. Debe recalcarse que no es, ciertamente, en la academia. La gente que allí pulula no es el tipo de gente idealista y anormal de la que hablaba Ingenieros. De esa manera, está de más la crítica de Enzensberger a los intelectuales y a los artistas: la “normalidad”, la mediocridad, también existe entre ellos.

Estrictamente, casos de “normalidad”, casos de mediocridad, se encontrarían en todos los rangos, en todas las profesiones, caracterizaciones y géneros. En ninguna de esas demarcaciones se van a generar, por necesidad, seres humanos idealistas.

Y, sin embargo, creo sinceramente que una lectura de Enzensberger que equipare a los normales con los mediocres es incorrecta. Como ya he dicho antes, incluso entre las personas no-intelectuales, no-académicas se encuentran individuos que persiguen ideales. Sostengo, sin escepticismo, que en todos los rangos, profesiones, caracterizaciones y géneros, existen semillas de anormalidad. Algunas de esas semillas germinaran y de ellas surgirán personas idealistas. Algunos de esos idealistas avanzarán tanto en pos de su ideal que alcanzarán el estatuto genuino de sabio, de maestro, de pilar de la comunidad.

Ciertamente aquellos que alcanzan la trascendencia no son los únicos que merecen elogio. Sin embargo, de allí a sostener que hemos de elogiar a sombras hay un largo y contradictorio camino.

Calentamiento global, negacionismo y escatología

Si estamos interesados en la supervivencia de la especie humana, el calentamiento global es uno de los temas más importantes de la actualidad.

No obstante, al ser un evento en curso, es inevitable que el fenómeno se convierta en un tópico susceptible de perderse dentro de la vorágine de los noticiarios. El calentamiento global, como cualquier otra cuestión, se transforma en un lugar común cuando los medios lo abordan tan insistentemente. Y la respuesta natural (al menos mi respuesta natural) ante la reiteración es, sencillamente, el fastidio.

Personalmente, sólo empecé a preocuparme en el problema del cambio climático cuando el punto me fue presentado desde otra perspectiva. En mi caso personal, fue un manga:

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Se trata de una pequeña historieta de un solo número (de muy pocas páginas) que, a pesar de su extensión, contiene una narrativa enérgica: en el manga, el calentamiento global es la señal del fin de la vida sobre la tierra y al ser humano tan sólo le resta decidir con qué actitud hará frente a lo inevitable. Elige el camino de hacerse responsable de sus errores. Esto no significa que pueda solucionar el problema: el calentamiento global apunta ya a un destino irremediable. No, el hombre se hace responsable construyendo un enorme monumento como un símbolo de expiación. Nada más le queda por hacer.

El tema sobre el que quiero escribir hoy es escatológico. Y “escatológico” es un término tristemente homónimo en español, pues involucra dos acepciones tan distintas que inevitablemente provocan malentendidos entre los dos grupos de sujetos, de un temple muy diferente, que emplean la palabra. En inglés no se presenta ese problema pues sin ninguna dificultad se distingue entre “eschatology” y “scatology”. El primer concepto se refiere a las teorías que se generan alrededor de la idea del fin del mundo. El segundo se relaciona con las fantasías eróticas que ciertas personas tienen con relación a las heces. En inglés se puede hacer uso de cualquiera de ambas nociones sin traer a cuento insinuaciones sobre una sexualidad heterodoxa, o bien, ideas alarmistas que resultan fuera de lugar en un contexto de absoluta inhibición. Sin embargo, en español no es posible usar el término en un sentido sin llevar a la mente el otro. Algunos individuos religiosos ofendidos propusieron que se hablara de “esjatología” pero, al final de cuentas, el español no lo hacen los sujetos individuales.

Pero dejemos de lado esa pequeña trivia filológica. Es claro que, por lo menos hoy, no quisiera escribir sobre la interpretación pornográfica de la escatología. Más bien me interesa el segundo sentido: ¿qué tan previsible es la extinción de la humanidad debido al calentamiento global?

Hay quienes, ante un interrogante de esa naturaleza, adopta una tranquila actitud relativista. Después de todo, cada época y sociedad ha tenido sus propios catastrofismos. Los medievales estaban tan convencidos del advenimiento del día del juicio como lo estamos ahora del cambio climático. Es algo muy humano temblar de miedo ante el destino. Sin embargo, el temor medieval al día del juicio eventualmente desapareció con el advenimiento de la sociedad laica en la que, supuestamente, vivimos. ¿No ocurrirá lo mismo, continúa el relativista, en lo que respecta al temor que generan las estadísticas del calentamiento global?

El problema del relativista, en prácticamente todo campo de discusión en donde pretenda opinar, es que no se detiene a considerar los casos particulares y homologa todas las circunstancias en una generalización inmensa. Se limita a sostener que, puesto que los seres humanos han abandonado creencias en el pasado, abandonarán en el futuro las creencias del presente. Este argumento, que en filosofía recibe en ocasiones el nombre de “inducción pesimista”, tiene la apariencia de ser razonable hasta que llega la hora de contestar a preguntas más específicas: ¿está usted seguro de que es falsa la creencia x que sostenemos en este preciso momento? La carga del problema la tiene el relativista; no puede simplemente ponerse cómodo detrás de su perezosa generalización. Para rechazar las creencias del presente, el relativista tiene que indicar por qué cree específicamente que dichas creencias son falsas. Si consigue hacerlo, estará en pleno derecho de ignorarlas. En caso contrario, todavía se le permitiría dudar si contara con sospechas específicas para recelar de las creencias particulares. Podría encontrar objeciones en contra de la naturaleza de la evidencia o de las razones de las que dicha creencia depende. Pero su duda debe establecerse en el plano singular y específico de la creencia particular sometida a juicio; de ninguna manera debe provenir únicamente de su inducción pesimista. Si el relativista se encuentra incapaz de encontrar una razón específica para dudar de una creencia particular, entonces no tiene más alternativa que empezar a creer por más que le pese hacerlo. Y, en el caso que hoy me interesa, el relativista tendría que buscar razones para dudar de la creencia en el calentamiento global o en sus consecuencias, es decir, en la tesis según la cual el planeta ha aumentado drásticamente su temperatura, o en la tesis de que dicho aumento volverá poco a poco insoportable la vida del ser humano sobre la tierra.

El relativista puede dudar apáticamente de todo. Sin embargo, ante casos particulares no tiene más remedio que actuar como cualquiera otra persona y tomar una decisión de creencia.

Además del relativismo, otra forma de oponerse a la teoría del calentamiento global consiste en, simplemente, rechazarla de tajo. Los negacionistas reciben ese nombre para hacer énfasis en que una posición así se opone directamente a la gran cantidad de evidencia con la que se cuenta actualmente a favor de la existencia del cambio climático. Los negacionistas operan siguiendo una política parecida a los revisionistas de la segunda guerra mundial, es decir, aquellos que niegan que haya ocurrido un holocausto por parte de las potencias del eje: ambos bandos se dedican a utilizar toda clase de florituras retóricas a su favor, a exaltar exageradamente a la primera teoría alternativa que se proponga, o a condenar rabiosamente toda anomalía que logren descubrir en los informes de sus oponentes. Mediante tales prácticas consiguen rechazar lo evidente, o por lo menos darle al público la apariencia de que su oposición es razonable.

Se supone que, entre los negacionistas, hay un minúsculo número de científicos investigadores del clima. Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de los negacionistas son, o bien personas vinculadas de alguna manera con la toma de decisiones gubernamentales y que de ninguna manera puede apropiarse el título de científicos; o bien periodistas o sujetos involucrados en el ambiente de los medios, que tampoco son científicos; o bien científicos e investigadores cuyo trabajo es patrocinado por la industria de los hidrocarburos.

Es obvio que la existencia de una teoría como la del calentamiento global representa una amenaza para la fuente de ingresos de las mayores corporaciones energéticas del mundo (conocidas como Big Oil o el grupo de los seis). Estas corporaciones, a su vez, están vinculadas con la industria automotriz, con la industria de electrodomésticos, etc. Si interpretamos a las corporaciones como organismos cuyo objetivo principal es maximizar la ganancia en el corto plazo, es natural pensar que tales entidades intentarán defenderse a toda costa a pesar de toda la evidencia científica que se les oponga. Como señala Noam Chomsky, si ocurriera que el presidente de una de esas compañías mostrara cierta sensibilidad respecto al estado de cosas que su empresa está generando, sencillamente sería reemplazado o sus accionistas se arriesgarían a una suerte de suicidio económico frente a la competencia diaria que supone el flujo de ganancias corporativas. Por más que las personas que dirigen Exxon acepten personalmente la tesis del calentamiento global, están institucionalmente obligadas a rechazarla.

Tenemos entonces que corporaciones tan poderosas como ExxonMobil, BP, Shell o cualquiera de su especie, se ven obligadas a auspiciar think-tanks que defiendan sus intereses directamente desde algún instituto científico, o bien desde otro ámbito de intelectualidad, o simplemente desde los diarios. La evidencia para demostrar que ésa es la manera en la que actúan las corporaciones no es de ninguna manera difícil de encontrar (fuente, fuente, fuente, fuente y fuente).

Donde más se hace sentir el mecenazgo de las corporaciones es, finalmente, en la prensa. Al final de cuentas, las empresas de información son las más capacitadas para influir en la opinión pública. Los artículos de los diarios suelen presentar el estado de la discusión como un enfrentamiento entre dos bandos (negacionistas contra alarmistas). Esa forma de exhibir la discusión consigue el objetivo de ofrecer una impresión errónea de desacuerdo. Lo cierto es que no es ése el estado discusión actual alrededor del cambio climático. Sin embargo, la prensa parece haber conseguido su objetivo (y así lo comentan ciertas revistas de divulgación científica como ésta o ésta).

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Al final, los negacionistas parecen haber alcanzado un objetivo importante: obligar a los científicos que trabajan alrededor de la teoría del calentamiento global a dedicarse a un estéril debate respecto a si existe consenso en la teoría o no. Y la mera discusión al respecto da como resultado un estado de cosas que fácilmente puede manipularse en la prensa para darle a la teoría una apariencia de debilidad. Y los diarios no tienen reparo alguno en aprovecharse de ello (ejemplo, ejemplo, ejemplo y ejemplo).

Pero es evidente que la estrategia de los negacionistas no es una argumentación sincera. Cuando los negacionistas exigen un consenso al interior de la teoría del cambio climático no están interesados en preguntar si dicho consenso es relevante o no. En una teoría científica que opera a un nivel multidisciplinario, como es el caso de la teoría del calentamiento global, es de esperar que haya muchos desacuerdos en puntos concretos relacionados a mediciones específicas, a modelos y predicciones sobre el futuro, etc. Esta falta de consenso es suficiente para que el negacionista declare, sencillamente, que la teoría del cambio climático es un hatajo desconectado de papers sobre los que nadie se pone de acuerdo. Sin embargo, el negacionista no se pregunta sobre si acaso existe un consenso general en algún punto relevante. Y el consenso relevante se da en relación a dos puntos principales:  1-existe un aumento en la temperatura del planeta cuando se elevan los niveles de CO2. 2- La quema de combustibles fósiles aumenta los niveles de CO2. Naturalmente, como el negacionista no argumenta desde una posición sincera, no se detiene a discutir respecto a si existe consenso relevante o no.

El grupo políticamente más importante para hablar sobre el calentamiento global es el IPCC, Intergovermental Panel of Climate Change. Se trata de un organismo nacido bajo el auspicio de la ONU dedicado a ofrecer un espacio internacional en donde los expertos puedan llegar a conclusiones alrededor de la situación ambiental actual, la manera en la que ésta se desenvolverá en el futuro y las soluciones que pueden ensayarse para normalizarlo.

El IPCC realiza reuniones generales cada determinado tiempo para elaborar informes detallados sobre las conclusiones alcanzadas en relación al estado actual del cambio climático. Hasta ahora, se han realizado cinco informes, el último de ellos elaborado en 2014. El tono del último informe es optimista: se sostiene que el cambio climático puede ser enfrentado todavía si los gobiernos y la población actúan con la suficiente presteza.

