Lo que es real es racional y lo que es racional es real

Hoy quisiera escribir alrededor del filósofo inextricable más influyente de todos los tiempos: G.W.F. Hegel.

Philosopher Hegel

La frase que he utilizado como título para el tema de hoy parecería ser, a primera vista, una perversa apología de los males que oprimen al mundo. Si entendemos como “realidad” a la situación presente, entonces Hegel parece justificar la existencia de todas las instituciones de dominación, es decir, de los gobiernos corruptos, de las corporaciones que indiscriminadamente destruyen el medio ambiente y de los medios de comunicación dedicados a despistar a la opinión pública; Hegel pareciera pretender que todas esas abominaciones conforman un estado de cosas racional. Por supuesto, Hegel vivió otra época. Una época en donde nacía una revolución industrial impulsada por capitalistas a quienes les importaba un comino las condiciones de salud de sus trabajadores, una época en la que los gobiernos estaban plenamente autorizados a movilizar a su población hacia guerras sin sentido, época en donde la opinión pública tenía que prestar una atención cuidadosa a sus oraciones, evitando expresarse en tonos que pudieran calificarse, incluso remotamente, como sediciosos, puesto que la sedición constituía un delito grave muy cercano a la traición.

Pues bien, ¿acaso Hegel se atrevía a concederle el adjetivo de “racional” a toda esa serie de injusticias?  Dejemos que el  propio autor nos aclare su postura en su propio texto, extraído de su Filosofía del Derecho:

Lo que es racional es real; y la que es real es racional.

Toda conciencia ingenua, igualmente que la filosofía, descansa en esta convicción, y de aquí parte a la consideración del universo espiritual en cuanto “natural”.

Si la reflexión, el sentimiento o cualquier aspecto que adopte la conciencia subjetiva, juzga como algo vano lo “existente”, va más lejos que él y lo conoce rectamente, entonces se reencuentra en el vacío, y, puesto que sólo en el presente hay realidad, la conciencia es únicamente la vanidad.

A la inversa, si la Idea pasa por ser sólo una Idea, una representación en una opinión, la filosofía, por el contrario, asegura el juicio de que nada es real sino la Idea.

Ejem…

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Ya he hablado varias veces sobre la jerga indescifrable de muchos filósofos. Acepto que, en algunas circunstancias,  la brevedad se opone a la claridad. A veces uno desea exponer su idea de una forma rápida y sintética. Poner ejemplos y adoptar un tono diáfano es un obstáculo que algunos no siempre están dispuestos a aceptar; se trata de una dificultad adicional que debe sumarse al esfuerzo necesitado para resolver un problema filosófico. Sin duda, muchas ideas geniales nunca hubieran sido presentadas si la claridad no hubiera sido, en ocasiones, sacrificada.

Sin embargo, ¿qué sucede con aquellos sujetos que escriben de manera oscura con el único afán de complicar su discurso? ¿Cuál es el propósito que persiguen al hablar con una prosa enmarañada, como si se expresaran mediante acertijos? Ciertamente no buscan abreviar su exposición: muchos de estos escritores oscuros no tienen inconveniente en dedicar párrafos y párrafos a analogías colmadas de oraciones grandilocuentes y neologismos. Detrás de todo ese ramaje incomprensible parecería encontrarse el deseo de ilustrar un punto. Pero, si se tomaron la molestia de ofrecer ejemplos, ¿por qué no se expresan también en un lenguaje directo y claro?

Pero el lenguaje se trata de una herramienta sumamente plástica; de la oración más sencilla se desprenden miles de significados. Un discurso nebuloso puede, sin duda, esconder genialidad. Como escribía José Ingenieros en su sensacional ensayo titulado El Hombre Mediocre:

Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre o para la sociedad, su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre los prejuicios y el palabrismo convencionales en el ambiente que le rodea: lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta.

Sin duda, la propia naturaleza de la genialidad exige que, para exponerse, tenga que rebasar los límites del discurso cotidiano. Sin embargo, así como hay genios que se ocultan bajo un hálito brumoso de palabras obscuras, existen también impostores y charlatanes que buscan aparentar genialidad envolviéndose en ese hálito. Los impostores saben que el ser reconocido como genio por la multitud reporta prestigio y beneficios. En algunas ocasiones, reporta poder, dominio. Así lo admite El Gran Inquisidor de Dostoievski:

[…] lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su consciencia. Y eso es lo que hemos hecho.

Me parece que, entre los filósofos enigmáticos, existen algunos que merecen ser considerados como grandes sabios. Sin embargo, también existen muchos otros que aspiran a ser grandes inquisidores, es decir (dejando de lado los eufemismos), grandes charlatanes.

Ahora bien ¿era Hegel uno de los grandes genios o uno de los grandes charlatanes? Schopenhauer, por ejemplo, no albergaba ninguna duda de que Hegel se encontraba entre los segundos:

Hegel, impuesto desde arriba por el poder circunstancial con carácter de Gran Filósofo oficial, era un charlatán de estrechas miras, insí­pido, nauseabundo e ignorante, que alcanzó el pináculo de la audacia garabateando e inventando las mistificaciones más absurdas. Toda esta tontería ha sido calificada ruidosamente de sabiduría inmortal por los secuaces mercenarios, y gustosamente aceptada como tal por todos los necios, que unieron así sus voces en un perfecto coro laudatorio como nunca antes se había escuchado. El extenso campo de influencia espiritual con que Hegel fue dotado por aquellos que se hallaban en el poder, le permitió llevar a cabo la corrupción intelectual de toda una generación.

