Elogio de la anormalidad

Lo que quiero escribir hoy es una actualización de la postura que defendía en una antigua entrada de este blog. En aquel entonces, mi posición estaba muy influenciada por un pequeño ensayo que había encontrado en un número de la revista Vuelta. El ensayo se titula Elogio de la Normalidad, escrito por Hans Magnus Enzensberger. No es fácil tropezar con ejemplares sueltos de Vuelta, menos aún si corresponden a números publicados a principios de la década de 1980. Si pude acceder a un ejemplar tan antiguo fue gracias a que mi padre compró Vuelta durante muchos años y luego empastó su colección en una serie de volúmenes a los que más tarde tuve acceso.

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Elogio de la Normalidad me impresionó bastante; expresaba en un lenguaje ingenioso una sospecha que había albergado durante los años en los que estudié mi carrera de humanidades: la vanidad es la enfermedad de los intelectuales y, como tal, es contagiosa y sumamente arraigada entre los distintos miembros y estratos de la academia.

¡Ah! Toparse con la vanidad fue cosa corriente a lo largo de mi carrera. Recuerdo bien las palabras de una compañera que exigía, desde su trono intelectual: “¡hay que hacer algo por la gente, porque está muy enajenada!”. O aquel compañero, colmado de orgullo mientras señalaba que “nuestra disciplina filosófica no es propiamente aceptada por las masas; es tan sólo tolerada”. Recuerdo que un profesor hacía mofa de lo ridícula que resulta una palabra como “filosofante”, muy utilizada por aquellos que gustan de expresarse en un lenguaje ininteligible. Y recuerdo cómo, en otra clase, otro profesor utilizaba, jactancioso, el mencionado término, como si eso bastara para hechizar a su público de estudiantes. La situación era estúpida y yo no pude evitar soltar una carcajada. Inmediatamente, un par de compañeros se me quedan mirando como si me reprocharan: “¿cómo puedes reírte de una terminología tan elevada?”. Un amigo me comentó otra anécdota parecida de sus años de estudiante; se trataba de un profesor que conseguía entretenerse unos minutos burlándose de la cantidad de libros que poseían sus alumnos de nuevo ingreso. “¿Qué?, ¿tan sólo 50? ¿Tan sólo 100? ¿Tan sólo 200?”.

Yo mismo, durante los primeros semestres, cuando se me preguntó cuál era mi libro favorito, contesté sin pestañear siquiera, La Crítica de la Razón Pura ¡Ni siquiera había abierto esa obra en mi vida y, de haberlo hecho, seguramente no hubiera comprendido una sola oración! Por fortuna mencioné ese libro y no La Fenomenología del Espíritu. De otra manera, no terminaría de avergonzarme nunca.

Pues bien, Enzensberger dedicó una parte de su ensayo a asombrarse de lo ridículo que es esa vanidad de los intelectuales. Y para ello hace un remedo de las palabras en las que pudo haberse expresado un poeta (que, sin ninguna dificultad, pudieron haber sido también las palabras de un filósofo, de un sociólogo, de un antropólogo, de un columnista político, de cualquier otra clase de artista…):

No tengo la menor idea acerca de quién maldijo por primera vez a la normalidad; pero no debería de sorprenderme si el primero en hacerlo fue un poeta. En ese caso lo que quiso dar a entender a sus congéneres fue quizá lo siguiente:

Por desgracia, no se me ocurre nada para nombrarme a mí con ustedes o sus semejantes. Por favor considérenme en lo futuro como un outsider. Distinguido como soy, quiero dejar abierta la pregunta de si únicamente estoy fuera de la normalidad o si estoy por encima de ella. En todo caso, quiero pedirles que se den cuenta de que soy una persona peligrosa, sagrada, subversiva, que no está dispuesta en ningún caso a ceñirse a sus costumbres, reglas y compromisos. Ustedes aman la seguridad, yo amo el riesgo; ustedes se conforman con el sentido común, yo me siento llamado a un sentido más alto. Y por favor, si esto no les agrada pueden entonces perseguirme con sus bajos deseos de venganza, con su secreta envidia; pueden apedrearme o envenenarme. Solo que no se obliguen a nada en ese sentido. En la medida en que me traten de una manera distinta a los demás, y ello será asimismo peor, le proporcionan el testimonio a las personas normales como ustedes.

