La vejez

“No creo en el tiempo”, me contestaba una muchacha, hace muchos años, harta de seguir discutiendo conmigo sobre un tema del que no logro acordarme. Desde entonces, esa frase me ha parecido una negación reconfortante, propia de un espíritu impulsado por la energía despreocupada de la primera juventud (y ése es otro término balsámico ¿acaso podemos esperar todavía una segunda juventud?). En el fondo, es posible que tenga razón. Desde la eternidad de la diosa madre, el universo debería asemejarse a la esfera inmutable de Parménides. Pero para quien habita en la cueva, y acaba de celebrar el trigésimo aniversario de su nacimiento sin haber publicado la gran novela americana, el tiempo luce como una fuerza irresistible. Si me dejo crecer la barba, empieza a destacar un pequeño conjunto de canas. A un ritmo similar se van definiendo los surcos de mi rostro. La flacidez se apodera de una complexión a la que encuentra día con día más inactiva. Es cierto que mis ojos son incapaces de percibir inmediatamente el paso del tiempo. Los instantes son visibles, pero no su sucesión. El tiempo, escribía Séneca, es incorpóreo. Pese a todo, el espejo y la foto se hacen irreconciliables.

Siendo yo un acomodado miembro de la clase media, las señales fisiológicas del paso del tiempo van transcurriendo con amabilidad. Todavía me siento capaz de hacerles frente: ¡ponte a correr! ¡Ve a escalar algún cerro! ¿Para qué te dejas la barba? Eso en lo que cabe a mi fisonomía; sin embargo, ¿qué hay de mi mente? Desde mi postura, la mente se ubica en un espacio, hasta cierto punto, independiente del tránsito del desarrollo biológico. Pero, incluso aceptando eso, el tiempo no deja de ejercer influencia. Ganar experiencia supone que mis herramientas de interpretación de la realidad se vuelven cada vez más sofisticadas. Puedo abordar una mayor cantidad de temas desde una perspectiva que no puede ser acusada fácilmente de ingenuidad. Por lo menos, estoy preparado para recibir acusaciones de ese tipo y ofrecer respuestas para defenderme. Pero esa sofisticación tiene como consecuencia que mis creencias adoptan, poco a poco, un blindaje. ¿Y no es esa otra forma de decir que, con los años, me vuelvo más obtuso? Más desconfiado ante las nuevas ideas. Más inclinado a contestar con un no categórico.

Pero estoy exagerando un poco. No he dejado de ser sugestionable, susceptible al asombro. Sigo emocionándome leyendo a Montaigne, a Séneca. Puedo abstraerme todo el día mientras en mi cabeza no para de sonar la Quinta Sinfonía de Beethoven, la Scheherezade de Rimsky Korsakov, o bien, algún tema de Pink Floyd, Iron Maiden o Ennio Morricone. Alcanzo las cumbres de la satisfacción cuando me corono con la victoria en el Mario Kart 8 o en el Dominion. Sigo ardiendo de interés y deseo cuando se me presenta una mujer cuyo rostro y porte refleja seguridad y carácter. No dejo de crispar de indignación ante las maniobras manipuladoras de las clases poderosas. En suma, no siento todavía que esa hambre de pasiones e ideas comience a saciarse. Sin embargo, las advertencias (de los medios, de mis amigos, de la opinión de la gente en general) sugieren que, conforme incremente mi edad, el ansia de mi vida se moderará. ¿Qué diablos quieren decir con eso? ¿Esa “nivelación” que proporciona la vejez es una virtud, cuyo aparente obsequio es la firmeza intelectual, o se trata más bien de una señal de decadencia?

Según Ingenieros, debería contemplarse con recelo la nivelación que tras de sí deja el paso del tiempo. Acaso esa aparente seguridad de ideas tan sólo esconda una adaptación a las circunstancias, una mera emulación de las herramientas retóricas, un medio para ceder a la pereza y justificar el abandonar el estudio o la exploración que, mientras jóvenes, cultivábamos.

La decadencia del hombre que envejece está representada por una regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio, la vejez mediocriza a todo hombre superior; más tarde, la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre. Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. Cuando el cuerpo se niega a servir a todas nuestras intenciones o deseos, o cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos afirmar que ha comenzado la vejez (1).

La vejez está lejos de corresponder al extraño fenómeno del añejamiento del vino. En realidad, las capacidades cultivadas durante la juventud alcanzan, en algún punto, una cresta. Nunca más se aproximará a esa cúspide. Tan sólo queda insinuado un camino de descenso; un proceso de decadencia al que forzosamente están obligados a cursar los organismos que componen la vida. En ese sentido, es natural esperar que la vejez de los seres humanos se sitúe después de que su existencia haya alcanzado una cresta de esplendor. Los revolucionarios se vuelven reaccionarios. De la vanguardia se pasa a la zaga.

