El debate S.E.T.I.

A pesar de que todavía hay regiones desconocidas en las profundidades del océano Pacífico, el planeta Tierra ha dejado de ser un referente de la noción de vastedad. El siglo XX, que sufrió dos guerras con teatros de acción en cuatro continentes y fue testigo del advenimiento de la tecnología satelital, consiguió realmente contraer las dimensiones conceptuales bajo las cuales concebíamos a la Tierra. El obscuro bosque, la impenetrable selva, la montaña insuperable o el inmenso mar son todas expresiones que hacen uso de adjetivos que únicamente emplearíamos por condescendencia. El ser humano posee ahora la capacidad para incendiar el bosque entero, talar la selva al punto de convertirla en pradera, impulsarse por encima de la mayor de las montañas o cruzar el océano en tan sólo horas. Conceptualmente, la tierra se ha empequeñecido e, incluso, se empieza a albergar la sospecha de que sus dimensiones resultan insuficientes para las siete mil millones de personas (ocho mil millones para 2025) que la habitan.

El referente del concepto de vastedad es ahora el espacio. En otros tiempos, Tales de Mileto dirigía su mirada curiosa hacia las estrellas, como un infante que observa inocentemente un objeto que le resulta incomprensible. Tales tuvo que soportar las carcajadas de una esclava al no advertir, en el ensimismamiento contemplativo con el que observaba el cielo, que un pozo aparecía bajo sus pies. Sin embargo, las cosas han cambiado 2500 años después. El ser humano vuelve a levantar la cabeza y a escudriñar el firmamento; pero sus ojos son diferentes a los de Tales. En ellos no se refleja ya una inocente curiosidad. Ahora brillan con ambición. De la misma manera que conseguimos conquistar la Tierra, ¿no será posible lograr la conquista del espacio? Infinitos recursos mineros nos aguardan. Territorios sin fin que cubrir con nuestras colonias. Una inmensidad sobre la que poco a poco hemos conseguido colocar nuestros pies.

Es natural que esta fascinación por la exploración espacial nos haga recordar la época dorada de la era de las exploraciones sobre nuestro propio planeta. Un detalle en particular estimula nuestra imaginación: en aquella época, donde quiera que los buques tocaran tierra se descubrían nuevas gentes y culturas. ¿Sucederá lo mismo con los viajes espaciales? Una extraña expectativa histórica vuelve atractiva esa hipótesis. Hay quienes adoptan incluso un tono de seguridad y argumentan que, dada la inmensidad del Universo, sería extraño que la Tierra fuera la única depositaria de vida inteligente. A partir de ensoñaciones como éstas nació el proyecto SETI.

El principal objetivo de SETI (acrónimo de search for extraterrestrial intelligence) es detectar por medio de radiotelescopios las señales que pudieran emitir civilizaciones extraterrestres. A su vez, cada cierto tiempo, SETI envía señales de radio al espacio. Se tiene la esperanza de que, algún día, otra civilización pueda recibirlas y se establezca contacto.

SETI era un programa de investigación auspiciado inicialmente por la NASA, esto es, por los impuestos estadounidenses. Pero el gobierno dejó de patrocinar la misión cuando consideró que los 12.2 millones de dólares anuales que se gastaban en el proyecto eran un despilfarro de dinero. Esa consideración resulta algo extraña para un gobierno que no tiene problemas en gastar continuamente 18 millones de dólares en la construcción de  un helicóptero de combate Apache, o 29 millones en la fabricación de un ICBM nuclear. Sin embargo, los fondos gubernamentales de SETI fueron cancelados y, desde entonces, el proyecto se ha convertido en una organización civil sin fines de lucro que recibe su apoyo únicamente del capital privado compuesto principalmente por las contribuciones de los aficionados.

Sin embargo, 12.2 millones de dólares anuales no son nada despreciables. Involucran una cantidad de dinero que muchas otras organizaciones sin fines de lucro recibirían con el arrebato de alguien que se saca la lotería. Más pertinente es la preocupación por el destino de ese dinero cuando nos hacemos la siguiente pregunta: ¿qué tan factible es esperar que el proyecto SETI tenga éxito? Y, si las probabilidades a su favor fueran mínimas, ¿está justificado gastar dinero en su mantenimiento? Ambos interrogantes están en la base de la discusión académica que recibe el nombre de debate SETI.