¡Cómo admiré, en su momento, lo exacta que resultaba esa caricatura del intelectual! Sin ninguna duda, sujetos como ése pululan entre los pasillos de los institutos de filosofía, de artes… Pero Enzensberger perseguía un propósito al ridiculizar (justamente) a los intelectuales. En su opinión, el absurdo afán de la academia, cuyo principal objetivo es despertar la envidia sobre las masas, sólo nos revela la dignidad intrínseca de las personas normales que no se preocupan por esas estupideces.

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Pero ¿quiénes son esos normales? Para contestar esa pregunta, Enzensberger adopta un plan “empírico” y recopila un par de estudios de caso (palabrita adorada por los científicos sociales). A continuación reproduzco uno de ellos, el que me parece más característico:

La señora Gretel S. tiene 70 años, es divorciada, con dos hijos adultos y un hermano menor, de ocupación afanadora, tiene un derecho de jubilación que asciende a 384 marcos alemanes mensuales. Ella afirma: “De ser necesario podría vivir en cualquier sitio.” Orientación política: “Siempre la misma mierda”. Fundamentalmente trabaja fuera de la ley: “No puedo darme el lujo de pagar impuestos, tengo que ocuparme de mis hijos” (deudas, pagos a plazos, alimentos, etc.).

Tiende a la repartición: cuando faltan ganchos de ropa los trae sigilosamente de casas en las que hay demasiados. Extremadamente ordenada, tiene a la suciedad como enemiga personal – es, en ese sentido, una precondición ideal para el ejercicio de su labor. Ideológicamente impredecible, en ocasiones repite frases de la República de Weimar, del Tercer Reich, de la época de la posguerra, del Bild Zeitung; pero emplea sin consideración dicho material para sus propios fines, de tal manera que sus construcciones se asemejan a una serie de tinglados ad hoc, levantados por la noche con escombros hurtados y demolidos a la mañana siguiente.

Duerme de las siete de la noche a las cuatro de la mañana, hora en que comienza a escuchar la radio en la cama. “Cuando haya guerra me iré caminando al valle de Stubai. Un viejo conocido, dueño de un hotel, tiene ahí siempre una cama para mí. Se lo aconsejo: guárdese un kilo de pimienta, puedo conseguírsela a buen precio. La pimienta es siempre lo primero que escasea, la pueden cambiar con el carnicero o con el granjero por carne o por mantequilla. Con un kilo se las pueden agenciar durante un buen año.

Es posible que Enzensberger acierte al representar a gente como la señora Gretel como un paradigma de la normalidad. Pero sin duda da en el clavo al sostener que, para los intelectuales, ese tipo de gente involucra un estado de cosas “jodidamente enojoso”. Sin duda varios miembros de la academia asentirían a las siguientes estrofas sin percatarse de que se trata de Enzensberger, mofándose de ellos:

Cuando se trata de la liberación de la humanidad

corren al peluquero.

En vez de corretear tras la vanguardia

dicen: ahora vendría bien una cerveza.

En vez de luchar por las cosas justas

luchan contra las várices y el sarampión.

En el momento decisivo

buscan un buzón o una cama.

Poco antes de que estalle el milenio

hierven pañales.

A esas gentes les sale todo mal.

Con ellos no se puede hacer ningún Estado.

Un saco de pulgas no serviría de nada.

¡Oscilación pequeño burguesa!

¡Consumidores idiotas!

¡Rezagos del pasado!

¡Empero no se les puede asesinar a todos!

¡Y no se les puede tratar de convencer diariamente!

Sí, si esas personas no existieran

entonces se verían las cosas de otro modo.

Sí, si esas persona no existieran

entonces sonaría la retirada.

Sí, si esas personas no perduraran

sí, ¡entonces!

“No se les puede asesinar a todos”. Tal es el pensamiento oculto de los intelectuales, llenos de asco y de desprecio ante el resto de la humanidad “enajenada”. Sólo los académicos, las luminarias del pensamiento, poseen el monopolio del valor. El resto bien podría desaparecer y no pasaría nada. Y, a pesar de todo, el resto es mayoría.

La masa inerte dice sencillamente que no. Escucha, por ejemplo “hombro con hombro con la gloriosa Unión Soviética” o “el pueblo de la computadora está aquí” y responde, si es que lo hace: “discúlpeme por favor, pero primero tengo que calentar la botella para mi pequeño Tomy”. A la palabra clave “sueño de la humanidad”, uno escucha: “es posible, pero mi pensión…”. Se dice “No future” o “Apocalipsis”. Y la mayoría, luego de asentir cortésmente con la cabeza, cambia de tema, preguntando qué ha ocurrido recientemente con el equipo del Manchester United.