Siendo el IPCC, al final de cuentas, una institución política, sus informes están escritos con una prosa “diplomática”, es decir, de lo más tediosa. Sumado eso a la extensión del documento, la lectura del expediente se hace algo difícil. Pero, afortunadamente, los autores del informe tuvieron el suficiente cuidado como para ofrecer un sumario general de sus conclusiones (al que puede acceder cualquiera en esta ubicación: http://www.ipcc.ch/pdf/assessment-report/ar5/syr/SYR_AR5_FINAL_full.pdf).

En el informe no se afirma la existencia de situaciones ya irreversibles aunque tampoco se niega su existencia. Pero el sólo hecho de guardar silencio al respecto provocó que otros organismos interesados en la cuestión, como la American Meteorological Society, acusaran al IPCC de mantener una tendencia demasiado conservadora: mencionar que está ocurriendo un evento que no está ocurriendo es un error que la IPCC no parece haber cometido. Pero no mencionar un evento como ocurriendo a pesar de que esté ocurriendo continúa siendo un error. Un error de omisión.

Puede observarse que la discusión alrededor del cambio climático involucra tres bandos y no dos como algunos informes de la prensa parecen querer dar a entender. No se enfrenta el IPCC únicamente contra los negacionistas, sino también contra aquellos que consideran sus mediciones como demasiado optimistas. Para los pesimistas, las cosas pueden ponerse mucho peor y la emergencia de actuar cuanto antes debería tener una apariencia más dramática que la que busca impulsar el IPCC.

Pero, como lo veremos en breve, el informe del IPCC ya muestra un panorama lo suficientemente desolador como para que resulte desconcertante el llamarlo con el adjetivo de “optimista”.

Como he titulado a esta entrada con el nombre de escatología, es ahora momento de citar y comentar los diagramas de las estimaciones “optimistas” del IPCC. Pues bien, he aquí algo de pornografía escatológica (en lo que se refiere al cambio climático, claro).

Los gráficos que veremos a continuación representan distintas predicciones para el globo terráqueo en periodos temporales distintos. El punto de referencia es el estado de cosas que existía en el planeta durante el decalustro de 1850 a 1900. Cabe recalcar que en la mayoría de las gráficas se está asumiendo un escenario en donde ningún gobierno o corporación movió un dedo, es decir, donde el mundo continúo utilizando combustibles fósiles y, de hecho, tuvo que incrementar su uso para satisfacer las demandas de energía de la población creciente. En otras palabras, se supone un escenario donde las emisiones de CO2 (o equivalentes) continuaron incrementándose a lo largo del siglo XXI. Este escenario, en la nomenclatura del IPCC, recibe el nombre de RCP 8.5 (RCP es la nomenclatura de Representative Concentration Pathway, es decir, trayectorias posibles de concentración de gas invernadero). Otros escenarios posibles son el RCP 2.6, en donde las emisiones de CO2 (o equivalentes) alcanzan su máximo límite para el 2020 y entonces se reducen; RCP 4.5, donde las emisiones de CO2  (o equivalentes) alcanzan su máximo límite para el 2040 y entonces se reducen; o el RCP 6, donde el límite de las emisiones de CO2 se da para el 2060.

mapa1

Este primer gráfico representa el aumento de temperatura del globo terráqueo en dos periodos distintos. El mapa de la izquierda muestra el aumento ocurrido en el periodo que va de 1986 a 2005 (ocurriendo, obviamente, en un escenario RCP 2.6). El segundo mapa muestra el aumento que se espera ocurra en el periodo que va de 2081 a 2100 en un escenario de RCP 8.5 (el escenario donde el ser humano se despreocupa del problema). Algunas notas adicionales que el IPCC añade a este mapa son las siguientes:

  • Se estima que para el 2035, la temperatura del planeta aumente entre 0.3 a 0.7 grados centígrados. Esto no importando en cuál RCP nos basemos. En cierto sentido, este destino es prácticamente inevitable. Claro, puede ponerse peor la situación si ocurren erupciones volcánicas importantes en el periodo, o podría mejorar un poco si disminuye la irradiación solar (el que ocurra esto último resulta totalmente impredecible).
  • Para finales de este siglo, se espera que la temperatura del planeta aumente, por lo menos, en 1.5 grados centígrados. Esto considerando todos los escenarios con excepción del RCP 2.6.
  • En el caso del RCP 6.0 o del RCP 8.5 (éste último es el que está ilustrado en el mapa), la temperatura del planeta aumentará en más de 2 grados centígrados.
  • La temperatura del ártico aumentará siempre más rápidamente que la temperatura del resto del globo.
  • El calentamiento sobre las áreas terrestres será siempre mayor que el calentamiento sobre los océanos. Esto quiere decir que la temperatura en las áreas terrestres siempre rebasará la temperatura media global-
  • Esto no quiere decir que dejarán de ocurrir inviernos extremos. Pero sí significa que se espera que ocurran menor número de éstos y más olas de calor.

Si ese mapa no les resultó lo suficientemente escatológico, pasemos al siguiente:

mapa2

Este segundo planisferio representa las modificaciones que ocurrirán sobre el ciclo del agua en el planeta para los mismos periodos del mapa anterior (escenario RCP 2.6 actual vs escenario RCP 8.5 del 2100). Y aquí también hay conclusiones devastadoras.

  • En un escenario RCP 8.5, los cambios en las precipitaciones no serán uniformes en todo el globo si no que variarán bastante. Así, las latitudes altas y la región del pacífico ecuatorial sufrirá un incremento en las precipitaciones anuales. Por el contrario, las latitudes medias y la regiones áridas subtropicales (es decir, las zonas desérticas del hemisferio norte, y la mayor parte de Australia, Argentina y Chile) experimentarán un descenso en el total de sus lluvias.
  • Lo contrario ocurrirá en las zonas húmedas tropicales, donde se espera que las precipitaciones se intensifiquen.
  • Se espera también una intensificación en las precipitaciones producto de los sistemas de monzones, que afecta a la región del sur de Asia, y lo mismo ocurrirá con la precipitación relacionada con el fenómeno de El Niño, que afecta a Latinoamérica.

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Este último mapa es el más popular; aborda el acontecimiento que más se utiliza en el imaginario popular al considerar el cambio climático. El mapa se refiere al incremento esperado del nivel del mar. (escenario RCP 2.6 actual vs escenario RCP 8.5 del 2100).

  • Se espera que, en un escenario RCP 8.5 y antes de que termine la primera mitad de este siglo, tenga lugar un deshielo prácticamente total del océano ártico durante los veranos.
  • A finales del siglo XXI, se reducirá el área cubierta de nieve del hemisferio norte durante la primavera. En un escenario RCP 2.6, la reducción se dará en un 7% del área total. En un escenario RCP 8.5, la reducción será de al menos 25%.
  • En un escenario RCP 8.5, el nivel del mar aumentará a razón de 8 a 16 milímetros por año para el 2100.
  • El aumento del nivel del mar no será uniforme. Pero eso no evitará que el 70% de las regiones costeras sufran un cambio de algún tipo en el nivel del mar.

Pero si todas estas cifras y datos resultaran demasiado abstractos, he aquí un último mapa, mucho más concreto, en donde el IPCC busca predecir los problemas particulares que el cambio climático traerá a cada región del mundo.

mapa4

Cada región contiene tres recuadros con un resumen de los mayores riesgos considerados. Cada recuadro está conformado por 4 barras. La primera se refiere al presente. La segunda al 2040, la tercera al 2080 y la última al 2100. Entre más larga sea la barra amarilla, peor es el riesgo. Si atendemos específicamente a nuestra América, podemos ver la clase de problemas que el cambio climático puede acarrear. En su mayor parte, no se trata de que estos problemas no existieran antes del cambio climático; sino que el calentamiento involucrará una intensificación de los mismos. Los países con gran bienestar económico, como aquellos situados en Norteamérica, no sufrirán consecuencias tan desastrosas como las que se espera ocurran en Sudamérica, donde la escasez de agua y la reducción en la producción de alimentos acarrearán escenarios sumamente inestables para el 2100.


Como conclusión general, el IPCC sostiene tajantemente que el calentamiento global producido por la acumulación de CO2 es prácticamente irreversible en todos los escenarios RCP, a menos que se tomen medidas para remover el CO2 directamente de la atmósfera. Para asegurar que el aumento de temperatura del planeta no llegue a los 2 grados para el 2100 (estimado que se alcanzará según el modelo RCP 8.5), es necesario que las emisiones de CO2 a la atmósfera permanezcan debajo de las 3650 gigatoneladas (1 gigaton = Mil millones de toneladas). Sin embargo, en el 2011 se alcanzó ya la mitad de esa cantidad de gigatoneladas.

Como podemos ver, si las estimaciones del IPCC resultan optimistas y conservadoras, tan sólo nos queda temblar ante lo que podría esperarse de unas estimaciones pesimistas que, a la postre, suelen ser las más cercanas a la verdad.

Hablando estrictamente, probablemente no sea muy correcto el que haya utilizado una expresión como la de “escatología” para referirme a la cuestión. El calentamiento global no apunta al final de todos los tiempos. Pese a lo horrible que pueda resultar, seguramente muchas especies microbianas conseguirán adaptarse al nuevo ambiente generado por nuestra especie multicelular mamífera. En ese sentido, el calentamiento  global no involucra el fin de la vida. Tan sólo involucra el fin de la vida humana, que se marcha dejando tras de sí una nueva extinción masiva; la sexta de la que se tiene registro.

NOTAS.

El informe del IPCC suplica que uno presente la referencia completa de su trabajo cuando se le cita. Y no soy un sujeto que suela portarse irrespetuosamente:

IPCC, Climate Change 2014: Synthesis Report. Contribution of Working Groups I, II and III to the Fifth Assessment Report of the
Intergovernmental Panel on Climate Change, R.K. Pachauri y L.A. Meyer, editores, IPCC, Ginebra, Suiza.

Lo que es real es racional y lo que es racional es real

Hoy quisiera escribir alrededor del filósofo inextricable más influyente de todos los tiempos: G.W.F. Hegel.

Philosopher Hegel

La frase que he utilizado como título para el tema de hoy parecería ser, a primera vista, una perversa apología de los males que oprimen al mundo. Si entendemos como “realidad” a la situación presente, entonces Hegel parece justificar la existencia de todas las instituciones de dominación, es decir, de los gobiernos corruptos, de las corporaciones que indiscriminadamente destruyen el medio ambiente y de los medios de comunicación dedicados a despistar a la opinión pública; Hegel pareciera pretender que todas esas abominaciones conforman un estado de cosas racional. Por supuesto, Hegel vivió otra época. Una época en donde nacía una revolución industrial impulsada por capitalistas a quienes les importaba un comino las condiciones de salud de sus trabajadores, una época en la que los gobiernos estaban plenamente autorizados a movilizar a su población hacia guerras sin sentido, época en donde la opinión pública tenía que prestar una atención cuidadosa a sus oraciones, evitando expresarse en tonos que pudieran calificarse, incluso remotamente, como sediciosos, puesto que la sedición constituía un delito grave muy cercano a la traición.

Pues bien, ¿acaso Hegel se atrevía a concederle el adjetivo de “racional” a toda esa serie de injusticias?  Dejemos que el  propio autor nos aclare su postura en su propio texto, extraído de su Filosofía del Derecho:

Lo que es racional es real; y la que es real es racional.

Toda conciencia ingenua, igualmente que la filosofía, descansa en esta convicción, y de aquí parte a la consideración del universo espiritual en cuanto “natural”.

Si la reflexión, el sentimiento o cualquier aspecto que adopte la conciencia subjetiva, juzga como algo vano lo “existente”, va más lejos que él y lo conoce rectamente, entonces se reencuentra en el vacío, y, puesto que sólo en el presente hay realidad, la conciencia es únicamente la vanidad.

