La premeditación de la guerra

En julio de 1914, las potencias europeas se encontraban al borde de la guerra. Era una conflagración que todos los líderes deseaban. Es falso pensar que la guerra tomó por sorpresa a las naciones o que ellas, en contra de su voluntad e impulsadas automáticamente por un sistema de alianzas, se vieron repentinamente arrastradas al conflicto. Por el contrario, las potencias europeas habían estado aguardando impacientemente por cualquier acontecimiento que pudiera funcionar como casus belli, término latín que es, realmente, un eufemismo; se refiere al deseo de los dirigentes de un país por encontrar una excusa que les permita dirigir a la masa de personas que conforma su pueblo contra los estados vecinos sin que ello signifique, al mismo tiempo, un enfrentamiento contra la opinión interna.

Por supuesto, nadie duda de que una premeditación perversa llevó a Alemania a declarar la guerra. Por otro lado, el relato que los historiadores hacen de la primera guerra mundial tiende a presentar como una cuestión debatible el que hubiera predisposiciones bélicas en Gran Bretaña. Lo cierto, sin embargo, es que ni la declaración de guerra alemana ni la británica fueron automáticas: ambas obedecían a un proyecto calculado que tenía como objetivo arruinar a la potencia opuesta.

Los líderes industriales y políticos de Alemania encontraron un pretexto bastante eficaz en el asesinato del archiduque Francisco Fernando. Bastante más endeble había sido el subterfugio que habían fabricado durante las crisis marroquíes de 1905 y 1911, dilemas todos que se solucionaron ofreciendo paliativos a Alemania. El asesinato del archiduque austriaco, por el contrario, era un buen pretexto puesto que se trataba de un acontecimiento en una región en la que Francia y Rusia tenían compromisos a pesar de no contar con ninguna clase de control. Por consiguiente, eran incapaces de ofrecer algún sedante que paralizara la situación. Pues de esa naturaleza habían sido las soluciones que las potencias antagonistas a Alemania habían ofrecido en Marruecos; tan sólo bálsamos que para nada aliviaban los problemas fundamentales que interesaban a los dirigentes alemanes: ¿dónde colocar las altas tasas de natalidad e industrialización de nuestro país? ¿Qué hacer en contra de la amenaza rusa frente a la que día a día perdemos ventaja? ¿Cuándo aplastar de una vez por todas a Francia, la nación a la que perdonamos la vida en 1871? Y, lo más importante, ¿cómo convertir a nuestra nación en una potencia colonial y soberana; una que imite al imperio que ha construido Gran Bretaña? Pues, al final de cuentas, Alemania no hacía otra cosa que obedecer el ejemplo trazado por el mejor estado industrial capitalista, es decir, Gran Bretaña: un país que generaba riqueza no sólo gracias a las fuentes de producción internas, sino principalmente a partir del sangrado de los satélites coloniales. Alemania, sin embargo, había llegado demasiado tarde al reparto colonial. En realidad, ese retraso es la base de la “tragedia alemana” y, por ello, la causa fundamental de las dos guerras mundiales: fue la idea misma del “imperio industrial ultramarino”, cuyo referente era Gran Bretaña, la que provocó la guerra; el mundo no es lo suficientemente grande como para que dos imperios de esa escala lo ocupen.

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Pero, sin considerar mayores abstracciones, ¿en qué medida la declaración de guerra británica podría considerarse tan premeditada como la alemana? La respuesta está en Bélgica. Los líderes británicos entendieron perfectamente, en el siglo XIX, que un territorio ubicado entre Francia y la Confederación Germánica constituía un enclave que funcionaba como llave de las aspiraciones expansionistas de cualquiera de las potencias de Europa. Así lo comprendieron incluso antes de que naciera Alemania (pues, realmente, Alemania como nación apenas empezó a existir a partir de 1871, gracias a la derrota francesa en la guerra franco-prusiana). Bélgica, que se había independizado de los Paises Bajos en 1830, constituía precisamente el territorio que interesaba a los británicos. Al refrendar la independencia y la neutralidad belga, Gran Bretaña obtuvo el pretexto ideal para involucrarse militarmente en contra de toda nación europea que tuviera la pretensión de apropiarse de la hegemonía de Europa Continental. Más concretamente, al garantizar la independencia de Bélgica, los líderes británicos previeron a la perfección el plan Schlieffen.