Dado que esto es jodidamente enojoso, se reparten cuestionarios masivos, se convocan reuniones, se organizan encuestas: “¿Estaría usted dispuesto a aportar victimas para las futuras generaciones? ¿Compraría usted una pasta de dientes azul? ¿Cuántos libros leyó usted el año pasado? ¿Qué posición prefiere usted en el coito?” Locuciones evasivas, mentiras podridas, formas refinadas del silencio son lo que se obtiene por respuesta. Ese silentium populi es la línea demarcatoria de toda la industria de la consciencia, de todos los medios, de toda la propaganda.

El propósito principal del escrito de Enzensberger consiste en señalar la imperturbabilidad de los normales, su capacidad para restablecer la dinámica de la sociedad de manera que ésta tome siempre la forma de una rutina diaria. Al final, la fuerza de los normales reside en su inmensa energía para instaurar un flujo rutinario de actividad en poco tiempo, ello a pesar de los desastres naturales o de las guerras que despedacen todo a su alrededor. Así, dice Enzensberger, ocurrió con el caso de Alemania. Alemania sigue existiendo después de dos guerras mundiales y después del muro de Berlín. Y si ello es así, es todo gracias a las personas normales que se dedicaron, afanosas, a la tarea de reconstrucción (y no a discutir estupideces).

Pues bien, conforme leía Elogio de la Normalidad, sentía como se suscitaba un incendio en mis pensamientos. Era increíble cómo contrastaba el poderoso valor de la normalidad con el prácticamente insignificante valor de la intelectualidad, cuya única aspiración parecía ser la envidia ajena. Los normales tan sólo buscan la supervivencia y, una vez alcanzada, la comodidad. Los intelectuales, teniendo solucionada tanto la supervivencia como la comodidad, parecen tan sólo buscar alimentar su orgullo.

Por mucho tiempo, mi propia dedicación a preocupaciones intelectuales se vio ensombrecida por esa postura. Llegué, en ocasiones, a considerar mi estudio casi de forma apologética: ¿No es acaso el valor de la intelectualidad muy pequeño? ¿No son las personas normales más valiosas al fin y al cabo? ¿Por qué seguir interesándome en la filosofía, en la historia, en la antropología, en la divulgación científica…?

Pero al mismo tiempo un impulso irresistible me llevaba a otorgarle, a pesar de todo, un valor a los intereses intelectuales ¿Al final de cuentas, cuál era el papel del propio Enzensberger al elogiar a la normalidad? Ciertamente no buscaba él mismo ser normal. Lo delataba el lenguaje de su discurso, su propia percepción de las cosas. Él no era normal ni pasaba a serlo al elogiar a la normalidad. Por el contrario, sus palabras seguían formando parte de la provincia de la intelectualidad.  Y yo creía (sigo creyendo) que su postura involucraba ideas increíblemente valiosas, muy dignas de ser expresadas, a pesar de ser (meramente) preocupaciones intelectuales.

En realidad, he cargado con ese problema durante mucho tiempo ¿Cuál es el valor de la intelectualidad en contraste con el valor de la normalidad? Pues bien, hizo falta otro ensayo para que me formara una idea que presumo como la respuesta a esa situación.

Hace un par de meses cayó en mis manos la obra El Hombre Mediocre de José Ingenieros. El libro era de mi madre y nunca había reparado en él en la biblioteca familiar. Por pura casualidad comencé a leerlo. Y conforme las líneas desfilaban ante mis ojos, de la misma manera que sucedió en el caso de Elogio a la Normalidad, pude sentir cómo mi espíritu se incendiaba de ideas y de fervor.

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Tan sólo la primera frase de la obra era suficiente como para despertarme:

Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana.

Supongo que nadie podría entender lo mucho que significa éste pequeño párrafo para mí. Esa pequeña estrofa, para mí infinitamente más bella que el mejor de los poemas, esconde justo la respuesta que estaba buscando: ¡Enzensberger se equivocaba al pensar que existía un dilema entre la normalidad y la intelectualidad! No hay ningún dilema o, por lo menos, no está allí el dilema importante. El enfrentamiento relevante no es el que se suscita entre los presuntuosos miembros de la academia de las humanidades versus la gente común y corriente a la que no le interesa leer. No, la oposición importante es la que ocurre entre idealistas y mediocres. Entre “hombres” y “sombras”. Entre aquellos que apuntan a un objetivo que saben alto, y aquellos que se dejan llevar por los marcos preestablecidos y fáciles de la mediocracia.