A la inversa, si la Idea pasa por ser sólo una Idea, una representación en una opinión, la filosofía, por el contrario, asegura el juicio de que nada es real sino la Idea.

Ejem…

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Ya he hablado varias veces sobre la jerga indescifrable de muchos filósofos. Acepto que, en algunas circunstancias,  la brevedad se opone a la claridad. A veces uno desea exponer su idea de una forma rápida y sintética. Poner ejemplos y adoptar un tono diáfano es un obstáculo que algunos no siempre están dispuestos a aceptar; se trata de una dificultad adicional que debe sumarse al esfuerzo necesitado para resolver un problema filosófico. Sin duda, muchas ideas geniales nunca hubieran sido presentadas si la claridad no hubiera sido, en ocasiones, sacrificada.

Sin embargo, ¿qué sucede con aquellos sujetos que escriben de manera oscura con el único afán de complicar su discurso? ¿Cuál es el propósito que persiguen al hablar con una prosa enmarañada, como si se expresaran mediante acertijos? Ciertamente no buscan abreviar su exposición: muchos de estos escritores oscuros no tienen inconveniente en dedicar párrafos y párrafos a analogías colmadas de oraciones grandilocuentes y neologismos. Detrás de todo ese ramaje incomprensible parecería encontrarse el deseo de ilustrar un punto. Pero, si se tomaron la molestia de ofrecer ejemplos, ¿por qué no se expresan también en un lenguaje directo y claro?

Pero el lenguaje se trata de una herramienta sumamente plástica; de la oración más sencilla se desprenden miles de significados. Un discurso nebuloso puede, sin duda, esconder genialidad. Como escribía José Ingenieros en su sensacional ensayo titulado El Hombre Mediocre:

Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre o para la sociedad, su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre los prejuicios y el palabrismo convencionales en el ambiente que le rodea: lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta.

Sin duda, la propia naturaleza de la genialidad exige que, para exponerse, tenga que rebasar los límites del discurso cotidiano. Sin embargo, así como hay genios que se ocultan bajo un hálito brumoso de palabras obscuras, existen también impostores y charlatanes que buscan aparentar genialidad envolviéndose en ese hálito. Los impostores saben que el ser reconocido como genio por la multitud reporta prestigio y beneficios. En algunas ocasiones, reporta poder, dominio. Así lo admite El Gran Inquisidor de Dostoievski:

[…] lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su consciencia. Y eso es lo que hemos hecho.

Me parece que, entre los filósofos enigmáticos, existen algunos que merecen ser considerados como grandes sabios. Sin embargo, también existen muchos otros que aspiran a ser grandes inquisidores, es decir (dejando de lado los eufemismos), grandes charlatanes.

Ahora bien ¿era Hegel uno de los grandes genios o uno de los grandes charlatanes? Schopenhauer, por ejemplo, no albergaba ninguna duda de que Hegel se encontraba entre los segundos:

Hegel, impuesto desde arriba por el poder circunstancial con carácter de Gran Filósofo oficial, era un charlatán de estrechas miras, insí­pido, nauseabundo e ignorante, que alcanzó el pináculo de la audacia garabateando e inventando las mistificaciones más absurdas. Toda esta tontería ha sido calificada ruidosamente de sabiduría inmortal por los secuaces mercenarios, y gustosamente aceptada como tal por todos los necios, que unieron así sus voces en un perfecto coro laudatorio como nunca antes se había escuchado. El extenso campo de influencia espiritual con que Hegel fue dotado por aquellos que se hallaban en el poder, le permitió llevar a cabo la corrupción intelectual de toda una generación.

Para Schopenhauer, la suya fue una época en la que nació la impostura entre los filósofos. La denominó “la edad de la deshonestidad”:

El sentido de la honestidad, ese sentido de empresa y de indagación que impregna las obras de todos los filósofos anteriores, falta aquí por completo. Cada página es testimonio de que estos pretendidos filósofos no se proponen enseñar sino hechizar al lector.

Era ésta (o es) una era en la que los filósofos se habían transformado realmente en sujetos parecidos al Sócrates del que se burlaba Aristófanes en su obra Las Nubes: tipos desalmados que con argucias retóricas buscaban alcanzar una preponderancia intelectual en el mundo universitario de su tiempo.

¿Hemos de concluir, entonces, que Hegel no era más que un filibustero de esa calaña? Pues bien, pese a toda la evidencia a favor de esa hipótesis, sospecho que tenemos que tratar la cuestión cuidadosamente: hay ideas en Hegel que, detrás de toda su palabrería, resultan genuinamente interesantes y merecen ser replanteadas de una manera más sobria. Y, de hecho, fueron replanteadas por pensadores muy importantes a los que admiro bastante; autores como Peirce, Dewey, Sellars o Brandom.

En el caso de la frase de Hegel que he utilizado como título para esta entrada, el replanteamiento que prefiero viene de la mano de Engels:

[…] para Hegel, no todo lo que existe, ni mucho menos, es real por el solo hecho de existir. En su doctrina, el atributo de la realidad sólo corresponde a lo que, además de existir, es necesario. […] aplicada al Estado prusiano de aquel entonces, la tesis hegeliana sólo puede interpretarse así: este Estado es racional, ajustado a la razón, en la medida en que es necesario; si, no obstante eso, nos parece malo, y, a pesar de serlo, sigue existiendo, esta maldad del gobierno tiene su justificación y su explicación en la maldad de sus súbditos. Los prusianos de aquella época tenían el gobierno que se merecían.

Ahora bien; según Hegel, la realidad no es, ni mucho menos, un atributo inherente a una situación social o política dada en todas las circunstancias y en todos los tiempos. Al contrario. La república romana era real, pero el imperio romano que la desplazó lo era también. En 1789, la monarquía francesa se había hecho tan irreal, es decir, tan despojada de toda necesidad, tan irracional, que hubo de ser barrida por la gran Revolución, de la que Hegel hablaba siempre con el mayor entusiasmo.

¡Qué sensacional manera de reformular una idea que, en las palabras de su autor original, se nos aparecía como poco menos que ininteligible! Por más que cueste creerlo, todo lo que dice Engels está contenido en las palabras de Hegel con las que inicié este escrito. Y, ahora plenamente comprendido, Hegel buscaba comunicar una idea fantástica: las estructuras de poder, injustas, corruptas, etc., que componen nuestro mundo presente, seguirán perpetuándose mientras las causas que las originaron continúen operando; la realidad no cambiará a menos que sea “racional” que lo haga, esto es, a menos que exista una transformación importante en las causas que mantienen viva esa realidad.

Si, por ejemplo, desapareciera repentinamente la cúpula política de México a raíz de algún acontecimiento relámpago, ésta cúpula volvería a regenerarse de una manera muy similar a la que tenía antes, puesto que las estructuras ideológicas  que la alimentan apenas habrían cambiado. ¿Cómo van a cambiar dichas estructuras si la mayoría de los mexicanos continúa reproduciendo el culto a la corrupción (el que no tranza no avanza, año de Hidalgo, pendejo el que deje algo…etc.). Todo esto nos informa bastante sobre por qué las revoluciones militares que han ocurrido a lo largo de la historia usualmente fracasan en su propósito original y terminan transformándose en instituciones políticas similares a las que deseaban reemplazar. Querer imponer un cambio a la fuerza implica ignorar el hecho de que los cambios sólo ocurrirán cuando sea racional que ocurran.

Quienes defienden a Hegel continuamente sostienen que su gran aporte fue haber introducido la dimensión histórica al interior de los debates filosóficos. En este caso, tienen toda la razón. La discusión filosófica sobre “qué es lo que involucra la realidad (política, por ejemplo)” se enriquece bastante cuando se considera a dicha realidad como operando mediante un mecanismo histórico de causas y efectos. Esta misma idea de mecanismo histórico influiría más tarde en campos muy diversos como, por ejemplo, en el surgimiento del evolucionismo y de la biología moderna. Pero ya habrá tiempo para hablar de eso en otra ocasión.

Entonces, regresando a la pregunta que me hacía antes: ¿fue Hegel un digno pensador o un impostor? Como ya había escrito en otra oportunidad, hace varios años tuve a un profesor que solía darme este consejo: desconfía de aquellos pensadores que usan un lenguaje abstruso; o bien son genios o bien dicen puras estupideces. Pues bien, probablemente sea Hegel la única persona sobre la que no se pueda hacer una disyunción categórica como esa. Y quizá Hegel se sentiría orgulloso de que se alcanzara una solución sintética sobre su persona en relación a esos dos adjetivos contradictorios. Y eso me causa alivio porque, en mi opinión, Hegel era medio impostor y medio genio.

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Hace 70 años concluyó la segunda guerra mundial. Antes de finalizar, dejó como testamento una atrocidad cuyo estruendo sigue escuchándose.

Miyoko Matsubara, en aquel entonces una niña de 12 años que formaba parte de una cuadrilla de limpieza de escombros que el gobierno japonés organizaba durante las vacaciones escolares, recuerda el 6 de agosto en Hiroshima:

Miré al cielo y pude distinguir la estela blanca del aeroplano. De repente, vislumbré una luz insólita que se veía a la vez azul con matices blancos y anaranjados.  Me eché al suelo y en ese instante oí un rugido ensordecedor que parecía brotar de las entrañas convulsionadas de la tierra. No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente; pero cuando desperté, la brillante y soleada mañana se había convertido en penumbra. Estaba envuelta en una niebla densa y polvorienta. Me levanté y al mirar mis manos quedé aterrada. Habían sufrido quemaduras severas y se habían hinchado hasta alcanzar dos o tres veces su tamaño original.

La mayor parte de mi ropa azul había desaparecido. Lo único que me quedaba era mi ropa interior blanca. Creo que el color blanco me protegió de morir carbonizada, usted sabe, el negro absorbe la luz mientras que el blanco la refleja. Pero las quemaduras eran tan severas que toda mi piel se había hinchado y se iba descolgando como tiras de celofán.

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Años después, los Hibakushas, es decir, los sobrevivientes de las explosiones nucleares, dibujarían sus recuerdos.

A 3 kilómetros del epicentro del impacto de la bomba, Chisako Takeoka, una joven de 17 años, fue arrojada por la intensidad de la explosión sobre un campo de cultivo. Recuerda que al despertarse y empezar a caminar hacia su casa:

Vi llegar una multitud de personas con quemaduras que suplicaban «agua, agua, tengo tanto calor, ayúdenme». La piel desollada colgaba de sus hombros. Tenían el pelo de punta. Estaban tan sucios y desfigurados que no se podía saber si eran hombres o mujeres.

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Años después, los Hibakushas, es decir, los sobrevivientes de las explosiones nucleares, dibujarían sus recuerdos.

Yoshito Matsushige fue la única persona que pudo tomar algunas fotografías de Hiroshima el mismo día del incidente. Recuerda:

La mayoría de los que se habían aglutinado cerca del puente eran estudiantes de la escuela de negocios de Hiroshima y del instituto Junior número 1 que habían sido movilizados para demoler edificios y estaban en la calle en el momento de la explosión. Quedaron expuestos directamente a las radiaciones y tenían la cara, los hombros y los brazos cubiertos de gigantescas ampollas del tamaño de unas pelotas que empezaban a reventarse. Su piel colgaba como si fuera una alfombra. También había madres y niños pequeños. Muchos chiquitos tenían quemaduras en la planta de los pies porque sus zapatos se habían quedado pegados al asfalto caliente.

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La explosión vista desde la propia Hiroshima.

Al caer la noche, el médico Shuntaro Hida, dedicado a untar de aceite el cuerpo de los heridos de Hiroshima que habían llegado a un pueblo cercano, recuerda:

Una noche de pesadilla caía sobre ese pueblito transformado en hospital improvisado. El kinoko gumo (nube en forma de hongo) subía en el cielo estrellado más siniestro y aterrador incluso que durante el día. En la colina un viento despiadado soplaba entre las ramas de los árboles. El rio Otha seguía su curso hacia el sur como para recordarnos la eternidad del mundo.