-La ecuación Drake-

¿Qué tan probable es que exista vida inteligente extraterrestre que pueda recibir o emitir señales relevantes para el proyecto SETI? Existe una famosa expresión probabilista que intenta plantear este problema. Se conoce como ecuación Drake (por su creador, Frank Drake, presidente emérito de SETI):

N = R* x Fp x Ne x Fl x Fi x Fc x L

N es el número de civilizaciones de la vía láctea que pueden producir o recibir señales electromagnéticas.

R* indica el número probable de estrellas que surgen en la Vía Lactea con un tamaño adecuado como para abastecer planetas con vida. Si la estrella es demasiado grande, su combustible se agota rápido. Si la estrella es demasiado pequeña, su ecoesfera, esto es, el área en donde es posible que la estrella alimente de energía a la vida en un planeta, se reduce. Se estima que es posible que surjan 3 estrellas del tamaño del Sol en la Vía Láctea por año. 

Fp es el número de estrellas que tienen planetas en su órbita. Al respecto, hay estimaciones favorables que sostienen que prácticamente todas las estrellas del tamaño del Sol tienen planetas. 

Ne se refiere a la probabilidad de que alguno de los planetas de Fp tenga características adecuadas como para que pueda surgir la vida en él. El planeta debe poseer el tamaño adecuado, una inclinación del ecuador adecuada, su órbita alrededor de la estrella no debe ser demasiado excéntrica, etc. Se estima que toda estrella del tamaño del Sol puede tener entre uno a cinco planetas con características adecuadas para la vida. De la misma manera, se han descubierto al menos 31 planetas que parecen tener condiciones favorables para la existencia de vida. 

Fl representa la probabilidad de que en uno de los planetas considerados por Ne se origine, de hecho, la vida. Se referiría, por ejemplo, a la probabilidad de que el planeta posea agua en estado líquido, de que los átomos de carbono conformen cadenas de moléculas adecuadas, etc.

Fi se refiere a aquellos planetas considerados por FI en donde la vida desarrolla inteligencia.

Fc considera a aquellos planetas en donde la vida inteligente desarrolló una civilización lo suficientemente avanzada como para emitir o detectar señales electromagnéticas.

L representa el tiempo de existencia de una civilización capaz de emitir o detectar señales electromagnéticas. Dado que las civilizaciones terrícolas suelen tener un tiempo de vida, L presupone que toda civilización tiene un lapso de existencia. Así, L trata sobre la posibilidad de que dos civilizaciones coexistan simultáneamente en la Vía Láctea y, por ello, puedan ser capaces de comunicarse.

Los integrantes de SETI consideran con bastante optimismo los resultados que podrían obtenerse agregando valores razonablemente bajos a la ecuación Drake. Se estima que, por lo menos, debería existir otra civilización en la Vía Lactea capaz de detectar nuestras señales. 

-Los argumentos indeterministas-

A partir del planteamiento de la ecuación Drake, podemos percatarnos adecuadamente de las cuestiones que dan origen al debate SETI. Más concretamente, podemos percibir que no hay debate alguno en lo que respecta a las probabilidades consideradas por R*, Fp y Ne. Esos valores pueden encontrarse a través de la investigación astrofísica y los científicos de SETI son profesionales en dicha área.

De la misma manera, y aunque suscita un poco más de polémica, el debate SETI tampoco gira alrededor de Fl. Los átomos que conforman las moléculas principales de la vida (carbono, hidrógeno y oxígeno) existen fuera de la tierra. Según la NASA, dichos elementos son, de hecho, los más abundantes del universo. De modo que no resulta imposible imaginar que las moléculas de la vida puedan originarse también en otros planetas. Y si no las mismas moléculas de la vida sobre la tierra, quizá son posibles otras combinaciones. Si suponemos eso último, se amplía la posibilidad de que seres auto-replicantes (creo que esa expresión es prácticamente un pleonasmo) habiten en otros planetas.

