El sentido de la historia

La historia jamás ha tomado una dirección altruista. Establecer lo contrario es propaganda.  Y no hay mejor propagandista que el ingenuo; aquel que ha sido cautivado por el entusiasmo con el que se canta la epopeya épica. Ingenuo es quien, parafraseando a Walter Benjamin (1), enaltece a los grandes nombres y cede a la natural empatía que provocan los victoriosos.

Un asesino no es ni demente ni absurdo. Es un ser racional cuyos actos  son aconsejados por la premeditación. ¿Qué importa si “la pulsión de muerte” tiene un origen inconsciente o subconsciente? Para satisfacer ese impulso se requiere de una planeación completamente consciente.  La historia, también asesina, tiene el mismo propósito; obedece a la misma “pulsión de muerte”. Y, del mismo modo, su objetivo sólo se alcanza a partir de una planeación racional. Esa racionalidad consiste en configurar a la realidad como subordinándose a un mecanismo de vencedores y vencidos. A partir de allí, toda ruina o cadáver tiene una explicación causal.

La realidad se constituye debido a que las relaciones sociales convergieron en ese punto. Y ese punto no es arbitrario, sino racional. Lo que es real es racional, decía Hegel. Pero hace mucho que la racionalidad perdió esa identificación pos-socrática de ser “buena”:

En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, [el ángel de la historia] ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. (2)

 

Paul Klee: <i>Angelus Novus</i>, 1920

La epopeya épica es propaganda. Su fundamento es el maquillaje. Para embellecer es necesario ocultar. Intuir el rostro real que se oculta detrás de esos rizos premeditados produce un espasmo de terror. Pero una fría reflexión debería rápidamente convertir el terror en indignación: la maldad es banal. Procesal. Sus víctimas no han sido indiscriminadamente seleccionadas ni sus actos son azarosos. Opera causalmente.

Entre más poderoso es el hombre cuyo nombre se pregona, más han obedecido sus actos a un automatismo. Las relaciones sociales en las que se ha visto inmerso así lo requieren. El hombre poderoso a menudo cancela completamente su libre albedrío. Como escribía Lev Tolstoi (3), un impulso irresistible manipulaba a Napoleón al obligarlo a romper los dientes de su ejército en Moscú después de haber obtenido la victoria pírrica de Borodino.

Ni el rostro que oculta la epopeya épica es el de la gloria ni los actos del hombre poderoso son propios de los atributos de un hombre admirable. Establecer lo contrario es propaganda.

Notas:

  1. Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, edición y traducción de Bolívar Echeverría, tesis MS-BA 447 y 1094.
  2. Ibíd., tesis IX.
  3. Lev Tolstoi, La guerra y la paz, Capítulo décimo.
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