Años después, los Hibakushas, es decir, sobrevivientes de las explosiones nucleares, dibujarían sus recuerdos. Éste es uno de sus dibujos.

Años después, los Hibakushas, es decir, los sobrevivientes de las explosiones nucleares, dibujarían sus recuerdos.

Marcel Jurod, delegado de la cruz roja en Japón, llegó varias semanas después a la ciudad y relata:

El centro de la ciudad es una especie de mancha blanca, tan pulida como la palma de la mano. No queda nada. Las huellas mismas de las casas desaparecieron. La mancha blanca tiene un diámetro de alrededor de dos kilómetros. […] En un momento dado mi intérprete me dice: «Aquí había un hospital.» Por mucho que mire, no veo nada: sólo un murito destruido de algunos metros. En ese lugar murieron todos. Los enfermos, las enfermeras y los médicos. Nadie salió vivo.

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Hiroshima, desde el cielo un mes después de la bomba.

Otro sobreviviente, Toshio Miyaki, añade con ironía involuntaria:

Muy pronto nos tocó quemar cadáveres. Quemamos muchos, a un ritmo de hasta 200 o 300 por día. Aún recuerdo el día en que incineramos los cadáveres de dos soldados estadounidenses que encontramos en las escaleras del castillo de Hiroshima, donde estaban encarcelados los prisioneros de guerra.

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Pero los efectos de la bomba sobre los sobrevivientes continuaron durante muchos días más. Wilfred Burchett, reportero del diario británico Daily Express, comentaría luego de visitar la ciudad un mes después del incidente:

En Hiroshima, 30 días después de que la primera bomba atómica destruyera la ciudad, la gente sigue muriendo de forma misteriosa y horrible. Hiroshima no se parece a una ciudad bombardeada. En realidad se ve como si una apisonadora monstruosa la hubiera aplastado por completo.

Mi nariz detectó un olor peculiar que difería de todo lo que había podido olfatear en mi vida. Era un olor que se parecía al azufre, pero no del todo. Podía olerlo cuando caminaba al lado de fuegos que aún ardían o en lugares donde todavía estaban extrayendo cadáveres de las ruinas. Pero también podía olerlo en partes totalmente desiertas. Según me explicaron proviene del gas envenenado que sigue emanando de la tierra contaminada por la radioactividad de la bomba de uranio.

Los médicos japoneses visitaron Hiroshima en las tres últimas semanas para atender a la gente que sufría. Pero ahora son ellos mismos los que sufren. En los 15 días que siguieron al bombardeo entendieron que ya no se podían quedar más en la ciudad aniquilada. Padecieron mareos y dolores de cabeza. Luego se dieron cuenta de que cualquier picadura de insecto se infectaba y no podía sanarse. [Entonces] se descubrió otro efecto residual de ese nuevo terror caído del cielo. Mucha gente sufrió pequeñas cortaduras a raíz de la caída de tejas o de láminas metálicas. Estas heridas hubieran debido cicatrizar muy pronto. Pero no fue así. Por el contrario, estas personas se enfermaron de gravedad. Sus encías empezaron a sangrar. Vomitaron sangre. Y al final fallecieron.

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Hiroshima, marzo de 1946

¿Podemos calificar de genocidio a la tragedia de Hiroshima y Nagasaki? Lo cierto es que los países involucrados en la segunda guerra mundial no se molestaron en reparar en el número de atrocidades que cometían, ocurriendo éstas prácticamente todos los días. Naturalmente, al ser las potencias del eje las perdedoras de la conflagración, su lista de crueldades se ha expuesto hasta el cansancio. Sin embargo, en el caso de los aliados, sus respectivas atrocidades continúan arrastrando un velo de polémica. El bombardeo de Dresden, el bombardeo de Tokio del 9 y 10 de marzo de 1945 (operation Meetinghouse) o incluso los bombardeos nucleares sobre Hiroshima o Nagasaki siguen presentándose como “misiones de bombardeo horrorosas pero necesarias”.

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Freeman Dyson, un influyente físico teórico y ensayista, adopta justamente esa postura apologética. Desde su punto de vista, Harry S. Truman, el presidente norteamericano que ordenó el lanzamiento de la bomba, no podía saber que Japón se encontraba a unos días de rendirse por lo que se vio obligado a utilizar la bomba para acelerar el fin de la sangrienta guerra: la bomba evitaría el sacrificio de un millón de soldados norteamericanos y una cantidad comparable de soldados japoneses.

En realidad, como dice Howard Zinn, el argumento de que un bombardeo permite “salvar vidas” suele ser una de las frases propagandísticas más absurdas. Zinn se pregunta: si pudiéramos finalizar una guerra asesinado a cien mil niños norteamericanos evitando así la muerte de millones de soldados en ambos bandos, ¿lo haríamos? Por otra parte, no tenemos problemas en asesinar a cien mil niños japoneses para finalizar la guerra. ¿Cómo podemos seguir hablando de altruismo bajo esas condiciones?

Sin embargo, la Unión Soviética estaba a punto de declararle la guerra a Japón y sólo necesitaba 10 días para penetrar en sus fronteras. Éste sólo hecho inutiliza por completo el argumento propagandístico de Truman respecto a que se necesitarían meses y millones de vidas humanas para colocar a Japón de rodillas. Los soviéticos, con sus tropas experimentadas en la guerra urbana luego de años de combates, habrían ocupado Tokio mucho antes de que hubiera necesidad de eso. De hecho, es de esperar que la sola declaración de guerra soviética (que tuvo lugar el día del bombardeo nuclear sobre Nagasaki, el 9 de agosto de 1945)  hubiera precipitado la rendición japonesa, efectuándose ésta en tan sólo unos días. El propio Dyson argumenta que la única razón por la que Japón no se había rendido para Agosto de 1945 era que buscaba un tratado de rendición más benevolente a raíz de algún compromiso que pudiera alcanzarse con los rusos. Pues bien, si Dyson está totalmente enterado de todo esto podemos ver cómo su argumento toma la siguiente forma: la bomba atómica sobre Hiroshima fue necesaria puesto que Truman no sabía que era innecesaria. Y habrá quienes se dejen convencer por un argumento así. Sin embargo, realmente, me parece un razonamiento absurdo. Un error no deja de ser un error por el hecho de que la persona que lo cometa no sepa que es un error. De hecho, esa es la naturaleza de la mayoría de los errores.

Naturalmente, estamos presuponiendo, con Dyson, que Truman actuó de buena fe: el presidente sabía que la fuerza naval japonesa había desaparecido prácticamente en su totalidad. El bombardeo de Kure, la base naval japonesa, en julio de 1945, había despojado a los japoneses de todas sus naves capitales (con la excepción del acorazado Nagato que, años después, incluso sobreviviría una de dos pruebas nucleares lanzadas contra su armazón). Por su parte, la fuerza área japonesa destruida a lo largo de la guerra resultaba irremplazable. Escaseaba el acero y el combustible para mantener en funcionamiento las reparaciones que la maquinaria militar japonesa necesitaba. Japón ya había dejado de ser el oponente militarmente temible de años antes. La declaración de rendición, con o sin bombas nucleares, estaba prácticamente a pocos días de ocurrir. A pesar de todo, Truman ordenó la destrucción de Hiroshima y Nagasaki. Incluso tuvo lugar un bombardeo convencional el mismo día de la rendición de Japón.

Probablemente Dyson hace una apología de las decisiones de Truman debido a que es un admirador incondicional de Oppeheimer y Feynman, partícipes esenciales del proyecto Manhattan. En su opinión, los científicos que trabajaron en Los Álamos tenían justas razones para estar “bastante orgullosos de lo que habían hecho”. Se trataba de un adelanto tecnológico extraordinario efectuado en pocos años a raíz de una colaboración científica impresionante. ¿Puede un hombre dedicado a la física rechazar el producto de ese trabajo tan fácilmente, aún si su consciencia le ordena hacerlo?

Dyson comenta que, al finalizar la guerra, llegó la hora de asignarle una situación jurídica a las armas nucleares, Oppenheimer apoyó la noción de que éstas fueran reguladas por un organismo internacional, como la recién creada ONU. La otra alternativa era ilegalizar totalmente la existencia de las armas nucleares de la misma manera en que eran ilegales las armas químicas a raíz de la convención de Ginebra. Después de todo, las bombas atómicas no sólo producen una acción destructiva inmediata al estilo del tnt; sino que también contaminan químicamente el área en la que impactan. ¿No las convierte eso en armas químicas? Pero Oppenheimer no apoyó esa alternativa. Y tenía dos razones para ello. Por un lado, como dice Dyson, ilegalizar las armas nucleares era la propuesta soviética y apoyar esa opción involucraba alienarse políticamente. Pero, por otra parte, esa propuesta implicaría tirar al traste los años de investigación llevados a cabo en Los Alamos. Si las armas nucleares son completamente prohibidas ello supondría que el trabajo efectuado para crearlas no podría seguir teniendo una continuidad. Y, como describe Dyson, eso para un físico representa un panorama desolador. Como comenta el propio Dyson en su obra El Científico Rebelde:

[…] en 1944, cuando quedó claro que no habría bomba alemana, sólo uno entre todos los científicos de Los Álamos abandonó la competición. Aquel hombre era Joseph Rotblat. [El resto de] los científicos británicos y estadounidenses estaban tan inmersos en la carrera para producir una bomba, que no se les ocurrió parar cuando sus competidores del equipo alemán la abandonaron

Pues bien, quizá a un científico le resulte increíblemente difícil detenerse cuando está a medio camino del diseño de la máquina de la destrucción del mundo. Quizá para muchas personas sea ésa una justificación suficiente para exonerar a Oppenheimer y a su equipo. Pero quizá haya otras personas que no tengan problemas en aceptar lo evidente, es decir, que todas estas apologías del bombardeo de Hiroshima son perturbadoramente estúpidas.

NOTAS:

1- Los testimonios de los sobrevivientes, periodistas y médicos que vivieron el desastre de Hiroshima en su momento, los he tomado de las traducciones realizadas para la edición especial que Proceso le dedicó al acontecimiento.

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2- Las fotografías y dibujos de los Hibakushas provienen de diversos sitios. Principalmente éste: http://voiceseducation.org/content/hibakusha-story-yoshio-sato.

Top 10 de mis películas favoritas de todos los tiempos

Realizado con la intención expresa de ser lo más sincero posible, un top 10 me parece un trabajo de introspección bastante difícil. Ese pequeño límite, bien arbitrario además, se me aparece como un problema tan implacable que fácilmente provoca que me debata horas enteras a su alrededor. Yo no soy un sujeto que pueda declarar, automáticamente y sin titubear, que éstas son mis películas favoritas. Al contrario, para ello he tenido que devanarme los sesos. En este caso, habiendo visto decenas de películas que considero fundamentales, ¿cómo elegir únicamente diez de ellas? Más aun tomando en cuenta que soy un sujeto muy sugestionable y de un humor sumamente variable. Es como intentar hacer pasar una masa de harina a través de los orificios de un colador. ¿Es siquiera posible? Quizás algunas migajas crucen. Esas pocas partículas tenían algo que les permitía desprenderse de la masa entera. Y mi papel aquí es adoptar la función de un colador que intenta hacer pasar una masa absolutamente genial para seleccionar las partículas más maravillosas. Pues bien, me he debatido algunas madrugadas al respecto (pues, al final de cuentas, hay algo de adictivo en el proceso de introspección) y he aquí las películas que considero más fundamentales.