Asimismo, también está libre de debate las consideraciones relativas a L. La historia de nuestras civilizaciones nos muestra que éstas entran regularmente en etapas de decadencia por diversos motivos: agotamiento de recursos, epidemias que diezman a la población, malas políticas burocráticas que inhiben el cambio, etc. Es poco probable que una civilización salve todas esas dificultades y perdure ilimitadamente. De la misma manera, dado que estamos hablando de civilizaciones tecnológicas, podríamos preguntarnos qué tan probable resultaría que las civilizaciones extraterrestres se autodestruyeran. Los seres humanos estuvimos (o estamos) cerca del suicidio colectivo debido a nuestra acumulación de armas nucleares o a nuestra política de contaminación indiscriminada. Además, existe una suposición biológica de la que se deduce que toda civilización debería tener un fin. Si las especies de invertebrados sobreviven desde cinco a diez millones de años y los vertebrados tienden a desaparecer antes que los invertebrados, es de suponer que la especie que conforma una civilización extraterrestre tienda a extinguirse obedeciendo tales estándares biológicos (Para la referencia de esa suposición, cf. El pulgar del panda, Stephen Gould, Crítica, Barcelona, 2006, p. 155). En ese sentido, es razonable considerar que toda civilización posee una línea de tiempo, con un principio y un fin.

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Pues bien, son los componentes restantes de la fórmula, Fi y Fc, los que provocan el debate SETI. Ocurre que tanto Fi como Fc dotan a la ecuación Drake de un carácter multidisciplinario que rebasa completamente el campo de las probabilidades astrofísicas: Fi sólo puede determinarse a partir de consideraciones de Biología. Por su parte, Fc forma parte del territorio de estudio de las Humanidades (las ciencias sociales, la historia y la filosofía).

Podemos resumir, en una sola frase, la advertencia principal de la Biología y de las Humanidades frente al optimismo de SETI: No hay una dirección privilegiada que determine, por un lado, la evolución de las especies y, por otro, la forma en la que se desenvuelven las civilizaciones. El primer caso podríamos definirlo como INDETERMINISMO BIOLÓGICO y, el segundo, como INDETERMINISMO HISTÓRICO.

Indeterminismo biológico-

En primer lugar, debemos preguntarnos qué es la inteligencia. Siguiendo la definición que presenté en otra entrada de este blog, determinaría que la inteligencia se refiere a la capacidad para hacer uso del lenguaje. Pero admito que no todos estarán de acuerdo con esa definición. En ese sentido, quizá podría presentar aquí una versión mucho menos polémica del concepto de inteligencia: la inteligencia es la capacidad de un ser vivo para desarrollar tecnología y transmitir sus hallazgos directamente a sus descendientes.

Si aceptamos la definición anterior, lo siguiente sería preguntarnos en qué medida la inteligencia es un atributo biológico. Como también he considerado en otro lugar, me parece que los órganos del ser humano que más están relacionados con su inteligencia (el cerebro, las manos, la columna vertebral, etc) posibilitan la inteligencia pero no necesariamente la producen. Con esto quiero decir que la inteligencia es una “capacidad latente” susceptible de existir gracias a las cualidades fisiológicas del ser humano; pero la inteligencia no se da automáticamente por la mera existencia de los órganos fisiológicos. Para que la inteligencia surgiera por primera vez fue necesario que ciertas condiciones del entorno en el que vivían los primeros homínidos se cumplieran. Si no se hubieran dado las condiciones que se dieron, o si las condiciones hubieran sido totalmente distintas, la inteligencia bien pudo no haber surgido en absoluto, por mucho que el ser humano estuviera fisiológicamente “equipado” para ello.

Para la mayoría de los biólogos modernos, los seres vivos no son organismos independientes a su ambiente. Muchos biólogos conocen perfectamente los errores del reduccionismo y están enterados de que los organismos biológicos no son meras acumulaciones de genes u órganos. Como mínimo, saben que dichas acumulaciones son sólo organismos biológicos cuando se consideran como habitantes de un entorno; entorno que los obliga a hacer uso de sus cualidades de una manera específica para sobrevivir y tener descendencia. En ese sentido, la inteligencia es un atributo biológico en la medida en que se trata de una de las múltiples formas en las que el ser humano ha conseguido emplear sus capacidades fisiológicas para responder a las calamidades de su ambiente. Bien pudo ocurrir que el ser humano hubiera explotado sus cualidades de una forma distinta, no-inteligente, pero que igualmente le hubiera dotado de una ventaja evolutiva. O bien pudo ocurrir que el entorno en el que el ser humano habitaba no lo hubiera expuesto a la necesidad de utilizar sus capacidades latentes en la dirección del descubrimiento de la inteligencia.

