Normatividad y arte

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¿Cuál es la relación entre el arte y la normatividad? ¿Qué tan aplicables son, en el arte, los conceptos de correcto e incorrecto; de bien y mal; de justificado e injustificado; de fines y medios? ¿Aspira el arte a abandonar los conceptos normativos a pesar de que sigan operando en sus obras? Como si la normatividad se agotara en un conjunto de leyes impuestas a favor del interés de un determinado grupo y el arte viniera a ser una suerte de impulso rebelde con el que uno intenta liberarse de esos compromisos. Como si el objetivo del arte fuera aliviarnos un instante del peso normativo con el que la sociedad nos agobia. Pues bien, lo que pretendo demostrar en esta entrada es que estos escrúpulos “anti-normativos” con los que algunos presentan al arte no son adecuados. Provienen de una noción poco acertada de lo que involucra la normatividad. La premisa que tiene que quedar clara para comprender mi punto es que la normatividad conforma la substancia de los actos humanos. La excepción serían aquellos actos que, en nuestra faceta animal, realizamos por instinto o por una necesidad fisiológica; y ya sería discutible el llamar “acto” a lo que ejecutamos obedeciendo impulsos inconscientes. El arte no se escapa de la normatividad, no porque la normatividad sea fatalmente ubicua; sino porque el propio arte, en tanto que acto humano (y la expresión “acto humano” es ya una especie de pleonasmo, pero no insistiré en esa cuestión otra vez), es ya normativo.

Anteriormente, definí un aspecto de la normatividad. Lo normativo no busca representar al mundo, es decir, no pretende describir cómo es, de hecho, el mundo. Más bien, lo normativo establece cómo debería ser el mundo. Traducido eso a los actos humanos, lo normativo se basa en la cuestión sobre cómo deberíamos actuar: ¿qué debería guiar nuestros actos? ¿Qué deberíamos buscar, qué debería interesarnos? ¿Y por qué? Ésta última pregunta es esencial pues exhibe un aspecto muy importante de la normatividad: lo normativo se encuentra siempre dentro de lo que algunos filósofos llaman “el espacio lógico de las razones”, es decir, un espacio en donde a uno se le exige que sea capaz de justificar lo que dice o hace. Esto es así puesto que lo normativo tiene la naturaleza de un compromiso. Si yo me comprometo, por ejemplo, a escribir seguido en este blog eso significa que tengo que ser capaz de enfrentarme,  desde ese momento, a una objeción por parte de los demás: ¿en qué medida he obedecido a mi promesa? ¿Y por qué me he comprometido a hacer esto y no otra cosa? Si yo me comprometo, no puedo permanecer indiferente a esas preguntas: si las ignorara, entonces mi compromiso se anularía automáticamente. Así son las reglas del juego de los compromisos: el sentido de un compromiso es que éste tiene que ser legitimado constantemente.

Lo normativo obedece a la misma naturaleza del compromiso: su valor no es automático ni está dado sino que requiere ser justificado de manera permanente. Si yo señalara directamente a la realidad y la describiera tal como es (si tal cosa es posible), el valor de mi descripción sería automático. Tal descripción estaría presentando hechos y de los hechos no se duda: si está determinado que las cosas son de tal manera, no vale la pena discutir sobre ellas. La normatividad, por el contrario, opera en un terreno muy diferente. Como no habla sobre cómo es el mundo sino sobre cómo quisiéramos que fuera el mundo (sobre cómo quisiéramos que fueran nuestros actos) entonces lo normativo no está jamás establecido de manera final. Podrá ser refrendado, podrá ser confirmado, podrá ser justificado. Si se hacen averiguaciones, podrían ustedes ver que he cumplido el día de hoy el compromiso con mi blog. Pero, al mes siguiente, encontrarán cómo las telarañas virtuales se han acumulado en él, consecuencia obvia de la falta de actividad. Sobre los compromisos recae siempre la sospecha de que no se cumplan. Asimismo, se me podría demostrar que este compromiso mío de escribir en un blog apenas y tiene sentido en estos días. Por ejemplo, se me podría señalar que el video blog ha tomado ahora las riendas de la comunicación pública del internet. Sobre los compromisos recae siempre la sospecha de que no sean correctos.