Al final, he decidido seguir el estricto formato del top 10 y evitar expandir el límite. Por más que me hubiera gustado, no hice un top 11, top 20 o top 100. El top 11 o 20 se vuelve irrelevante al percatarte de que la dificultad alrededor del top 10 sigue siendo básicamente la misma a pesar de que agregues más títulos sobre el lindero. Lo que concibes como tu top 10 es lo que define tu gusto cinematográfico así que, ¿cuál es el fin que buscas al presentar los títulos extras? Por otra parte, en lo que respecta al top 100…quizás se trate de una tarea que tengo que proponerme algún día. Un top 100 pretendería definir lo que personalmente concibo como la totalidad de los logros que el ser humano ha alcanzado en el séptimo arte. De esa manera, la labor de un top 100 es algo diferente de la de un top 10. En el top 100 se debe hablar en términos totalitarios (aunque sospecho que si esas fueran mis intenciones más valdría hablar de un top 500 o top 1000). El top 10 resulta, en comparación, mucho más personal y, en consecuencia, menos riguroso. Por suerte, aquí el punto no es aspirar a la totalidad e integrarla en un sistema, sino “tan sólo” intentar exprimir de esa totalidad lo que considero como lo más extraordinario.

Unido a un gran filme va siempre un gran soundtrack. Así que coloco las piezas que más me gustan de las películas de mi lista. Pues bien, aquí vamos:


10- Pulp Fiction.

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Año: 1994

País: Estados Unidos

Director: Quentin Tarantino

Durante la década de los 90 transcurrió mi infancia y la mayor parte de mi pubertad. En ese entonces la tv. representó la influencia cultural más importante para millones de niños mexicanos, yo incluido. Por fortuna, existía un desfase importante en la televisión mexicana que provocaba que ésta sólo transmitiera películas de los años 80. Así, mi referente de Hollywood consiste fundamentalmente en películas de acción: cintas con trama ligera, llenas de cheesy one liners, usualmente ambientadas en escenarios policíacos o de ciencia ficción, y que no se tomaban muy en serio cuestiones de moralidad (en ese sentido, dichas películas contrastan con los estúpidos mensajes cursis de superación personal y de finales felices de las películas hollywoodenses actuales). Pues bien, Pulp Fiction es un resumen de todo ese espíritu ochentero: diálogos irónicos, diálogos explícitos, violencia gratuita, los personajes siempre exhiben una actitud agresiva, balazos, un katanazo, etc.

Sin embargo, la película también intentaba plasmar la “realidad” en la que creíamos encontrarnos al iniciar la década de los 90: un mundo repleto de drogas, de hoteles de paso y de restaurantes baratos donde se puede pedir un desayuno de café y huevos con tocino. En ese ambiente de “normalidad noventera” encajan a la perfección los famosos diálogos tarantinescos: diálogos donde los personajes se dedican a hablar de cualquier tontería y la cámara no se preocupa en alejarnos de ese tiempo perdido; así, nos vemos inmersos en una estúpida charla intrascendente y despreocupada como las que cualquiera puede tener con sus amigos. ¡Y, sin embargo, ser espectadores de esa plática cotidiana resulta sumamente entretenido! No es un punto muerto que uno quisiera adelantar: el corazón de la película se encuentra en esas conversaciones que en cualquier otra situación calificaríamos como totalmente insustanciales.

Quizás es únicamente nostalgia, pero nunca me aburro de observar esta magnífica estampa de los noventas hollywoodenses. Y, por ello, coloco esta película en el décimo puesto de mi lista.


9- Cinema Paradiso

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Año: 1988

País: Italia

Director: Giuseppe Tornatore

Me parece que, de niño, presencié una de las partes más emotivas de la película: el momento en que el cineasta proyecta una película gratuitamente a la gente de la plaza. No sé bien qué razón provocó que esa escena se quedara bien registrada en mi memoria. Supongo que siempre he sido algo sensible al impacto de una tragedia. Muchos años después, cuando presencié este filme con plena comprensión e interés, me llevaría una grata sorpresa al descubrir que esa escena que recordaba tanto provenía de esta película.

Quiso la casualidad que, en aquel entonces, me encontrara leyendo David Coperfield, obra escrita por Charles Dickens. El tema principal del libro se resume en una palabra: madurez. Pues bien, Cinema Paradiso trata exactamente sobre lo mismo: cómo el paso para alcanzar la madurez involucra el sacrificio de gran cantidad de dulzuras. Dulzuras que algunos calificarían de irrenunciables. He ahí un dilema.

El tema del pasar de los años y de cómo un ser humano crece intelectualmente me fascina bastante. Al contrastar la cuestión con mi propio crecimiento el tópico me provoca una sensación agridulce; sensación respecto a la que soy adicto a pesar de ser en un sentido desagradable. Dichas emociones las transporta esta película a la perfección. Y el mensaje es transmitido en un escenario rural y sincero.

Existen dos versiones de Cinema Paradiso. Yo no vi la versión que se proyectó originalmente, sino una versión tipo director´s cut. Quiero creer que si hubiera visto la versión original me seguiría pareciendo una película excelente. Pero, una vez vista la versión extendida no hay vuelta atrás. La película extendida supone traición. La película normal supone amistad. Así de diferentes resultan.


8- The Bridge on the River Kwai

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Año: 1957

País: Reino Unido

Director: David Lean

Siempre me ha interesado la historia militar y observar la evolución de las divisiones políticas que a lo largo de los siglos sufren los países. Ello se deriva, quizás, de mi gusto por los videojuegos de estrategia donde uno simula tener el control de cómo esas fronteras cambian; sensación de planificación por lo demás bastante adictiva. Sin embargo, los filmes de guerra tienen un propósito muy distinto: ofrecer un mensaje sobre cómo la humanidad se planta de pie frente a la guerra.

Ver la guerra desde el punto de vista de sujetos individuales es muy distinto a verla desde el mapa. Naturalmente, esa perspectiva peculiar no impide que los directores intenten de todos modos diferentes propósitos con sus películas bélicas. Hay unos que ofrecen un mensaje de pacifismo como en All Quiet on the Western Front. Otros pretenden insuflar ínfulas nacionalistas como en la película Napoleon de Abel Gance. En otras películas el mensaje es ambiguo, tal es el caso de Cross of Iron, en donde no está claro si se promueve una postura de palomas o de halcones. Esas tres películas me parecen fundamentales; sin embargo en mi top 10 sólo hay lugar para un filme de guerra.

En The Bridge on the River Kwai el mensaje es acerca de la posibilidad de diálogo entre dos mundos distintos: el occidental y el oriental. El frente del Pacífico de la segunda guerra mundial me parece muy interesante por que supuso un conflicto moderno en términos de igualdad de dos modos de civilización distintos. Ambas civilizaciones generan códigos diferentes para hacer la guerra. El código occidental de extrema organización y planificación matemática contra el código japonés de honor y obediencia suicida. Ambos códigos están representados en los dos personajes principales del filme: el capitán británico POW y el jefe japonés del campamento de prisioneros. Ambos defienden su papel de una misma manera: con testarudez. Quizá el hecho de que compartan esa característica es justamente lo que permite que, conforme avanza la cinta, puedan llegar a acuerdos. Y es justamente esa manera sutilmente neutral de contar la historia lo que me lleva a considerarla como mi favorita entre todas las películas de guerra.


7- Oldboy

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Año: 2003

País: Corea del Sur

Director: Chan-wook Park

Un amigo me decía que el futuro de la cinematografía estaba en Corea. Probablemente sea una afirmación demasiado aventurada puesto que, en general, sólo existe un tema que parece que todas las películas de ese país desean tratar: la venganza. Y no es que pretenda decir que se trata de un tópico limitado. Como nos enseña El Conde de Montecristo de Dumas, hay muchas maneras interesantes de llevar a cabo una venganza. Y las películas coreanas parecen querer alcanzar el límite en lo que respecta a formas creativas en las cuales ejecutar ese “arte”. Pues bien, la venganza presentada en esta película me parece la más original (y despiadada) de todas.

En un principio pareciera ser una clásica película de acción. Se presenta un misterio inicial del que no se espera una respuesta demasiado importante: ¿no será tan sólo una excusa para hacer explotar la energía de ese sujeto bad ass que tenemos en la pantalla? Los eslabones de la película se van conectando de manera aparentemente predecible y, entonces, al final, viene un golpe gigantesco que cambia el sentido de todo lo que el espectador acaba de ver y lo deja totalmente desarmado. Sensación que el lúgubre final no aliviará de ninguna manera.

Laugh and the world will laugh with you. Cry and you cry alone“.

Ninguna otra película coreana de venganza me ha dejado una impresión tan impactante y vaya que he visto varias que ingeniosamente se han propuesto la misma tarea.


6- Once Upon a Time in the West

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Año: 1968

País: Italia

Director: Sergio Leone

Me parece que alguien a quien no le gusten los westerns no puede considerarse como verdadero cinéfilo. Éste es el género que prácticamente arrancó la industria. Y ésta es la mejor película de su estilo, incluso mejor que los superclásicos como The Good, the Bad and the Ugly, The Searchers o High Noon.

El ritmo del filme es lo esencial; no le importa tomarse todo el tiempo del mundo tan sólo para colocarnos en un ánimo expectante. Uno sabe que en cualquier momento se escuchará el sonido atronador de los cañones que caracterizan a las magnum de las películas de Leone. Sin embargo, el espectador debe tener paciencia, aprender a disfrutar la calma que presagia la tormenta. El misterio que mueve al personaje principal no es realmente importante y es hasta cierto punto imaginable. Pero el significado de la película no se encuentra ahí. Lo que realmente la hace genial es el ambiente general que proyecta a través de una excelente manipulación de quietudes prolongadas, acompañadas por la sensacional  música de Morricone. El suspenso de las escenas sólo se verá interrumpido en los veloces instantes que caracterizan la acción propia de los pistoleros.

Al final, la paciencia del espectador será recompensada con creces: podrá ser testigo de uno de los mejores showdowns de la historia del cine. Sólo superado en ese aspecto por otra película que menciono adelante.


5- Underground

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Año: 1995

País: RF Yugoslavia

Director: Emir Kusturica

Creo que existe una gran similitud entre la gente de la ex-Yugoslavia y los latinoamericanos. A ambos les gusta el estridente sonido de las trompetas. Ambos gustan de las reuniones familiares repletas de personas. Ambos toman las situaciones con tranquilidad, entre bromas, albures y altos grados de alcohol. ¡Vaya! Son todas esas características de los latinoamericanos que usualmente no comparto. Sin embargo, ello no me impide encontrar el aire de familia entre la gente que puebla esta película y mis semejantes paisanos.

Lo interesante de esta película es cómo consigue retratar un país enfermo de guerra sin fingir afectación o seriedad. Por el contrario, la alegría y el humor (negro) siempre están presentes. Es muy fácil, por ello, encariñarse con los personajes principales y el filme sigue una secuencia que involucra al espectador. Uno se encuentra entonces sonriendo de sus insignificantes pleitos y sintiéndose cómplice de la pequeña traición que tiene lugar.

Los últimos minutos no son, sin embargo, fáciles de ver; aunque tengo que admitir que son ellos los que me llevan a colocar esta película en este lugar de mi lista. Retratan la violenta realidad de la guerra civil yugoslava, misma que en el momento de la filmación de la película tenía lugar. El enemigo ya no son los extranjeros nazis, muy fáciles de satanizar o ridiculizar. El enemigo ahora son los padres y hermanos. ¿Cómo responden los carismáticos personajes que uno venía conociendo hasta ahora a esta nueva situación? De una manera que encoge el corazón.

El imposible final de la película proporciona algo de alivio, al mismo tiempo que ilustra lo absurdo del conflicto en el que se vieron envueltos los ex-yugoslavos.


4- Yojimbo/Sanjuro

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Año: 1961/1962

País: Japón

Director: Akira Kurosawa

Hay muchas películas de Kurosawa que hubiera querido hacer entrar a la fuerza en esta lista. Sin embargo, sólo tengo espacio para colocar una de ellas. ¡Bueno! He colocado dos, puesto que una es secuela de la otra. Aunque no es necesario ver una para entender la otra; pero se trata de la historia del mismo samurái. Pues bien, si tuviera que elegir una de esas dos películas, elegiría la de Sanjuro, puesto que involucra una intrincada conspiración cuya solución el espectador poco a poco va desenredando; sin embargo, me gusta más el tema musical de Yojimbo (algunos acordes de éste están también en Sanjuro), que por su parte se trata también de una excelentísima película. ¿Tengo que elegir a fuerzas una película aunque una sea secuela de la otra? Voy a dar por sentado que no.