La selección natural no escoge una sola capacidad como superior a las demás para toda situación posible. Por el contrario, la selección natural encuentra que determinadas capacidades son adecuadas para entornos determinados. En otras palabras, lo que proporciona una ventaja en cierto ambiente puede dejar de ser ventajoso en otro. Por poner ejemplos relativos a los órganos que nos posibilitan la inteligencia: un cerebro grande puede resultar contraproducente si los nutrientes para su buen funcionamiento no se encuentran en el hábitat de la especie que porta esa mutación. La postura erguida no es una ventaja en un ambiente muy accidentado, lleno de montañas y acantilados. Etc. La propia existencia del atributo de inteligencia podría no ser necesariamente más valiosa en todas las situaciones. Como escribe Ernst Mayr:

[…] la alta inteligencia no siempre es favorecida por la selección natural, contrario a lo que podríamos esperar. De hecho, todo el resto de organismos vivos, millones de especies, existen bien sin necesidad de la alta inteligencia.

¿Es posible determinar la probabilidad de que la vida desarrolle inteligencia si no hay una dirección específica que nos lleve a ella? Si la vida existe en otros planetas, seguramente ésta se desarrolla en ecosistemas mucho más variados de los que tenemos en la tierra, y en ella se desenvuelven todo tipo de seres totalmente inimaginables para nosotros. La inteligencia fue una respuesta que el ser humano alcanzó producto de un conjunto complejo pero preciso de factores fisiológicos y ambientales. Fueron necesarias toda una serie de mutaciones contingentes para el desarrollo de los órganos que la inteligencia necesita para existir. De la misma manera, fue necesario que el ser humano tuviera que enfrentarse a un ambiente específico: una vida en la sabana abierta después de que la especie se hubiera acostumbrado a la vida arborícola. En su nuevo hábitat, el ser humano pasó a adquirir el papel de presa frente a lo que algunos consideran como “la más impresionante alineación de depredadores del mundo”. ¿Por qué habrían de volver a repetirse esos factores fisiológicos y ambientales en otro lugar del universo?

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Podría suponerse, por otro lado, que la capacidad de la inteligencia puede surgir a partir de formas de vida muy diferentes de las que poseemos los seres humanos. Así lo establecía Carl Sagan cuando sostenía que:

Claramente cuando hablamos de inteligencia extraterrestre, no estamos hablando, a pesar de Star Trek, de humanos o humanoides. Estamos hablando de equivalentes funcionales a humanos, por ejemplo, cualquier criatura capaz de construir y operar radiotelescopios. Tales seres pueden vivir en la tierra o en el mar o en el aire. Pueden tener químicas inimaginables, formas, tamaños, colores, apéndices y opiniones. No se requiere que ellos sigan la ruta de la evolución de los humanos.

Sin embargo, siguen siendo relevantes las palabras de Mayr que citábamos anteriormente: la inmensa mayoría de las especies terrestres no han tenido necesidad de desarrollar inteligencia para continuar desempeñándose bien frente al jurado de la selección natural. Por lo que sabemos del único caso que conocemos, la inteligencia fue sólo una de entre muchas respuestas posibles para una especie específica de vertebrado que habitaba en un ecosistema específico. ¿Será la inteligencia siempre una respuesta adecuada para otros seres que se desempeñan de diferente manera en otros ecosistemas? ¿Cómo desarrollaría tecnología un ser que habitara en el aire o uno que habitara en el agua? ¿Cómo desarrollaría tecnología un ser invertebrado? ¿Cómo desarrollaría tecnología un ser microscópico? ¿Por qué va a ser la tecnología la mejor solución para resolver los problemas de esos otros tipos de seres vivos?

