Dos ateísmos

“Dios” se trata de un concepto esencialmente normativo; no es un concepto representacional. De manera que, cuando Richard Dawkins o Stephen Hawking enfocan el debate del ateísmo en el problema del diseño y declaran que la potencia creadora de Dios resulta innecesaria para la existencia de la realidad material, no se están concentrando en la cuestión principal del ateísmo. La tradición ateísta más importante, aquella que adquirió su fuerza principal durante el siglo XVIII, con autores como el marqués de Sade, el baron de Holbach o Denis Diderot, era plenamente consciente de que el problema de Dios no era una cuestión ontológica o metafísica; era, por el contrario, un problema moral: si existe Dios, ¿cómo es que la maldad ahoga a este mundo?

Pero, antes de continuar, tengo que dejar clara la diferencia entre el par de términos con los que inicié esta entrada y cuya confusión ha provocado la deriva cientificista del debate ateísta.

Se define como concepto representacional a todo aquel concepto que tiene un referente material o físico. Así, el concepto “silla” tiene como referente a los objetos físicos que bien conocemos. O el concepto “lucero de la mañana” tiene como referencia al planeta Venus. Por su parte, el concepto “electrón” tiene como referencia a un objeto que resulta inobservable pero que, en todo caso, podemos manipular de cierta manera para provocar ciertos efectos físicos. En contraste, los conceptos normativos tienen la peculiaridad de que no son materiales ni manipulables y, además, presuponen la existencia de un sujeto que los aplique. Ello es así puesto que su función no obedece al objetivo de representar al mundo, es decir, de pretender explicar o describir cómo es el mundo realmente; por el contrario, el propósito de los conceptos normativos es el de exhibir una imagen deseada de la realidad, es decir, buscan prescribir cómo debería ser el mundo. Por ejemplo, el concepto de “Justicia” se utiliza para prescribir cómo deberían ocurrir ciertos sucesos para que los consideráramos justos. Naturalmente, el adjetivo de “justo” o “injusto” puede utilizarse para calificar a una situación dada de la realidad. Pero esa situación no será justa o injusta en sí misma, sino que tal valoración depende, por una parte, de que exista un sujeto que pueda evaluar a la situación de una u otra manera y, además, de que ese sujeto tenga un planteamiento general sobre lo que debería involucrar la justicia. Si determináramos, por ejemplo, que el bando aliado actuó con justicia durante la segunda guerra mundial, ese juicio cambiará si evaluamos de nuevo la historia y le damos un mayor papel al bombardeo de Dresde o al de Hiroshima. Pero eso revela precisamente que el sentido del concepto de justicia permanece fijo y que la actuación del bando aliado, al replantearse, es incapaz de conservar el juicio normativo que anteriormente se había ganado. De manera que los conceptos normativos tienen siempre un grado de autonomía respecto a cómo se susciten, en realidad, los acontecimientos. Así, si los acontecimientos se revelan diferentes a como los deseamos, eso no cambiará nuestra consideración sobre lo que es la justicia.

Por supuesto, los conceptos normativos no son sólo conceptos morales. También tienen una categoría normativa conceptos como “racionalidad” o “belleza”. O, regresando al concepto que aquí me interesa, “Dios”. ¿Cómo es que “Dios” es un concepto normativo y no representacional? Tengo dos razones para decir eso. Por un lado, el referente de “Dios” no suele caracterizarse como observable o material y, ciertamente, no se considera una entidad manipulable. Los creyentes pueden implorar o desear una intervención divina, pero no pueden garantizarla: si Dios tiene voluntad, entonces sus actos no están constreñidos por una ley de causalidad. En realidad, esa característica de apartarse de las relaciones causales es común a todos los referentes de los conceptos normativos. El referente de un concepto normativo nunca puede causar un efecto: sólo se relaciona con una aspiración a que dicho efecto tenga lugar. Volviendo a la justicia, ésta es incapaz de provocar que los eventos se vuelvan justos; sólo ofrece una prescripción al respecto; se trata de una recomendación que tanto podemos obedecer como ignorar. Los términos normativos se alejan de la imposición causal en la medida en la que los sujetos tienen libre albedrío. En contraste, el referente de un concepto representacional siempre es manipulable. El electrón, por ejemplo, sometido a condiciones precisas, siempre se comportará de determinada manera y siempre producirá un determinado efecto. Mientras tanto, ya podemos predicar durante una eternidad el concepto de justicia mientras las chimeneas de Auschwitz continúan humeando.