Para Schopenhauer, la suya fue una época en la que nació la impostura entre los filósofos. La denominó “la edad de la deshonestidad”:

El sentido de la honestidad, ese sentido de empresa y de indagación que impregna las obras de todos los filósofos anteriores, falta aquí por completo. Cada página es testimonio de que estos pretendidos filósofos no se proponen enseñar sino hechizar al lector.

Era ésta (o es) una era en la que los filósofos se habían transformado realmente en sujetos parecidos al Sócrates del que se burlaba Aristófanes en su obra Las Nubes: tipos desalmados que con argucias retóricas buscaban alcanzar una preponderancia intelectual en el mundo universitario de su tiempo.

¿Hemos de concluir, entonces, que Hegel no era más que un filibustero de esa calaña? Pues bien, pese a toda la evidencia a favor de esa hipótesis, sospecho que tenemos que tratar la cuestión cuidadosamente: hay ideas en Hegel que, detrás de toda su palabrería, resultan genuinamente interesantes y merecen ser replanteadas de una manera más sobria. Y, de hecho, fueron replanteadas por pensadores muy importantes a los que admiro bastante; autores como Peirce, Dewey, Sellars o Brandom.

En el caso de la frase de Hegel que he utilizado como título para esta entrada, el replanteamiento que prefiero viene de la mano de Engels:

[…] para Hegel, no todo lo que existe, ni mucho menos, es real por el solo hecho de existir. En su doctrina, el atributo de la realidad sólo corresponde a lo que, además de existir, es necesario. […] aplicada al Estado prusiano de aquel entonces, la tesis hegeliana sólo puede interpretarse así: este Estado es racional, ajustado a la razón, en la medida en que es necesario; si, no obstante eso, nos parece malo, y, a pesar de serlo, sigue existiendo, esta maldad del gobierno tiene su justificación y su explicación en la maldad de sus súbditos. Los prusianos de aquella época tenían el gobierno que se merecían.

Ahora bien; según Hegel, la realidad no es, ni mucho menos, un atributo inherente a una situación social o política dada en todas las circunstancias y en todos los tiempos. Al contrario. La república romana era real, pero el imperio romano que la desplazó lo era también. En 1789, la monarquía francesa se había hecho tan irreal, es decir, tan despojada de toda necesidad, tan irracional, que hubo de ser barrida por la gran Revolución, de la que Hegel hablaba siempre con el mayor entusiasmo.

¡Qué sensacional manera de reformular una idea que, en las palabras de su autor original, se nos aparecía como poco menos que ininteligible! Por más que cueste creerlo, todo lo que dice Engels está contenido en las palabras de Hegel con las que inicié este escrito. Y, ahora plenamente comprendido, Hegel buscaba comunicar una idea fantástica: las estructuras de poder, injustas, corruptas, etc., que componen nuestro mundo presente, seguirán perpetuándose mientras las causas que las originaron continúen operando; la realidad no cambiará a menos que sea “racional” que lo haga, esto es, a menos que exista una transformación importante en las causas que mantienen viva esa realidad.

Si, por ejemplo, desapareciera repentinamente la cúpula política de México a raíz de algún acontecimiento relámpago, ésta cúpula volvería a regenerarse de una manera muy similar a la que tenía antes, puesto que las estructuras ideológicas  que la alimentan apenas habrían cambiado. ¿Cómo van a cambiar dichas estructuras si la mayoría de los mexicanos continúa reproduciendo el culto a la corrupción (el que no tranza no avanza, año de Hidalgo, pendejo el que deje algo…etc.). Todo esto nos informa bastante sobre por qué las revoluciones militares que han ocurrido a lo largo de la historia usualmente fracasan en su propósito original y terminan transformándose en instituciones políticas similares a las que deseaban reemplazar. Querer imponer un cambio a la fuerza implica ignorar el hecho de que los cambios sólo ocurrirán cuando sea racional que ocurran.

Quienes defienden a Hegel continuamente sostienen que su gran aporte fue haber introducido la dimensión histórica al interior de los debates filosóficos. En este caso, tienen toda la razón. La discusión filosófica sobre “qué es lo que involucra la realidad (política, por ejemplo)” se enriquece bastante cuando se considera a dicha realidad como operando mediante un mecanismo histórico de causas y efectos. Esta misma idea de mecanismo histórico influiría más tarde en campos muy diversos como, por ejemplo, en el surgimiento del evolucionismo y de la biología moderna. Pero ya habrá tiempo para hablar de eso en otra ocasión.

Entonces, regresando a la pregunta que me hacía antes: ¿fue Hegel un digno pensador o un impostor? Como ya había escrito en otra oportunidad, hace varios años tuve a un profesor que solía darme este consejo: desconfía de aquellos pensadores que usan un lenguaje abstruso; o bien son genios o bien dicen puras estupideces. Pues bien, probablemente sea Hegel la única persona sobre la que no se pueda hacer una disyunción categórica como esa. Y quizá Hegel se sentiría orgulloso de que se alcanzara una solución sintética sobre su persona en relación a esos dos adjetivos contradictorios. Y eso me causa alivio porque, en mi opinión, Hegel era medio impostor y medio genio.

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Un comentario en “Lo que es real es racional y lo que es racional es real

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