El punto principal del indeterminismo biológico es que la evolución no se trata de una cadena lineal. Citando nuevamente las palabras de Mayr:

[…] la evolución nunca se mueve en una línea recta hacia un objetivo (“inteligencia”) como ocurre en un proceso químico o como resultado de una ley física. Los caminos evolutivos son altamente complejos y se asemejan más a un árbol con todas sus ramas.

Indeterminismo histórico-

Consideraciones parecidas al indeterminismo biológico operan alrededor del valor Fc de la ecuación Drake. El indeterminismo tecnológico es análogo al indeterminismo biológico: no existe ningún camino que conecte necesariamente a la vida con la inteligencia y, de la misma manera, no existe ningún camino que conecte necesariamente a la inteligencia con los radiotelescopios.

¿Qué es un radiotelescopio? Se trata de una antena parabólica capaz de detectar las ondas de radio de alta frecuencia del espectro electromagnético. Hay en esa definición una multitud de conceptos importantes: antena, onda, espectro electromagnético. Detrás de cada una de esas nociones hay una larga e intrincada historia que no sólo está compuesta por aspectos relativos a la investigación científica como tal.

Todos los conceptos utilizados por la ciencia y la tecnología pretenden hacer referencia a fenómenos del universo. Sin embargo, ello no evita que todos los conceptos científicos posean una historia. Esa historia no se limita únicamente a los pasos del método científico (hipótesis, teoría, contrastación…) sino que involucra también toda una complejidad de elementos de muy diversa índole. Fue necesario el desarrollo de cierto “clima intelectual” para que un determinado conjunto de personas se interesara, en primer lugar, en la investigación alrededor de un fenómeno como el de la luz visible. Dicho clima intelectual tiene, a su vez, su propia historia compleja. El origen de las universidades o el surgimiento del propio método científico no fueron acontecimientos espontáneos, sino que también nacieron producto de diversos cambios sociales, políticos y económicos que la civilización occidental fue adoptando a lo largo de cientos de años. Sin todo ese cúmulo de eventualidades históricas, el clima intelectual que propició la investigación científica simplemente no existiría. Y, sin un clima intelectual específico, el que se suscite un descubrimiento científico se torna imposible.

Tomemos el caso del concepto del espectro electromagnético. Éste hace referencia a un fenómeno que se deducía a partir de las ecuaciones sobre el campo electromagnético que James Maxwell elaboró en 1864. Considerar que había una relación entre el campo magnético y el campo eléctrico se debía al trabajo de Michael Faraday, quien había conseguido inducir corriente eléctrica a partir de campos magnéticos. Pues bien, mediante sus ecuaciones, Maxwell consiguió comprender el comportamiento de las ondas electromagnéticas. Entre otras cosas, consiguió determinar que la velocidad de dichas ondas era constante. Y ocurrió que el valor de la velocidad obtenido se asemejaba a la velocidad de la luz visible, dato que anteriormente había sido alcanzado mediante el trabajo experimental de investigadores como Wilhelm Weber. De manera que Maxwell concluyó que la luz visible debía ser una onda electromagnética, poseedora de un comportamiento del que las ecuaciones de Maxwell daban cuenta. Pero si bien las ecuaciones de Maxwell determinaban la velocidad de las ondas electromagnéticas, permitían que éstas tuvieran diferente frecuencia y longitud de onda. Así, diferentes frecuencias y longitudes se referirían a fenómenos sobre los cuáles no se tenía hasta entonces sino una idea vaga, puesto que eran fenómenos invisibles al ojo humano. Sin embargo, ya se tenía conocimiento de la existencia de dos de estas ondas invisibles: la radiación infrarroja de Herschel y la radiación ultravioleta de Ritter. Y, de la misma manera, debería haber más ondas invisibles si se asignaban todavía otros valores de frecuencia y de longitud de onda. De hecho, la cantidad de ondas (de diferentes frecuencias y longitudes, pero de la misma velocidad) debería ser infinita. Dicho conjunto infinito recibiría más adelante el nombre de espectro electromagnético. Y uno de los subconjuntos más importantes del espectro electromagnético sería el de las ondas de radio, descubiertas por Hertz en 1886.