Pero el motivo más importante para considerar a “Dios” como un concepto normativo se debe al uso explícito que se le da. Funciona, principalmente, como fundamento de la propia normatividad. “Si Dios no existe, tampoco existe la virtud o no sirve para nada” decía Dostoyevsky en “Los hermanos Karamazov”. Dios sería el medio que, por un lado, establece cuál es la definición absoluta de los valores de la normatividad y, por el otro, juzga sobre el veredicto que merece respetar o infringir esos valores. Dios asume la figura básica de la civilización desde los tiempos de Ur-Nammu: la de un juez cuya prescripción legal y capacidad de sentencia da sentido y orden a la sociedad. Su papel es el de dar respuesta a toda la discusión ética: ¿cuáles son los valores normativos y por qué hemos de obedecerlos?  De manera que es una equivocación pensar, como lo hacen Dawkings o Hawkings (por mencionar a un par de autores del giro cientificista del debate ateísta contemporáneo), que el interés principal para postular la existencia de Dios se debe a una preocupación por encontrar una causa primera de la realidad física o biológica. Si “Dios” fuera un concepto representacional, desde luego que se reduciría a eso. Pero ocurre que el verdadero propósito del concepto está muy alejado de eso.

Como escribe Kant en la Crítica de la razón pura, argumentar la existencia de Dios desde el terreno de la causalidad (o de la razón) no es más que un ejercicio infructuoso y lleno de falacias. Todos los argumentos racionales que se han establecido para demostrar la existencia de Dios (argumentos que Kant reducía a únicamente tres: ontológico, cosmológico o físico-teológico) no son sino un conglomerado especioso y sofista que sólo ha hecho perder el tiempo a los grandes pensadores que, desde la época presocrática, se han dedicado a ellos. Pero lo mismo ocurre, naturalmente, con aquellos pensadores ateos que, como Dawkings o Hawkings, pretenden demostrar la inexistencia de Dios argumentando desde ese mismo terreno racional. Lo cierto es que toda esa discusión metafísica es un completo despropósito puesto que, al final de cuentas, nadie ha creído nunca en Dios desde el terreno de la racionalidad. La creencia en Dios se ha hecho siempre desde el terreno normativo, desde el campo de la esperanza: “quisiera que este mundo fuera así”. Se cree en Dios puesto que, de no existir, esta vida no tendría ningún sentido. “Si Dios no existiera, habría que inventarlo”, insistía nuevamente Dostoyevsky en la obra que cité anteriormente. Tal es el motivo principal por el que “Dios” es un concepto normativo y no representacional: es la fe y no la causalidad la que establece a su referente.

Ahora bien, el enfrascamiento que Dawkins o Hawking tienen en contra de la eficacia causal de Dios no representa la postura ateísta más importante. ¡Por supuesto que no! Si dedicarse a la vana discusión del argumento del diseño fuera el único interés que los ateos tienen alrededor del concepto de “Dios”, entonces no habría ateos. Todos serían, o creyentes, que depositan su esperanza en la existencia de Dios, o agnósticos, que dejan de lado la cuestión de la esperanza y son incapaces de dar una respuesta definitiva al argumento del diseño. Pero ésa no es para nada la situación ideológica del ateísmo. La tradición genuina del ateísmo reconoce que el concepto de Dios es normativo y lo ataca en sus mismos términos. El ateo combate los motivos mismos para tener una esperanza en la existencia de Dios. “¿Me está diciendo en serio que este valle de lágrimas tiene un sentido? Si eso es lo que realmente cree, es el sentido de una mente débil, perversa y despiadada”. El tono que usa el ateo para negar a Dios suele ser lúgubre y estar lleno de interjecciones. Eso se debe a que el ateo es, al menos inicialmente, un ser decepcionado. No es extraño que sus pronunciamientos los haga en un tono de irritación o, incluso, al borde de un episodio psicótico. Pero acusarlo de ser un pusilánime sería absolutamente injusto. Sería la posición de un sujeto que, desde la comodidad que ofrece la ficción de que las bases de su vida no están puestas en entredicho, acusa.