Ambas películas representan, para mí, la cúspide de lo que el cine de samuráis puede alcanzar, algo así como lo que Once Upon a Time in the West representa para los westerns. Pero, a diferencia del cine de vaqueros, Kurosawa no tiene problemas en intercalar humor en todos lados con tal de demostrarle al espectador que la solución que Sanjuro encuentra a sus problemas no se encuentra en su habilidad con la espada (que es mucha) sino en su astucia. El mismo humor sirve para distinguir el grado de importancia de los personajes: con ironía se contrasta la ridícula cobardía de los campesinos y de los villanillos con respecto a la seriedad de los verdaderos samuráis. En un western eso no logra distinguirse: prácticamente todos los pistoleros tienen cara de asesinos, la diferencia sólo radica en quién tiene mejor puntería. En estos filmes de samurái, por el contrario, el espectador nota rápidamente quiénes son los lobos y quiénes las ovejas. En cada uno de los respectivos filmes sólo hay dos lobos: Sanjuro y el samurái oponente.

Es al final de Sanjuro donde uno puede presenciar el mejor showdown de la historia del cine. Sin slowdowns, sin cgs o ninguno de los trucos baratos de las películas actuales. Ni siquiera hay un tema musical que estorbe el momento. Los lobos necesitan un instante para decidir sus diferencias; déjalos en paz.


3- A Clockwork Orange

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Año: 1971

País: Reino Unido

Director: Stanley Kubrick

Me parece que Kubrick es mi director preferido. He visto todas sus películas muchas veces (con excepción de la primera, que él detestaba, y la última, que por algún prejuicioso motivo no me he decidido a ver).

Decidir cuál película de Kubrick colocar en esta lista representó todo un problema. Una de ellas no presentaba la menor duda. Pero hay otras que me gustan muchísimo también y no podían faltar. ¿Barry Lyndon? ¿The Killing? ¿Dr. Strangelove? ¿Full Metal Jacket? Al final, he decidido considerar A Clockwork Orange como superior a las otras puesto que transporta más el sentimiento de culpa agridulce respecto al que, como ya decía antes, soy adicto.

Por otra extraña casualidad, en el momento de ver por primera vez el filme estaba en una época que podría llamar “beethoviana”. En aquel entonces debí escuchar sus 9 sinfonías un centenar de veces. Casualidad inmensa que seguramente provocó que la película la disfrutara mucho más. No pude encontrar la versión de Wendy Carlos del Himno de la Alegría en el youtube. Esa sería mi pieza musical favorita del filme. Así que coloco otras que considero como en segundo lugar.

Creo que esta es la cinta más completa de toda mi lista. Tiene violencia gratuita, pandillas, escenas crudas, crítica al estúpido arte pop conceptual, sátira política, sátira de la psiquiatría, etc. Lo más significativo es cómo se consigue transformar las sensaciones que se sienten por el protagonista. Las personas tendrán juicios diferentes respecto al él. Unos sentirán que sólo se trata de un criminal desagradable. Otros admirarán su libertad y desenfado absoluto. Sin embargo, no importa que opinión hubieran abrigado, todos acabarán apiadándose de él al finalizar la película.


2- 2001 a Space Odyssey

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Año: 1968

País: Reino Unido

Director: Stanley Kubrick

Ésta se trata de la mejor película de ciencia ficción que existe y ya decir eso es una afirmación descaradamente atrevida. Pero no me importa y estoy seguro de poder repetirlo de aquí a 50 años: la dificultad no radicaría en que se cumpliera mi afirmación sino en vivir esa cantidad de años. Ni siquiera tuve que pensar un instante para declarar que ésta es mi película favorita de Kubrick.

La película es una breve historia de la humanidad, de su origen y de su destino. Y es osada en lo que respecta a sus hipótesis del origen (con respecto a las cuáles estoy totalmente de acuerdo) e inspira en lo relativo a sus conjeturas sobre el horizonte futuro.

Lo mejor de la película es el tiempo que le dedica a los espacios de quietud. Minutos y minutos transcurren mientras uno observa sólo las órbitas de los satélites espaciales. ¿Y hay quienes se cansan de ver eso? ¡Estamos hablando del espacio, maldita sea! infinitamente más grande que el mayor de nuestros océanos que ya, desde nuestro punto de vista, parece una inmensidad. Si uno se inscribe para ver una película sobre el espacio y no está dispuesto a conceder tiempo a la oscuridad infinita entonces… ¿qué diablos hace en la sala?

Un amigo me comentaba alguna vez que la película está filmada con tan gran ingeniosidad y tecnología que, hasta el día de hoy, no es posible transmitir la totalidad de sus detalles totalmente en nuestros aparatos de reproducción. Ni siquiera en blu-ray. ¡Y estamos hablando de una película de casi 50 años!


1- Solaris

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Año: 1972

País: URSS

Director: Andrei Tarkovski

Hay una razón especial por la que ésta es, para mí, la mejor película de todos los tiempos. Me parece que sólo hay una manera en la que uno puede entender el verdadero significado del filme: haber perdido para siempre a la persona más importante de su existencia.

Ésta NO ES una película de ciencia ficción a pesar de que tenga todo el aspecto de serlo. En ese sentido 2001 sigue siendo en mi opinión la mejor película sobre esa temática. De hecho, la confusión puede ser mayor por el título. Solaris es también una novela de ciencia ficción de Stanislaw Lem en la que se presenta un escenario parecido al de esta cinta. En un principio se pretendía que ésta sería una adaptación de dicho libro. Pero Tarkovski, uno de los mayores genios del cine, era demasiado bueno para eso. El resultado fue esta enorme y profunda película de introspección.

Al ver el resultado, Lem estaba furioso. Él mismo admite haberse peleado con Tarkovski espetándole: “¡Tomaste mi título y te dedicaste a filmar Crimen y Castigo! ¿Dónde está la epistemología kantiana que pretendía expresar con mi obra?” (http://people.ucalgary.ca/~tstronds/nostalghia.com/TheTopics/On_Solaris.html). Pues bien, Lem, a esas palabras sólo puedo contestar lo siguiente: ¡el Crímen y Castigo de Tarkovski es muchísimo mejor que tu Solaris y la introspección personal presentada aquí es muchísimo más importante que tu epistemología kantiana!

Sólo hay un momento en el que podemos volver a conversar con nuestras personas añoradas y perdidas. En los sueños. Solaris plantea una posibilidad más. Solaris se trata de un planeta consciente que intenta dialogar con los humanos. Para ello, consigue (imperfectamente) introducirse en sus recuerdos y materializarlos. Así, una imitación de la persona añorada puede aparecer frente a uno. Ése es el argumento superficial de la película: importante para Lem; no para Tarkovski. Se trata de un detalle insignificante. Es tan sólo un medio, una excusa a través de la cual Tarkovski retrata la manera en la que nosotros proyectamos nuestra introspección hacia las personas que han dejado de existir; en cómo nos dirigimos a ellas sumidos en la culpa.

El amanecer del lenguaje

Desde el punto de vista de Kubrick, la técnica es el elemento principal a raíz del cual el ser humano abandonó su oscuro amanecer. Aceptando esa premisa y acomodándola con los descubrimientos recientes de paleontología puede observarse que, conforme el ser humano avanzaba en el uso de las herramientas, éstas empezaron a homogeneizarse. Por ello, se habla de diferentes modos industriales líticos, es decir, una etapa prehistórica en donde el ser humano creaba herramientas que estaban hechas de piedra y huesos.

Ahora bien, ¿es posible que el ser humano haya conseguido realizar esa estandarización de sus herramientas sin haber descubierto antes el lenguaje? ¿Cómo podría transmitir el maestro productor de herramientas su técnica sin señales claras que le permitieran a sus discípulos imitarlo? El lenguaje tuvo que ser una etapa previa a la creación de la industria lítica a pesar de que, probablemente y como nos lo describe Kubrick, fuera posterior a la aparición de la técnica en sí. Y esto nos lleva al tema sobre el que quiero escribir hoy: ¿El lenguaje apareció gracias a alguna capacidad evolutiva biológica o, por el contrario, se trató de un desarrollo cultural?

En primer lugar, como ya decía cuando escribía al respecto de la diferencia entre seres humanos y animales, considero que el lenguaje es una capacidad que sólo poseen los seres humanos. Al hablar de lenguaje me refiero a la facultad para emplear nociones abstractas y para hacer uso de analogías. El resto de los animales tiene muchas otras formas de comunicación, muchas de ellas involucran sonidos procedentes de su boca y garganta. Sin embargo, sólo el ser humano ha sido capaz de articular esas señas de manera que pueda proferirlas sin que necesite hacerlo, es decir, sin que tengan una relevancia inmediata en relación a su supervivencia o necesidades fisiológicas.

Ahora bien, es discutible el hecho de si es posible enseñar lenguaje a los animales. Por ejemplo, tenemos en el siguiente video un caso de una gorila a la que se le enseñó el lenguaje de signos americano utilizado por los sordomudos en Estados Unidos:

Pero, como decía, la cuestión es discutible. Existen trabajos que ponen en tela de juicio las conclusiones a las que llegan estos investigadores de los animales (si les interesa, un buen artículo al respecto se encuentra aquí). Al final, parece que estos primates sólo han aprendido a utilizar signos, que escogen de un pool dado que se les presenta, para alcanzar ciertos resultados inmediatos, pero eso no involucra que hayan aprendido el significado de dichos símbolos. De una manera similar, un niño puede pronunciar una grosería que escuchó por allí, pero de la que todavía desconoce su significado, frente a una audiencia de adultos esperando que ellos reaccionen de alguna manera. Quizás sospecha que se trata de algo malo que provocará en los adultos algún tipo de sorpresa. El niño usa un sonido para alcanzar un resultado pero no conoce el significado preciso del sonido utilizado. El caso es paralelo a la utilización de los símbolos por parte de esos primates entrenados. Realmente no se puede considerar que esos animales sean hablantes competentes de lenguaje.

Sin embargo, aún si aceptáramos que los animales son capaces de utilizar alguna forma de lenguaje habiendo sido debidamente entrenados, me parece que está fuera de duda el hecho de que fue el ser humano el primero en desarrollar esa capacidad y transmitirla de tal forma que se convirtiera en una cualidad que prácticamente define a nuestra especie.

Y ése se trata de un misterio interesante: ¿cómo fue que surgió el lenguaje por primera vez? La cuestión tiene mucho que ver con aquella que me hacía anteriormente respecto al fisicalismo y al reduccionismo. Un reduccionista preferirá una respuesta que atienda preferencialmente a la evolución biológica de los homínidos. Un anti-reduccionista contestará que el lenguaje no se trata tanto de una capacidad biológica como de una idea que alcanzaron los seres humanos.