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Desde una perspectiva ahistórica, todo este proceso de descubrimientos puede considerarse como una serie natural de hallazgos que la comunidad científica tenía que alcanzar algún día, una vez que fijara su atención durante suficiente tiempo en diversos fenómenos del mundo. De esa manera, cualquier raza alienígena que se dedicara a observar fijamente los fenómenos del Universo durante un tiempo suficiente, necesariamente descubriría, eventualmente, la existencia del espectro electromagnético. Y, continúan los promotores de SETI, eso nos permitiría establecer contacto, pues mediante las ondas de radio podremos establecer comunicación.

Sin embargo, la perspectiva ahistórica descuida un sinnúmero de detalles. ¿Por qué razón la mayoría de los descubrimientos principales relacionados con el fenómeno del espectro electromagnético tuvieron lugar en la Europa del siglo XIX? ¿Por qué razón se encontraba Faraday o Maxwell interesados en el fenómeno del campo electromagnético? ¿Por qué había sujetos interesados en estudiar la velocidad de la luz? ¿Qué tipo de sociedades les permitió a individuos como Faraday o Maxwell el dedicarse a estudios que, a corto plazo, no ofrecían ninguna consecuencia de aplicación práctica? ¿De dónde provenía el aparato matemático utilizado por Maxwell para elaborar sus ecuaciones? ¿Por qué esos investigadores utilizaban un aparato matemático para intentar comprender la realidad física? ¿A qué tipo de estudio tuvo acceso el joven Maxwell? ¿Cuáles eran los libros impresos que cayeron en sus manos y por qué eran impresos ese tipo de libros? Etc, etc. Ninguna de estas preguntas es gratuita: todas hacen referencia a aspectos sociales y políticos que tuvieron que darse para que se hubiera descubierto el fenómeno del espectro electromagnético. Y para responder cada una de esas preguntas es necesario realizar una compleja investigación histórica. Ahora bien, si tan sólo una de esas variables históricas hubiera sido diferente, el fenómeno del espectro electromagnético nunca hubiera sido conocido.

En suma, hay eventualidades históricas que, en conjunto con el método científico (método que, a su vez, nació bajo determinadas circunstancias, es decir, se trata también de un método histórico), están detrás del advenimiento de una tecnología. Esa complejidad de acontecimientos es lo que provoca el indeterminismo tecnológico. Indeterminismo que, a la postre, no es otra cosa más que un tipo de indeterminismo histórico basado en el siguiente principio: toda concepción humana surge a raíz de una intrincada alineación de factores.

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Naturalmente, se me podría responder (un amigo, de hecho, atraía mi atención con una objeción similar) que la Física que se ha desarrollado hasta nuestros días ha determinado la existencia de algunas verdades sobre el comportamiento de algunos fenómenos del Universo y eso debería eliminar, o por lo menos reducir, el papel del indeterminismo histórico. Pues bien, el indeterminismo histórico no negará necesariamente la premisa de que hemos dado con algunas verdades: algunas teorías científicas han conseguido hacer descubrimientos de fenómenos totalmente desconocidos. Si esas teorías no estuvieran en alguna medida tocando la realidad del Universo, ¿cómo es que descubrieron efectos sobre los que no se tenía idea hasta el momento? El descubrimiento de Neptuno, el desplazamiento gravitacional al rojo, el propio espectro electromagnético, son algunos de los casos más notables.

Si se acepta la premisa anterior, la objeción contra el indeterminismo histórico adoptaría la siguiente forma: si existen verdades y si las teorías humanas han conseguido determinar algunas de ellas, entonces la acumulación de verdades indicaría el camino que la evolución de la tecnología debe seguir. Pues bien, hay tres problemas detrás de esa objeción.

Por un lado, está lo que en filosofía de la ciencia recibe el nombre de “subdeterminación empírica”. La subdeterminación se refiere al hecho de que, ante un mismo conjunto de evidencia, podemos desarrollar un número infinito de teorías contrarias que lo explican. De manera que un mismo conjunto de “verdades” puede ser interpretado de una manera completamente distinta por distintas teorías. Así, lo que desde nuestro punto de vista parecería un espectro electromagnético podría ser la manifestación de un fenómeno mucho más general al que nuestra teoría todavía no tiene acceso.