Escribe, por ejemplo, el marqués de Sade en Filosofía en el tocador:

Fragonard el cerrojo 1778

¿Qué veo en el Dios de ese culto infame a no ser un inconsecuente y bárbaro que crea hoy un mundo de cuya construcción se arrepiente al día siguiente? ¿Qué veo sino un ser débil que jamás puede hacer que el hombre se pliegue a lo que él querría? Esta criatura, aunque emanada de él, le domina; ¡puede ofenderle y merecer por ello suplicios eternos! ¡Qué ser tan débil ese Dios! ¡Cómo! ¿Ha podido crear todo cuanto vemos y le es imposible formar un hombre a su guisa? Pero, me responderéis a esto, si lo hubiera creado así, el hombre no habría tenido mérito. ¡Qué simpleza! ¿Y qué necesidad hay de que el hombre merezca de su Dios? De haberlo formado completamente bueno, jamás habría podido hacer el mal, y desde ese momento la obra era digna de un Dios. Es tentar al hombre dejarle que elija. Y Dios, por su presciencia infinita, sabía de sobra lo que de ello resultaría. Desde ese momento, pierde adrede, por tanto, a la criatura que él mismo ha formado. ¡Qué horrible Dios ese Dios! ¡Qué monstruo! ¡Qué perverso más digno de nuestro odio y de nuestra implacable venganza! Sin embargo, poco satisfecho de tan sublime tarea, inunda al hombre para convertirlo; lo quema, lo maldice. Nada de todo esto lo cambia.

Un ser más poderoso que ese despreciable Dios, el Diablo, que sigue conservando su poder, que sigue pudiendo desafiar a su autor, consigue constantemente, mediante sus seducciones, corromper el rebaño que se había reservado el Eterno. Nada puede vencer la energía de ese demonio en nosotros. ¿Qué imagina entonces, según vosotros, el horrible Dios que predicáis? No tiene más que un hijo, un hijo único que posee de no sé qué comercio carnal; porque igual que el hombre jode, éste ha querido que su Dios joda también; envía desde el cielo a esa respetable porción de sí mismo. Tal vez alguien imagine que esta sublime criatura ha de aparecer sobre rayos celestiales, en medio del cortejo de los ángeles, a la vista del universo entero… Nada de eso, sino en el seno de una puta judía; es en medio de un cortijo de cerdos donde se anuncia el Dios que viene a salvar la tierra. ¡Ésa es la digna extracción que le prestan!

O tenemos estas otras palabras de Primo Levi, escritas apenas unos meses después de sobrevivir a Auschwitz, en Si esto es un hombre:

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Conforme íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados. Antes de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado infausto.

Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido un cambio de fichas.

Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa. Del mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle? No hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo con determinado tanto por ciento preestablecido.

En nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que, mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockältester decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería una iniciativa absurdamente compasiva del Blockältester o una explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la selección y la partida, las víctimas de Monowitz– Auschwitz disfrutan de este privilegio.

Ziegler presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando. «¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockältester: no le parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón, pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockältester a consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela. Ahora todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.

Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?

Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

El problema ateo es un problema normativo; no es un problema que pueda abordarse con argumentos científicos, racionales o desde el ámbito de lo representacional. Es el problema de darle sentido a la vida en un mundo en donde no existe Dios. En un mundo donde no hay una razón ulterior para actuar correctamente y donde no hay una definición última de lo que supone actuar correctamente ¿Pero acaso puede plantearse un objetivo esperanzador como ése después de Auschwitz? La propia mención de Auschwitz refleja lo perverso de la historia, pues Auschwitz está en el centro del debate sobre genocidios (alimentado por una cantidad de libros o de películas) únicamente debido al interés de Estados Unidos por conservar un enclave en Oriente Medio. Hay razones egoístas y perversas por las que se habla de Auschwitz en detrimento de, por ejemplo, Hiroshima, de los armenios, del colonialismo, de la cuestión indígena, etc., etc. Pues bien, no hay duda de que la realidad es normativamente absurda. ¿Qué puedo hacer entonces?

Sólo puedo responder tímidamente a esa pregunta. Pero sí que tengo una respuesta: re-encantar de valor al mundo. Entender que lo normativo y lo representacional son reales sui generis. Sacralizar nuevamente, pero ahora lo esencial. No ya al “otro” ni a una entidad abstractamente perfecta. La sacralización debe ser sobre el propio ser humano.

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3 comentarios en “Dos ateísmos

  1. Pingback: Normatividad y arte | Militarizando al Cyrus

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