Para los reduccionistas, el origen del lenguaje va atado a la evolución biológica de los homínidos. En algunos casos, los reduccionistas se concentran fundamentalmente en la evolución craneana; en otros, reducen su área de interés todavía más al limitarse al cambio genético de los homínidos. A continuación presento un ejemplo relativamente reciente de ese tipo de orientación genética:

Un equipo dirigido por Svante Paabo en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, anunció en agosto del 2002 que había identificado dos mutaciones críticas que aparecieron hace aproximadamente 200000 años en un gen relacionado con el lenguaje y que luego se difundió entre la población más o menos por la misma época en que los humanos anatómicamente modernos se propagaron y empezaron a dominar el planeta. El gen mutante, sostuvieron los investigadores, otorgó al hombre primitivo un mayor control sobre los músculos de la cara, la boca y la garganta, lo que posiblemente dio a estos ancestros una nueva y rica paleta de sonidos que pudieron servir como cimientos del lenguaje. Los investigadores no saben qué hace exactamente el gen, conocido como FOXP2, en el organismo, pero todos los mamíferos tienen versiones de él, lo que sugiere que probablemente desempeña una o más funciones cruciales, quizá en el desarrollo fetal. En un artículo publicado en Nature, los investigadores señalaron que la mutación que distingue a los humanos de los chimpancés tuvo lugar en una fecha bastante reciente en la evolución y luego se difundió con rapidez, reemplazando por completo a la primitiva versión en un lapso entre quinientas y mil generaciones humanas, unos diez mil o veinte mil años. Una difusión tan rápida sugiere que las ventajas que proporcionaba el nuevo gen eran considerables.(2)

En rasgos muy esquemáticos, la cita anterior representa una respuesta reduccionista a nuestra cuestión. En algún momento de la historia de los homínidos, el gen FOXP2 sufrió una mutación importante que posibilitó una mayor capacidad de gesticulación en los seres humanos. A partir de la gesticulación, se originaron las frases sintácticamente coherentes. A partir de esas frases, nació el lenguaje. A partir del lenguaje, surgieron el resto de los elementos que caracterizan al pensamiento simbólico. Etcétera. Tenemos aquí una cadena causal bastante bien estructurada, ¿o no? Y el eslabón esencial de ella se encuentra en los genes.

Pues bien, el anti-reduccionista no negará necesariamente esa pequeña historia genética; tan sólo se limitará a cuestionar su relevancia. La evolución biológica “permite” el desarrollo cultural en el sentido en que lo hace potencialmente viable; sin embargo, no informa sobre su origen. Pongamos un ejemplo. Si nuestra pregunta no fuera sobre el lenguaje sino sobre el surgimiento del pensamiento matemático en los seres humanos, ¿qué tan relevante sería una respuesta que atendiera a la evolución de algún gen relacionado con el cerebro y su capacidad para manipular entidades abstractas como los números o las relaciones? Dicho gen pudo haber evolucionado hace 200000 años. Y, si los seres humanos sólo empezaron a utilizar el pensamiento matemático hasta, digamos, unos 20000 años, ¿resulta realmente relevante acudir al nivel genético para responder a la pregunta sobre el origen del pensamiento matemático? Lo mismo ocurre en el caso del nacimiento del lenguaje: el que un gen permitiera al ser humano mayor control sobre sus gesticulaciones no responde a la pregunta sobre cómo el ser humano, empleando esas capacidades genéticas, empezó a utilizar el lenguaje. La mera “potencialidad biológica” no dice nada sobre la manera en que, de hecho, actúa un organismo; menos aún sobre cómo se generan las ideas. Por ejemplo, el lenguaje pudo haberse desarrollado de manera totalmente distinta. ¿Qué tal si los seres humanos hubieran optado por un modo de comunicación que prefiriera los gestos y las muecas a los sonidos? ¿O una forma que siguiera utilizando sonidos sin que estos se individualizaran en palabras sino que utilizaran otra forma de organización? En su novela, Segunda Fundación, Asimov habla de cómo un grupo de seres humanos utiliza una nueva forma de comunicación sintetizada:

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El lenguaje, tal como nosotros lo conocemos, era innecesario. Un fragmento de una frase equivalía casi a una larga explicación. Un gesto, un gruñido, la curva de una línea facial, incluso una pausa oportuna, comunicaba la información requerida.

Realmente, hay una infinidad de formas en las que el lenguaje pudo haberse originado. Todas ellas permitidas por la biología humana. ¿Por qué el lenguaje se desarrolló de la forma en que lo hizo? Tal pregunta sigue siendo una incógnita aún si aceptamos la historia genética.

Hay un problema más importante aún: el lenguaje pudo no haberse generado en absoluto a pesar de que contáramos con los genes necesarios para ello. Creer lo contrario es caer presa de lo que en Biología se conoce como el “hiperseleccionismo”: la creencia de que la selección natural escoge específicamente los elementos de los seres vivos de tal manera que ellos funcionen de la mejor forma posible. En consecuencia, las cosas sólo pueden ser de la manera en la que son.

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Uno de los mejores argumentos en contra de la creencia en el hiperseleccionismo está escrito genialmente por el profesor Gould:

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La selección natural puede construir un órgano para una función o grupo de funciones específicas. Pero este “propósito” no tiene por qué especificar detalladamente las capacidades de tal órgano. Los objetos diseñados con un determinado propósito pueden, como resultado de su complejidad estructural, realizar también toda otra serie de tareas. Una fábrica puede instalar una computadora con el exclusivo propósito de elaborar la nómina mensual, pero una máquina así puede también analizar la estadística de ganancia o pegarle una paliza a cualquiera (o al menos empatar perpetuamente) en el juego de tres en raya. […] la estructura tiene sus capacidades latentes. Construida con un fin, puede realizar otros; y en esta flexibilidad yace tanto el caos como la esperanza de nuestras vidas. (3)

Mi punto es que el lenguaje es una de las “capacidades latentes” que la evolución del gen FOXP2 despertó. Pero el adjetivo de “latente” señala precisamente la necesidad de que debiera ocurrir algo que despertara dicha capacidad. Y ese algo no se encuentra en la estructura del cerebro humano, ni en los componentes genéticos de los homínidos. Se encuentra en la complejidad de la situación ambiental en la que se desenvolvieron nuestros primeros antecesores. En la naturaleza de las adversidades que debieron superar a diario para que el mundo brutal en el que vivían les permitiera satisfacer sus necesidades. En las circunstancias específicas que provocaron que su incesante afán de supervivencia, que caracteriza a todos los seres vivos, dirigiera su atención por un momento a un espacio en el que ningún ser se había adentrado antes de manera consciente: el mundo de las ideas.

NOTAS:

1-La imagen de la elaboración de herramientas líticas está tomada de http://jcdonceld.blogspot.mx/2013/05/la-evolucion-de-la-industria-litica-en.html.

2- La cita con la que caracterizo al reduccionismo está extraída del monumental libro de Peter Watson: Ideas, Luis Noriega, traductor, Barcelona, Crítica, 2008, p. 75.

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3- La cita de Gould es del ensayo El Pulgar del Panda, Antonio Resines, traductor, Barcelona, Crítica, pp. 63 y 64.

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Heteronormatividad

Como ya escribía cuando hablaba sobre la claridad en filosofía, me desagrada leer aquellos textos que confunden la erudición con la verborrea.  Observen nada más ese escupitajo académico que he utilizado para titular el tema del que voy a escribir hoy. Heteronormatividad. Representa una de las peores costumbres que han invadido al feminismo o al área de los estudios de género. En medio de preocupaciones sumamente pertinentes, tenemos un conjunto de terminajos que sólo opacan el mensaje y lo envuelven en un aire de pomposidad que me resulta insoportable.

Sin embargo, hoy no quiero escribir maldiciones contra la grandilocuencia innecesaria de los círculos intelectuales. Más bien, deseo opinar acerca de cómo uno de esos términos tiene cierta vigencia; ello a pesar de ser una palabra con un sonido de lo más odioso.

La cuestión me vino a la mente luego de ver la siguiente película:

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La película trata sobre cómo Alan Turing diseño la máquina que le permitió descifrar el código que usaban los alemanes para cifrar los mensajes que enviaban a sus tropas durante la segunda guerra mundial. Pero Turing, una de la luminarias más importantes en lo que respecta a lógica y matemáticas de su tiempo, era homosexual. Y ése es el tema central de la película: cómo un sujeto homosexual consiguió ese logro lógico que les permitió a los aliados ganar la guerra.

Uno pensaría, en una primera instancia, que se trata de una película que busca defender a los homosexuales. Sin embargo, eso sólo es una ilusión. El mensaje real de la película se presenta explícitamente en uno de sus últimos diálogos:

No one normal could have done that. Do you know, this morning, I was on a train that went through a city that wouldn’t exist if it wasn’t for you. Now, if you wish you could have been normal… I can promise you I do not. The world is an infinitely better place precisely because you weren’t.

¿Tenemos aquí un elogio a la anormalidad? Uno podría pensar eso. Sin embargo, tan sólo hace falta observar el contexto en el cuál el personaje pronuncia esa frase. La persona que habla se trata de una mujer que se encontró con Turing cuando éste realizaba su investigación; pero que después se marchó a vivir una vida común y corriente. La mujer es guapa, tiene trabajo, hijos, un marido y vive la vida más normal del mundo. Por su parte, Turing es un sujeto con una vida triste y deprimente, que enfrenta un proceso judicial por sus tendencias homosexuales, que perdió a su ser querido hace años y ahora antropomorfiza ridículamente a una máquina esperando suplir su pérdida. Y, finalmente, es un sujeto del que la película nos dice, simplemente, que algunos años después se suicidaría.

Me parece que el mensaje real de la película no está demasiado oculto. Lo que la película está sosteniendo al final de cuentas es lo siguiente: la vida feliz es aquella que involucra normalidad, aquella que sólo consiguen las parejas heterosexuales. Los anormales (esto es, los homosexuales) pueden ser capaces de muchas cosas. Sin embargo,  su anormalidad los convierte en seres infelices. Reflexione, querido espectador de clase media-alta. ¿Qué desea usted? ¿Vivir la vida feliz y normal de esta guapa mujer que ve en pantalla o pasar sus días encerrado en la depresión de un cuarto al que se vio obligado a esconderse por la presión social; presión que naturalmente le empujará a tendencias suicidas? Ciertamente ese sujeto anormal salvó al mundo. Hurra por él. Pero, al final de cuentas, él es como los recogedores de basura: individuos necesarios a los que podemos aplaudir por dedicarse a esa noble labor pero de los que no envidiamos su suerte. Hurra por él; pero, por suerte, él no es nosotros.

La heteronormatividad es una noción feminista que intenta hacer explícita una forma en la que podría llevarse a cabo la opresión o discriminación contra las orientaciones homosexuales. El punto es que un discurso obedece una pauta de heteronormatividad cuando presupone que la heterosexualidad involucra “normalidad”.

Pero, ¿acaso no es normal la heterosexualidad? ¿No son la mayoría de los seres humanos heterosexuales? Me parece que un feminista difícilmente diría que no a la segunda pregunta; sin embargo, observaría correctamente que existe una diferencia importante entre los adjetivos utilizados para referirse a la heterosexualidad. Sostendría (y la mayoría de los feministas sostienen) que no es lo mismo utilizar el adjetivo de “normal” que utilizar el adjetivo de “común”.

Cuando se habla de la heterosexualidad como común se pretende estar haciendo una descripción biológica de los seres humanos. Lo único que se busca es señalar, con base en algún estudio estadístico, que la mayoría de los seres humanos en este momento dado son heterosexuales. Por el contrario, cuando se habla de la heterosexualidad como normal, lo que se está haciendo es un juicio de valor, es decir, se está presuponiendo que las parejas heterosexuales representan la forma natural en la que deberían ser las cosas. Hablar de esa manera supone una prescripción y no una descripción: uno está sosteniendo, si bien un poco implícitamente, la manera en la que cree que deberían ser las cosas. También está sosteniendo qué cosas piensa que deberían evitarse.

Me parece que no resulta muy difícil ver cuál es la distinción que estamos tratando aquí: existe una diferencia importante entre afirmar cómo se cree que son las cosas y afirmar cómo se cree que deberían ser las cosas. Calificar a la heterosexualidad como común es un ejemplo de la primera afirmación; calificarla como normal es un ejemplo de la segunda. En filosofía, confundir ambos tipos de afirmaciones se conoce como falacia naturalista (tema del que particularmente estoy un poco harto, puesto que le dediqué toda una tesis).

El problema que aquí estoy tratando resulta mucho más explícito si todo el enunciado involucrado se presenta directamente. Es obvio que existe una condena contra la homosexualidad en una afirmación como la siguiente: la heterosexualidad es normal; pero la homosexualidad es anormal. Pues bien, los feministas califican a todos aquellos discursos que emplean, explícita o implícitamente, enunciados como ése con el adjetivo de “heteronormativos”, es decir, formas de expresarse que pretenden prescribir la heterosexualidad como si se tratara de una ley que los homosexuales están rompiendo.