Por otro lado, otro problema se conoce, también en filosofía de la ciencia, con el nombre de “la carga teórica de la observación”. Las teorías están detrás de la investigación empírica en el sentido de que, por lo menos, nos dicen hacia dónde mirar. Si existe un número infinito de teorías posibles, existe de igual manera un número infinito de direcciones hacia donde dedicar nuestra observación. Y, de la misma manera, existe un número infinito de verdades que dichas observaciones nos proporcionan. Una dirección particular en la investigación llevó a los científicos del siglo XIX a descubrir el espectro electromagnético. Pero otras infinitas direcciones de investigación los pudieron haber llevado a descubrir otros fenómenos.

Por último, otro problema es el “fantasma del error”. Muchas de las grandes teorías científicas han sido errores. La teoría del flogisto, la teoría del éter, la teoría del geocentrismo. Muchas veces (la mayoría de las veces), la evidencia empírica disponible no es suficiente como para alejarnos del error. Y muchas de las teorías más encumbradas van siendo reemplazadas poco a poco al descubrirse falsas o inferiores a sus competidoras. Esto es lo que se llama inducción pesimista (sobre la que ya hablé en otro lugar del blog).

En conclusión, el argumento del indeterminismo histórico adoptaría la siguiente forma: incluso si existen verdades que la investigación científica puede desentrañar, éstas son infinitas y pueden ser interpretadas de una forma infinita, y puesto que siempre está detrás de nosotros el fantasma del error, nada nos indica que haya una dirección hacia ellas.

-¿Está justificado el proyecto SETI?-

Tanto la indeterminación biológica como la indeterminación histórica son dos argumentos que, desde mi punto de vista, hacen sumamente improbable el hecho de que exista otra civilización en algún otro planeta del espacio. Sin embargo, esto no resta importancia al hecho mismo de que exista el proyecto SETI. Al respecto, Sagan escribía lo siguiente:

En el caso de la inteligencia extraterrestre, admitamos nuestra ignorancia, dejemos de lado los argumentos a priori, y utilicemos la tecnología que afortunadamente hemos desarrollado para descubrir una respuesta.

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Damn…

Habrá quienes consideren que no es saludable para las teorías científicas el que sean rechazadas de tajo mediante argumentos a priori como los que aquí he expuesto. Pues bien, admito que no forma parte del espíritu científico el frenar ciertas investigaciones ante la autoridad lógica de un conjunto de argumentos a priori razonables (aunque es discutible el hecho de que a la ciencia no le interesen los argumentos a priori y me gustaría dedicar una entrada al respecto en un futuro). 

En todo caso, prefiero por mucho que se gaste el dinero en proyectos como SETI a que se empleen los mismos recursos en la construcción de aparatos militares. Además, considero que SETI, de la misma manera que otras empresas científicas, tiene subproductos cuyo valor es incuestionable. Por ejemplo, avances en el campo de las comunicaciones o en la ingeniería satelital. En todo caso, el proyecto SETI nos proporcionó una magnífica excusa para abordar los temas de Biología y de Filosofía de la ciencia que tanto nos gustan.

-Notas-

1- Las citas de Ernst Mayr y Carl Sagan que he utilizado provienen de un debate que afortunadamente puede encontrarse íntegro en la siguiente dirección: http://www.astro.umass.edu/~mhanner/Lecture_Notes/Sagan-Mayr.pdf

2- Como de costumbre, mis consideraciones en torno de la Biología están motivadas por la obra de Stephen Gould. Más concretamente, sus libros El pulgar del panda y Brontosaurus y la nalga del ministro. (Ambos publicados por la editorial Crítica).

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3- Una buena introducción a la historia del espectro electromagnético puede encontrarse en el siguiente enlace: http://www.spectroscopyonline.com/electromagnetic-spectrum-history.

4- El mural se titula “Evolution of civilizations” y forma parte de la biblioteca del congreso. http://www.loc.gov/pictures/item/2007684371/

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Un comentario en “El debate S.E.T.I.

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