Ahora bien, ¿a qué tipo de actos y actitudes humanas cabría calificar como normativas? Lo típico es considerar que lo normativo por excelencia es el terreno de la legalidad estatal, de la moralidad, de los 10 mandamientos. Sin embargo, lo cierto es que lo normativo forma parte de la vida del hombre desde la propia utilización del lenguaje. Todo concepto es normativo en el sentido de que el uso de todo concepto presupone la validación de una visión particular del mundo. Naturalmente, hay muchas visiones del mundo que se enfrentan entre sí, de manera que, al utilizar determinados conceptos en oposición a otros, uno está implícitamente estableciendo como correcta cierta concepción del mundo en oposición a otras.

Robert Brandom pone un ejemplo muy característico para ilustrar esto: los apodos peyorativos. Durante la primera guerra mundial (tema que, como habrán visto, le he agarrado cariño), los aliados solían designar a los alemanes con el apelativo de “boche”. Al llamarlos de esa manera, querían dar a entender que los alemanes constituían una raza bélica y bárbara, entregada a la crueldad y a las matanzas indiscriminadas, como si fueran un hatajo de animales. En los tiempos del Imperio Romano, boche probablemente pudiera haberse aplicado correctamente sobre la población de los vastos territorios de Germania. Pero en 1914,  para un soldado aliado con un mínimo de cultura general, los nombres de Beethoven, Goethe o Hölderlin deberían tener un significado suficiente como para dotarle del conocimiento de que la generalización propuesta por boche era incorrecta. Esto significa que, si el soldado fuera coherente con sus creencias, debería evitar siquiera utilizar la palabra. No podría sencillamente sostener que los sujetos que se guarecen en la trinchera opuesta son boche mientras que Goethe no. Pues el sentido de boche designa a todos los alemanes y no sólo a algunos. Y lo mismo pasa si pretendiera que existen boches no crueles. Boche no sólo hace referencia a todas las personas de cierto lugar geográfico sino que también involucra una descripción de ellas. La única opción coherente que puede hacer alguien que niegue que todos los alemanes son crueles es la de dejar de utilizar el término boche. Algo similar ocurre con cualquier término peyorativo. En México, por ejemplo, se habla de los chilangos, refiriéndose a aquellos que nacieron en la Ciudad de México, pero también incluyendo una descripción a propósito de que todas esas personas gustan de hacer trampa, robar y hablan en un tono de voz hartante y pretencioso. Naturalmente, si yo creyera que esa generalización no es correcta, ni siquiera debería utilizar la expresión “chilango” (repito: si yo creyera que no es correcta).

Por supuesto, no sólo los insultos involucran descripciones a la vez que hacen referencias determinadas. En realidad, cualquier concepto es similar en el sentido de que su uso supone la subscripción de un conglomerado de compromisos. Al utilizar el concepto de “sedición”, por ejemplo, uno está asumiendo el compromiso de creer que es un delito incurrir en actos que promuevan la desestabilización del gobierno. Pero si yo creyera que todo gobierno, en esencia, representa una estructura institucionalizada de poder de la que se apropiaron injustamente unos pocos, entonces estaría siendo bastante contradictorio al usar un término como el de sedición. En estricto sentido, ese término ni siquiera debería formar parte de mi vocabulario, pues su sola mención presupone algo con lo que no estoy de acuerdo. Un anarquista al que se acusara de sedición no debería proclamarse ni inocente ni culpable. Debería, simplemente, negarse a responder.

Tenemos entonces que la tarea misma del uso del lenguaje es normativa. Utilizar un concepto implica tomar una posición, comprometerse, con la perspectiva particular del mundo contenida en ese concepto. Y el lenguaje depende completamente del uso de conceptos. La mayoría de las palabras no son otra cosa que la representación particular, por parte de un idioma específico, de un concepto. Por ello, toda comunicación lingüística se ve arrastrada al juego normativo de compromisos, de dar razones a quienes duden de nuestra coherencia con respecto a lo que creemos y lo que decimos. Ahora bien, ¿qué podemos decir del resto de los actos humanos? Pues tenemos que aceptar que no todo acto humano es lingüístico.

Angustiarnos, asombrarnos de la vastedad del cielo o del mar, pegar un puñetazo furioso, ceder a la voluptuosidad que provoca la forma femenina. Nada de ello se vincula necesariamente con la palabra oral o escrita. El lenguaje tiende a relacionarse con las pasiones, cierto; pero, en principio, pensaríamos que entre ambos existe cierto grado de independencia. Las pasiones son algo que se vive o se siente; no son algo que necesariamente se diga o se comunique. Para sentir, no es necesario hablar. ¿Pero acaso eso significa que, para sentir, no es necesario hacer uso de conceptos?