Esta distinción es absolutamente diferente de la ofrecida por Enzensberger. No son necesariamente los normales miembros de la mediocracia. Ni tampoco son necesariamente idealistas los intelectuales. Por el contrario, existen normales idealistas e intelectuales mediocres.

Un panadero puede dedicarse a su actividad con disciplina esperando proveer a sus envejecidos padres. Un pescador puede levantarse contra las reglas de la cooperativa de la que forma parte, oponiéndose con su acto a la mayoría que decide acatar los mandamientos del millonario en turno (así ocurre en la película La Tierra Tiembla de Luchino Visconti). Un ingeniero puede poner en riesgo su carrera o incluso su vida al declarar a los periódicos cómo existe una red de corrupción gubernamental/corporativa detrás de la construcción de cierto puente, corrupción que involucra materiales de baja calidad susceptible a accidentes. Todos estos sujetos bien podrían haber formado parte de los ejemplos que utilizaba Enzensberger para definir a la normalidad: son individuos que no tienen por qué interesarse en la lectura de libros o en la comprensión de nociones académicas complejas. No suelen prestar el menor interés o atención a las más altas manifestaciones artísticas de la humanidad. También se reirían probablemente de los intelectuales si les exigieran: ¡busquen ser originales! Es posible que la intelectualidad sea, para ellos, aburrida cuando no sencillamente absurda. Y, sin embargo, es absolutamente incorrecto decir que estos tres sujetos representan ejemplos de personas mediocres. Todos ellos son personas no-intelectuales capaces de apuntar a un objetivo aun a riesgo de complicar su propia supervivencia o su comodidad. Después de todo, siempre es más fácil perseguir el propio beneficio; siempre es más fácil abandonar a los padres que le dieron a uno sustento; siempre es más fácil agachar la cabeza y asentir al amo. Y, sin embargo, ninguno de esos tres sujetos opta por el camino fácil. Son decididamente personas admirables; personas que están persiguiendo ideales: el proveer y el retribuir. El valerse por sí mismos. El denunciar las iniquidades del poderoso. Entre los normales no-intelectuales hay gente idealista. No tengo duda de ello.

El caso contrario también es fácil de señalar. De hecho, ¿hace falta acaso ejemplificar los casos de mediocridad entre los intelectuales? ¿Qué hay de aquel sujeto, tan acosado por sus propias pasiones sexuales y, a la vez, tan incapaz de conquistar a una mujer, que se aprovecha de su rango académico para satisfacer sus deseos en el cuerpo de sus alumnas? ¿Qué hay de aquel profesor, tan irritado a la luz de sus propios fracasos y limitaciones, que encuentra su única satisfacción torturando a sus alumnos con ejercicios, exámenes o malas calificaciones? Es típico, en el ámbito de las humanidades, el caso del profesor que ridiculiza a sus estudiantes. El imbécil no se percata de que es evidente que hace falta un largo camino para que el estudiante alcance el nivel de comprensión del profesor. Y, aunque ello sea natural, el profesor encuentra en eso motivos para jactarse. Su orgullo es un pequeño globo que fácilmente se infla y desinfla. Tan sólo necesita enfrentarse a alguien de su tamaño para ponerse a temblar. Los académicos mediocres abundan. ¿Qué decir de los intelectuales a los que no les importa lamer traseros para subir rangos? ¿O de aquel grupo de profesores tan anquilosado que, al participar en congresos o en coloquios tan sólo se dedica a ejercicios de autocomplacencia: (su trabajo es muy bueno, ha tocado un punto relevante, es un honor hablar con usted…)? Lo cierto es que el mundo de la academia está lleno de mediocres. Gente a la que no le importa abandonar toda dignidad o incluso vender a su propia madre con tal de alcanzar las mieles del prestigio que supone los altos rangos de la intelectualidad.

La idea que quiero presentar no la considero difícil pero, diablos, cómo he tardado para llegar a ella. Al final, tanto Enzensberger como Ingenieros están en lo correcto y no hay contradicción entre sus afirmaciones. El uno muestra los vicios que perturban el ambiente completo en el que se desenvuelven los intelectuales. El otro señala lo que representa el valor de un ser humano. Dicho valor se da entre los menos pero esos pocos se encuentran en el interior de todas las actividades. Existe valor entre algunas personas no-intelectuales. Y existe valor entre algunas personas intelectuales.