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El plan Schlieffen, desarrollado por el general Alfred von Schlieffen, era un modelo de guerra que pretendía dar la victoria a Alemania en una guerra de dos frentes en contra de Rusia y Francia. Se basaba en la idea de que, para triunfar, Alemania debería contener a uno de sus rivales y derrotar rápidamente al otro, en lugar de organizar dos ofensivas simultáneas. Así, una pequeña fracción del ejército se dedicaría a proteger las fronteras orientales alemanas frente a la amenaza rusa, mientras que el grueso del ejército se emplearía en una maniobra envolvente que exterminaría a los ejércitos franceses. Una vez aplastada Francia, Alemania podría dirigirse en contra de Rusia con la tranquilidad de tener tropas mejor entrenadas y equipadas. Ahora bien, la invasión de Francia debería cumplirse de la manera más expedita posible y, para ello, el plan Schlieffen consideraba que era totalmente indispensable violar la neutralidad belga. Se consideraba que, siendo Bélgica un país sin aspiraciones bélicas, las fronteras francesas se encontrarían prácticamente desmilitarizadas. Un ejército que ingresara rápidamente por el territorio belga podría, haciendo un uso óptimo del sistema ferroviario enemigo, rodear a los ejércitos franceses que, muy probablemente, estarían enfrascados en recapturar las antiguas provincias que los alemanes les habían arrebatado en 1871. Pues bien, todos los presentimientos del plan Schlieffen resultaron correctos cuando la guerra estalló en 1914: La frontera franco-belga se encontraba, en efecto, indefensa, y la masa del ejército francés avanzaba infructuosamente sobre las fronteras de Alsacia y Lorena. Pero no habían sido los generales alemanes los únicos que habían pronosticado ese estado de cosas.

Las razones por las que falló el plan Schlieffen en 1914 (y por las que, a su vez, funcionaría perfectamente en 1940) son motivo de amplias discusiones entre los historiadores de la guerra. Pero lo que aquí me interesa resaltar es la astucia formidable y maquiavélica de los líderes británicos, que presagiaron, acertadamente, que para que Francia o Alemania adquirieran la hegemonía de Europa Continental y, por lo tanto, pusieran en peligro la propia supremacía del imperio británico, estaban obligadas a violar la neutralidad de Bélgica. De manera que, al garantizar la independencia belga, Gran Bretaña se aseguraba un casus belli en contra de cualquier potencia que aspirara a hacerse con el control europeo. Y ello a pesar de que ninguno de los territorios británicos estuviera, en estricto sentido, inmiscuido en dicha guerra.

Naturalmente, lejos de la política británica estaba toda cuestión moral o ética sobre la importancia de respetar la neutralidad de un país. Como prueba de ello, un año más tarde (1915), Gran Bretaña ignoró completamente la neutralidad de Grecia al desembarcar tropas en Salónica. Al final de cuentas, la cuestión de la neutralidad belga era simplemente propaganda para impulsar a la opinión pública británica a favor de la guerra. Todo lo cual había sido, por otro lado, fríamente premeditado.

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La mejor posición que puede tener un agresor ante la opinión pública es la de apropiarse de la apariencia de que él es el atacado. Así, por ejemplo, durante la segunda guerra mundial, Estados Unidos tuvo que sacrificar varios acorazados en Pearl Harbor para obtener un casus belli adecuado que le permitiera ingresar en la guerra. En contraste, en la primera guerra mundial, Gran Bretaña no tuvo que arriesgar ni un solo barco ni un solo hombre para hacerse de la excusa bélica que la llevaría a frenar las aspiraciones alemanas.

NOTA BIBLIOGRÁFICA:

Me he apoyado e inspirado en estos libros/canales al escribir esta entrada:

Martin Gilbert, La primera guerra mundial, Alejandra Devoto, traductora.

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Peter Hart, La gran guerra, Juan Rabaseda y Teófilo de Losoya, traductores.

9788498926842

El maravilloso canal de youtube The great war.

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2 comentarios en “La premeditación de la guerra

  1. Pingback: Normatividad y arte | Militarizando al Cyrus

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