Todos los seres vivos son capaces de distinguir, clasificar y responder a los diferentes estímulos del entorno en el que habitan. No sólo los animales reaccionan a su ambiente. Una planta, por ejemplo, puede detectar que una especie de bacteria ha empezado a atacarla y, en respuesta, puede generar toxinas para eliminar al invasor. De la misma manera, podemos programar a una máquina para que produzca respuestas autónomas frente a un amplio abanico de eventualidades que pudieran obstaculizar su operación. Podríamos decir que, de cierta manera, todos los seres vivos y todas las máquinas que contengan algún mecanismo de inteligencia artificial “sienten” sin necesidad de utilizar lenguaje o conceptos. El “sentir” estaría definido como la capacidad para reaccionar de manera diferenciada ante estímulos previamente clasificados. Sin embargo, ésta manera de “sentir” es diferente al sentir que padecen los seres humanos.

Para el ser humano, las respuestas a los estímulos siempre pueden ser sometidas, y típicamente se someten, a una articulación conceptual. Ésa es una dimensión completamente nueva y muy diferente al mecanismo automático de acción y respuesta. El ser humano no sólo siente sino que articula (o trata de articular) conceptualmente su respuesta a los estímulos. Intenta entender lo que siente en términos de conceptos. Y, al hacer eso, desencadena toda la dimensión normativa que involucran los conceptos: al utilizar ciertos conceptos en oposición a otros uno se compromete con una visión específica del mundo. Eso supone entrar en la dinámica normativa propia del espacio de las razones, donde uno está obligado a justificar lo que dice o hace. ¿Por qué entiendo lo que siento de una determinada manera y no de otra? Una planta, un animal o una máquina no tienen que justificar nada. Ellos sólo responden a los estímulos y ya. Los actos del ser humano, en contraste, son incapaces de desprenderse totalmente de la dimensión normativa. Todo acto humano parece estar siempre en espera de una justificación. Incluso si, por un instante, un impulso animal provoca que un ser humano obre de manera inconsciente, aún entonces es imposible que deje de preguntarse posteriormente, cuando la borrasca de su consciencia se ha disipado, si acaso tal proceder era acorde con la manera adecuada en la que un hombre debería proceder.

Naturalmente, los conceptos envuelven muchas más cosas, más allá de la normatividad que implican. En primer lugar, van acumulando interpretaciones y relaciones a lo largo del tiempo. El uso que de un concepto se hace por parte de diferentes personas, de diferentes disciplinas, tiene como resultado que el concepto mute de manera insospechada. Esto significa que los conceptos, además de ser normativos, son históricos: acumulan sentido con el tiempo. Este sentido suele ser sumamente rico y lleno de matices. De manera que, al entender el mundo en términos de conceptos, el ser humano dota a su realidad de múltiples sentidos o, como acostumbra decirse, encanta a su mundo. El cielo estrellado, que para un animal o una máquina sólo reflejaría una señal temporal que propicie el detener las actividades, se relaciona para el hombre con ideas sumamente diferentes: la aspiración a la grandeza, la humildad ante la vastedad, el destino, los dioses, la muerte. Nociones todas que rebasan completamente el rango que necesitaría una simple relación de input/output, como las que tienen lugar en aquellos organismos no conceptuales.

El arte y la ciencia tienen su razón de ser en el mundo encantando que han dejado tras de sí los conceptos. El arte busca exhibir tal encantamiento. La ciencia (me refiero a sus versiones más reduccionistas) busca desencantarlo. Pero ambas disciplinas se encuentran en el espacio nacido gracias a la manipulación conceptual humana. Ambas disciplinas podrán pretender rechazar toda preocupación normativa: ¡El arte está más allá del bien y del mal! o ¡Cuando la ley frena la investigación científica; tanto peor para la ley! Sin embargo, ello no evita que ellas se encuentren igualmente en el mismo espacio de las razones, suplicando a sus espectadores: –Por favor, vean al mundo de esta manera; ¡es mejor así!-

Notas:

1- El ejemplo que presenta Robert Brandom sobre los apodos peyorativos se encuentra en el cuarto capítulo de su libro Reason in philosophy, animating ideas, publicado en el 2013 por Harvard university press.

2- La imagen que utilicé para presentar esta entrada corresponde a un congreso que se realizó hace tiempo sobre el idealismo alemán. Me pareció muy acorde a lo que aquí quería presentar.


Post scríptum (nota de autoconsciencia): El mundo, envuelto en llamas, y yo aquí, en el juego y en lo abstracto (no es un lamento; es un alarde).

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