¿Qué decir de los intelectuales idealistas? Ellos sin duda han existido. Después de todo, no otra cosa eran los grandes sabios de los que la historia ha dejado registro, desde Tales hasta Einstein, de Jenófanes a Russell, de Hipatia a Curie, de Parménides a Wittgenstein, de Heráclito a Nietzsche. Sin duda los grandes intelectuales existen y aspirar a lo que ellos alcanzaron en el terreno del conocimiento o de la ciencia es todo un ideal; completamente digno y estelar. No creo que haga falta defenderlo. En realidad, no creo que haga falta defender a ningún ideal. Basta con indicar lo admirable que nos parece.

Tampoco creo que sea necesario extenderme demasiado en por qué creo que la academia, con su tendencia al estancamiento o a la autocomplacencia no se trata de la mejor institución para perseguir ideales. ¿Pero acaso existe institución alguna que sirva a ello? ¡Los ideales los persigue la gente de manera personal y gratuita! Al final, sólo los individuos persiguen ideales, no las instituciones. La academia, de la misma forma que el juzgado, que la cooperativa pesquera, la fábrica o el ejército, tan sólo busca homogeneizar a sus miembros. Las opiniones divergentes son peligrosas para toda institución y se premia a aquel que acata la forma preestablecida de hacer las cosas. En ese sentido se revela todavía más lo incorrecto que era distinguir al género humano entre intelectuales y no-intelectuales. Entre académicos y no-académicos. Si existe una distinción que importe, es la de Ingenieros. La demarcación entre idealistas y mediocres, entre seres humanos y sombras. Con su diferenciación, Ingenieros consiguió rebasar esos límites arbitrarios institucionales. Hay sombras en la academia. De hecho, la mayoría de los que la integran son sombras.

Con todo, existe una objeción que me podría presentar alguien que hubiera leído (en mi opinión, mal) aquel ensayo de Enzensberger. Desde cierta perspectiva, cuando Enzensberger hablaba y elogiaba a los normales, parecía estar elogiando a los mediocres. ¿No era la señora Gretel una persona mediocre en el sentido señalado por Ingenieros? Supongamos que ésa fuera la posición que Enzensberger intentó plasmar en su ensayo. Desde su punto de vista, todos los no-académicos serían personas normales pero también serían personas mediocres.

Pues bien, si ese fuera el caso, entonces mi postura se decantaría absolutamente a favor de Ingenieros y en contra de Enzensberger. Pues, ¿para qué elogiar al cobarde? ¿Para qué elogiar al arrastrado, al lame-botas? ¿Para qué elogiar a aquel que únicamente tiene como meta su propia comodidad y beneficio? Si todos los normales fueran gente sin ideales, gente mediocre, entonces tan sólo me quedaría preguntarme en qué minúsculo lugar pueden encontrarse seres humanos y no sombras. Debe recalcarse que no es, ciertamente, en la academia. La gente que allí pulula no es el tipo de gente idealista y anormal de la que hablaba Ingenieros. De esa manera, está de más la crítica de Enzensberger a los intelectuales y a los artistas: la “normalidad”, la mediocridad, también existe entre ellos.

Estrictamente, casos de “normalidad”, casos de mediocridad, se encontrarían en todos los rangos, en todas las profesiones, caracterizaciones y géneros. En ninguna de esas demarcaciones se van a generar, por necesidad, seres humanos idealistas.

Y, sin embargo, creo sinceramente que una lectura de Enzensberger que equipare a los normales con los mediocres es incorrecta. Como ya he dicho antes, incluso entre las personas no-intelectuales, no-académicas se encuentran individuos que persiguen ideales. Sostengo, sin escepticismo, que en todos los rangos, profesiones, caracterizaciones y géneros, existen semillas de anormalidad. Algunas de esas semillas germinaran y de ellas surgirán personas idealistas. Algunos de esos idealistas avanzarán tanto en pos de su ideal que alcanzarán el estatuto genuino de sabio, de maestro, de pilar de la comunidad.

Ciertamente aquellos que alcanzan la trascendencia no son los únicos que merecen elogio. Sin embargo, de allí a sostener que hemos de elogiar a sombras hay un largo y contradictorio camino.

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2 comentarios en “Elogio de la anormalidad

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