Por supuesto, también hay quienes ven en la vejez dignidades características, inaccesibles para quienes no han acumulado la edad suficiente. Cicerón consideraba a cada edad como correspondiendo a un estrato particular de beneficios y obligaciones. De esa manera, los viejos no carecen de ventajas distintivas. En primer lugar, se han emancipado del deseo, al que tanto tiempo dedican los integrantes de otras edades. Al respecto, Cicerón decía que no tenía sentido que algunos ancianos se lamentaran el haber perdido el apetito sexual:

[…]ya que no podemos resistirnos al placer con nuestra razón y entendimiento, hemos de estar enormemente agradecidos a la vejez, que logra que no apetezca lo que no conviene. Así es: el deseo estorba la reflexión, es enemigo de la razón (2).

En el caso de las mujeres, la menopausia las ha liberado del tortuoso ciclo menstrual que mes con mes las obliga a enfrentarse a una enajenación corporal. De la misma manera, la menopausia las ha independizado de los prospectos de incapacidad y servidumbre a los que la maternidad las ata. Como escribe Simone de Beauvoir, “[…] hay quienes dicen que las mujeres de cierta edad constituyen un tercer sexo. [La mujer] ya no es presa de potencias que la desbordan y coincide consigo misma (3)”.

Pero las ventajas de la senectud no son sólo corporales. La propia prudencia previsora hacia la que los ancianos tienden, y que tanto desagradaba a José Ingenieros, los hace ideales para tareas de mando y de orientación. Y esto nos conduce hacia lo que Cicerón consideraba como la obra más importante de todas: la labor del pedagogo. No está entre los intereses del joven, con todos sus deseos y ambiciones, el enseñar a otros el camino correcto. Pues la actitud paternal con la que un maestro se dirige a sus pupilos involucra paciencia y tranquilidad, actitudes ambas que se oponen a la avidez de conocimientos o al hambre de vida que caracteriza a los jóvenes. Al carecer de la prudencia previsora, los jóvenes no pueden ser buenos pedagogos. En realidad, ni siquiera ambicionan serlo. Sus preocupaciones tienden más a ellos mismos, a sus propios objetivos. En contraste, el viejo está genuinamente interesado en evitar que los jóvenes tropiecen en donde él tropezó antes.

Entonces, ¿es la vejez un símbolo de virtud o de decadencia? En realidad, yo no encuentro una tensión entre lo que dice Ingenieros y lo que plantea Cicerón. Pues mientras uno esgrime que no se debe “confiar en la incertidumbre de las canas para la iniciación de las grandes empresas”, el otro tan sólo dicta que las ambiciones grandiosas de la juventud no forman parte de la vejez. “Existen intereses determinados en la infancia ¿acaso los echan de menos los jóvenes?”. La vejez hace mucho dejó de lado las ambiciones individuales y se inclinó, más bien, por la pedagogía. Así presentado, todavía me queda más claro que no hay un conflicto entre ambos pronunciamientos. Ambos aceptan que las preocupaciones entre las distintas edades son diferentes. Si acaso, ambos están de acuerdo en un mismo punto: carpe diem, aprovecha el día; O bien obedece a los impulsos de tu juventud para conquistar tus ambiciones, o bien utiliza los recursos de tu vejez para encaminar a aquellos cuyos ojos buscan un guía. Creo que la tranquilidad del espíritu con respecto a la cuestión de la edad y al paso del tiempo giraría alrededor de esa consideración. Sin embargo, yo mismo no siento una inclinación a perseguir esa tranquilidad. De manera que volveré a esta reflexión más adelante, mucho después de encontrarme, como ahora mismo me encuentro, en el tercer escalón.

NOTAS

1- José Ingenieros, El hombre mediocre, Editorial época, 1967, p. 168.

2- Cicerón, Sobre la vejez, Alianza editorial, 2013, p. 74.

3- Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Penguin random house, 2015, p. 42.

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2 comentarios en “La vejez

  1. El hecho de envejecer es algo natural de todo ser en esta tierra. La belleza de una persona de mas edad radica en su sabiduría y serenidad como bien dices, sin embargo la juventud nos da un sinfín de posibilidades, nos da libertad de acción y de pensamiento. Creo yo que ambas etapas son gratas y se deben apreciar en su momento. La vida esta llena de contrastes, matices que vale la pena apreciar y atesorar, alguien de mas edad tendrá mas vivencias enriquecedoras que al recotdsrlas en noches de desvelo (como en mi caso últimamente) dan un suave descanso al ajetreo de cada día.

  2. Pingback: Libros leídos en el 2016 | Militarizando al Cyrus

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