Pero, aceptando que la heterosexualidad es “común”, uno se podría preguntar lo siguiente: ¿qué tanto interés deberíamos tener en discutir una cuestión que no atañe a la mayoría de la población? Si los homosexuales son minoría, ¿entonces porqué “secuestrar” (nótese qué palabrita tan mamona estoy usando) la atención pública en ellos y no en cuestiones que atañen a todos, como el hambre mundial, el desempleo, el calentamiento global…?

Un interrogante de ese tipo está siendo bastante miope respecto a los alcances de nuestro tema. La cuestión que aquí tratamos no gira únicamente en torno de la minoría de homosexuales, ni pretende que agotemos nuestra atención en ellos a pesar de su, supuestamente, diminuto número. La idea general consiste en una cruzada contra la discriminación, que se despliega de la forma más patente contra las “minorías” como la de los homosexuales; pero que, de una u otra manera, asoma su rostro a lo largo y ancho de toda la sociedad.

Basta sólo con que reflexionemos acerca del conjunto de personas que estarían incluidas en el adjetivo de “normales”. Los heterosexuales, ciertamente. Aquellos que no sufren algún impedimento mental o físico también (y esa es otra de las minorías que se ve más afectada por estos juicios de normalidad). Aquellos que no han recibido una educación adecuada y son fácilmente manipulables tampoco podrían ser enteramente normales, puesto que todavía les hace falta algo para hacerse valer por sí mismos. Con dicho criterio excluimos a los niños, a los seniles, a los locos. Ciertamente, sin un cierto apoyo económico uno no puede alcanzar una correcta educación que lo haga ser un ciudadano completo con una vida digna. De esa manera, los pobres tampoco podrían entrar en nuestra categoría de normales. Asimismo, no todos los países tienen los medios para que la mayoría de su población adquiera una educación completa. De esa manera, podemos excluír a la mayoría de las personas que habitan en países tercer-mundistas. ¡Vaya! Los normales de repente han pasado a ser una minoría del total de la población mundial, un conjunto compuesto únicamente de un porcentaje de individuos, de raza caucásica y asiática, con edades que oscilan entre 25 y 55 años, de clase media-alta, que cumplen además ciertos criterios de IQ, de salud, de orientación sexual, etc, etc. Asimismo, seguro encontraremos, en ese pequeño conjunto restante, álfas sobre los álfas que reduzcan aún más el conjunto de aquellas personas normales: ¿las mujeres son normales? ¿Los que no tienen un hobby? ¿Los que tienen alguna manía? ¿Los solitarios? ¿Los ahora conocidos como “asexuales”? Al final uno tiene que preguntarse qué tanto sentido sigue teniendo hablar de normalidad.

En suma, me parece que no estamos centrando nuestra atención en un tema minoritario al oponernos a la discriminación contra los homosexuales: estamos inmersos en uno de los muchos flancos  de una misma guerra. La discriminación contra los homosexuales es sólo la punta del iceberg. Discutirla representa sólo el primer paso para atacar la discriminación que existe en múltiples niveles y que opera utilizando nociones totalmente absurdas como aquella de “normalidad”.

Por qué detesto las respuestas fisicalistas

Respuesta corta: porque pretenden contestar preguntas importantes sin percatarse de que han cambiado de tema.

Entre la plétora de vicios que poseo, está el de tomarme muy en serio las posturas y los argumentos teóricos sobre cuestiones abstractas. Sé bien la naturaleza del ámbito: en el fondo considero que no vale la pena enojarse acerca de cuestiones relacionadas con, por ejemplo, la noción de los números, la infinitud o composición del universo o el problema respecto a la demarcación entre mente y cuerpo. Al final de cuentas, ninguno de esos tópicos importa demasiado. Son, prácticamente, ejercicios intelectuales. Como diría Wittgenstein, “puzzles” filosóficos/científicos/teóricos. Y, como es el caso con los buenos puzzles, son interesantes, entretenidos, estamos dispuestos a matar el tiempo en ellos. Buena cantidad de tiempo a veces. En el caso de algunos sujetos: dedicar su vida a ellos. Pero, ¡maldición! en última instancia, todas esas cuestiones son insignificantes. Al menos, no importan lo suficiente como para inmiscuir nuestras pasiones en ellas. Asuntos dignos de enojo son aquellos relacionados con la opresión, con la discriminación, con la injusticia. Uno debería preocuparse en cómo trata a sus amigos o seres queridos o qué principios morales pretende estar defendiendo al final del día. ¿He sido coherente hoy con lo que creo? Ese tipo de cuestiones son las que yo considero verdaderamente humanistas, que repercuten diariamente en la existencia de todas las personas, que producen preocupación, sufrimiento, hambre, y toda la cantidad de maldiciones que están entre nosotros desde que Pandora abriera su desdichada caja.

Y, sin embargo, aquí estoy yo, rumiando cuestiones abstractas; ponderándolas no mediante el cerebro, ni mediante el corazón como dirían algunos cursis. Más bien, las abordo con las tripas. Y el desagradable resultado de ello es que aquellas respuestas abstractas en las que no coincido tienden a despertarme rabietas. En fin, dejando de lado la comprometedora introducción, pasemos a la cuestión sobre la que quiero escribir: el por qué me molestan los fisicalismos.

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El fisicalismo es uno de esos rancios “ismos” que arrastramos desde inicios del siglo pasado y que por temporadas se pone de moda para luego decaer. Como la mayoría de los “ismos”, el fisicalismo es reduccionista: pretende ofrecer una sola respuesta a un conjunto variado de problemáticas. Pero tenemos aquí un ismo que exagera un poco la nota: desde el punto de vista del fisicalismo, todo lo que existe es físico, es decir, todo fenómeno, sea de la clase que sea, químico, meteorológico, biológico, social, etc.,  está compuesto, al final de cuentas, de materia física. Para decir esto de una manera sofisticada los fisicalistas utilizan el terminajo filosófico de “superveniencia”. De esa manera sostienen que: “todo fenómeno posible superviene en algo físico”. Dicho lo mismo en otros términos: “Si dos fenómenos son idénticos físicamente, entonces no pueden ser distintos químicamente, ni biológicamente, ni psicológicamente, ni socialmente…”.

Naturalmente, el fisicalista no se compromete con las teorías físicas aceptadas en un momento dado. Sabe que pueden cambiar conforme surgen nuevos paradigmas en la disciplina científica. Sin embargo, el fisicalista sí dice lo siguiente: lo que sea que entendamos por “materia” o por “campo” físico en el futuro, todo esto compone el estrato último a partir del cual surge todo lo demás.

Pues bien: “Buncha´ bullshit if you ask me”. Hay gran cantidad de fenómenos que surgen únicamente por la interacción de los elementos y no por la composición de los mismos. Eso es algo que, naturalmente, niegan los fisicalistas. Pero no es tan difícil encontrar ejemplos de casos en los que así ocurre. En biología se habla de lo que se conoce como fenómenos emergentistas: casos donde los organismos vivos crean estructuras de retroalimentación que se auto-organizan. Fenómenos cuyo origen causal proviene del comportamiento “social” de dichos seres. En ese sentido, tales estructuras no son físicas: son inherentemente biológicas.

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Pero, ¿qué decir con respecto al problema sobre la distinción entre mente y cuerpo?  Una de las afirmaciones más importantes de los fisicalistas consiste en sostener que existe una relación directa entre la materia y la mente humana. Esto quiere decir que existe una relación directa entre el cerebro (compuesto de materia orgánica) y la mente. De esa manera, según la tesis de superveniencia fisicalista, dos cerebros que fueran físicamente idénticos no podrían ser diferentes mentalmente.

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El filósofo Donald Davidson elaboró un experimento mental bastante curioso para demostrarle a los fisicalistas cómo dos cerebros físicamente iguales supondrían dos “mentes” diferentes: el argumento del hombre del pantano.

Supongan que uno de nosotros se encuentra en un pantano. Hay una fuerte tormenta y ese sujeto busca cómo salir vivo de ella. Pero, para su mala suerte, cae un rayo que lo fulmina en el acto. Un poco más tarde, cae otro rayo en una charca enlodada cercana que reacomoda las moléculas del suelo y, por pura coincidencia (aunque posible a un nivel infinitamente improbable), crea un ser que, físicamente, es totalmente idéntico a nosotros. El rayo provocó que las moléculas de carbono, de calcio, etc, que se encontraban en el lugar se organizaran de tal modo que conformaran huesos, vísceras, un cerebro. En su conjunto, la organización de materia alcanzada imita perfectamente al ser humano que acababa de fallecer. Físicamente, ese hombre del pantano es idéntico al sujeto que fue fulminado por el rayo. El evento es absurdamente quimérico pero, si al final de cuentas los fisicalistas tuvieran razón y no fuéramos en última instancia sino compuestos organizados de partículas y campos físicos, ¿por qué no va a ser posible reacomodar los compuestos físicos de tal manera que den como resultado la forma de un ser humano?

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Pues bien, Davidson se pregunta: ¿acaso ese hombre se comportará igual que nosotros al salir del pantano? Su cerebro es idéntico al nuestro. ¿Recordará quiénes son los amigos y familiares de la persona respecto a la que es idéntica? ¿Recordará las vivencias que ha tenido? ¿Sabrá hablar? La respuesta de Davidson es la siguiente: ¿cómo va a poder recordar a alguien que no ha visto nunca en su vida? ¿Cómo va a poder conocer el lenguaje si nunca lo ha aprendido? A todas luces, ese ser es un recién nacido. No tiene una historia. No tiene lazos causales que lo conecten a nada, más allá del sorprendente evento que ocasionó su creación. No tiene una conexión causal a partir de la cuál aprendió a usar las palabras, a partir de la cual empezó a guardar memorias ¿Cómo va a ser, al final de cuentas, mentalmente idéntico a nosotros?

Los fisicalistas sostendrían que el hombre del pantano, al poseer una estructura cerebral idéntica al otro sujeto que acaba de desaparecer, debería compartir sus mismas memorias y actitudes. Pero olvidan que “el proceso” de la conformación del sujeto también es un fenómeno que no pueden despreciarse y que involucra fenómenos incluso físicos. El cómo un ser humano aprende a hablar, obtiene vivencias, gana amigos, se trata de una línea causal que involucra una complejidad de sucesos, incluidos algunos que se relacionan obviamente con el entorno físico del individuo: ¿cuáles son las vicisitudes físicas que tiene que soportar un ser humano para vivir en un planeta como la tierra, padeciendo la gravedad terrestre?. Pero la acumulación de todos estos eventos a lo largo de la línea causal no es en sí mismo algo físico: es algo histórico. No es posible considerar a una vivencia como algo que puede implantarse en el cerebro en un instante: una vivencia es el producto de toda una secuencia de eventos y sólo tiene sentido en la medida en que se considera en relación a esa secuencia. No es posible desprender la vivencia del proceso que la conformó de la misma manera que no es posible hablar de un efecto sin una causa.

En ese sentido, el hombre del pantano no puede conocer nada a pesar de que tenga un cerebro idéntico al nuestro. Para conocer, necesita haber pasado por un proceso de aprendizaje; omitiendo ese proceso, por más que tenga la estructura cerebral más superior del universo, el hombre del pantano está totalmente desprovisto de mente.

Las vivencias y otros rasgos relativos a la mente no pueden reducirse a sus componentes cerebrales físicos y es justamente en ese punto donde considero que reside el mayor problema en las aspiraciones reduccionistas del fisicalismo.

Y me hierve la sangre al percatarme cómo la moda fisicalista impera en muchos círculos intelectuales de investigación. ¡No estás hablando de la mente al dedicarte a exponer la conformación neuronal del cerebro! ¿No lo entiendes? ¡Estás cambiando de tema! Abandonaste el terreno de la filosofía, de la epistemología, para dedicarte a la neurología.