El amanecer del lenguaje

Desde el punto de vista de Kubrick, la técnica es el elemento principal a raíz del cual el ser humano abandonó su oscuro amanecer. Aceptando esa premisa y acomodándola con los descubrimientos recientes de paleontología puede observarse que, conforme el ser humano avanzaba en el uso de las herramientas, éstas empezaron a homogeneizarse. Por ello, se habla de diferentes modos industriales líticos, es decir, una etapa prehistórica en donde el ser humano creaba herramientas que estaban hechas de piedra y huesos.

Ahora bien, ¿es posible que el ser humano haya conseguido realizar esa estandarización de sus herramientas sin haber descubierto antes el lenguaje? ¿Cómo podría transmitir el maestro productor de herramientas su técnica sin señales claras que le permitieran a sus discípulos imitarlo? El lenguaje tuvo que ser una etapa previa a la creación de la industria lítica a pesar de que, probablemente y como nos lo describe Kubrick, fuera posterior a la aparición de la técnica en sí. Y esto nos lleva al tema sobre el que quiero escribir hoy: ¿El lenguaje apareció gracias a alguna capacidad evolutiva biológica o, por el contrario, se trató de un desarrollo cultural?

En primer lugar, como ya decía cuando escribía al respecto de la diferencia entre seres humanos y animales, considero que el lenguaje es una capacidad que sólo poseen los seres humanos. Al hablar de lenguaje me refiero a la facultad para emplear nociones abstractas y para hacer uso de analogías. El resto de los animales tiene muchas otras formas de comunicación, muchas de ellas involucran sonidos procedentes de su boca y garganta. Sin embargo, sólo el ser humano ha sido capaz de articular esas señas de manera que pueda proferirlas sin que necesite hacerlo, es decir, sin que tengan una relevancia inmediata en relación a su supervivencia o necesidades fisiológicas.

Ahora bien, es discutible el hecho de si es posible enseñar lenguaje a los animales. Por ejemplo, tenemos en el siguiente video un caso de una gorila a la que se le enseñó el lenguaje de signos americano utilizado por los sordomudos en Estados Unidos:

Pero, como decía, la cuestión es discutible. Existen trabajos que ponen en tela de juicio las conclusiones a las que llegan estos investigadores de los animales (si les interesa, un buen artículo al respecto se encuentra aquí). Al final, parece que estos primates sólo han aprendido a utilizar signos, que escogen de un pool dado que se les presenta, para alcanzar ciertos resultados inmediatos, pero eso no involucra que hayan aprendido el significado de dichos símbolos. De una manera similar, un niño puede pronunciar una grosería que escuchó por allí, pero de la que todavía desconoce su significado, frente a una audiencia de adultos esperando que ellos reaccionen de alguna manera. Quizás sospecha que se trata de algo malo que provocará en los adultos algún tipo de sorpresa. El niño usa un sonido para alcanzar un resultado pero no conoce el significado preciso del sonido utilizado. El caso es paralelo a la utilización de los símbolos por parte de esos primates entrenados. Realmente no se puede considerar que esos animales sean hablantes competentes de lenguaje.

Sin embargo, aún si aceptáramos que los animales son capaces de utilizar alguna forma de lenguaje habiendo sido debidamente entrenados, me parece que está fuera de duda el hecho de que fue el ser humano el primero en desarrollar esa capacidad y transmitirla de tal forma que se convirtiera en una cualidad que prácticamente define a nuestra especie.

Y ése se trata de un misterio interesante: ¿cómo fue que surgió el lenguaje por primera vez? La cuestión tiene mucho que ver con aquella que me hacía anteriormente respecto al fisicalismo y al reduccionismo. Un reduccionista preferirá una respuesta que atienda preferencialmente a la evolución biológica de los homínidos. Un anti-reduccionista contestará que el lenguaje no se trata tanto de una capacidad biológica como de una idea que alcanzaron los seres humanos.

Para los reduccionistas, el origen del lenguaje va atado a la evolución biológica de los homínidos. En algunos casos, los reduccionistas se concentran fundamentalmente en la evolución craneana; en otros, reducen su área de interés todavía más al limitarse al cambio genético de los homínidos. A continuación presento un ejemplo relativamente reciente de ese tipo de orientación genética:

Un equipo dirigido por Svante Paabo en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, anunció en agosto del 2002 que había identificado dos mutaciones críticas que aparecieron hace aproximadamente 200000 años en un gen relacionado con el lenguaje y que luego se difundió entre la población más o menos por la misma época en que los humanos anatómicamente modernos se propagaron y empezaron a dominar el planeta. El gen mutante, sostuvieron los investigadores, otorgó al hombre primitivo un mayor control sobre los músculos de la cara, la boca y la garganta, lo que posiblemente dio a estos ancestros una nueva y rica paleta de sonidos que pudieron servir como cimientos del lenguaje. Los investigadores no saben qué hace exactamente el gen, conocido como FOXP2, en el organismo, pero todos los mamíferos tienen versiones de él, lo que sugiere que probablemente desempeña una o más funciones cruciales, quizá en el desarrollo fetal. En un artículo publicado en Nature, los investigadores señalaron que la mutación que distingue a los humanos de los chimpancés tuvo lugar en una fecha bastante reciente en la evolución y luego se difundió con rapidez, reemplazando por completo a la primitiva versión en un lapso entre quinientas y mil generaciones humanas, unos diez mil o veinte mil años. Una difusión tan rápida sugiere que las ventajas que proporcionaba el nuevo gen eran considerables.(2)

En rasgos muy esquemáticos, la cita anterior representa una respuesta reduccionista a nuestra cuestión. En algún momento de la historia de los homínidos, el gen FOXP2 sufrió una mutación importante que posibilitó una mayor capacidad de gesticulación en los seres humanos. A partir de la gesticulación, se originaron las frases sintácticamente coherentes. A partir de esas frases, nació el lenguaje. A partir del lenguaje, surgieron el resto de los elementos que caracterizan al pensamiento simbólico. Etcétera. Tenemos aquí una cadena causal bastante bien estructurada, ¿o no? Y el eslabón esencial de ella se encuentra en los genes.

Pues bien, el anti-reduccionista no negará necesariamente esa pequeña historia genética; tan sólo se limitará a cuestionar su relevancia. La evolución biológica “permite” el desarrollo cultural en el sentido en que lo hace potencialmente viable; sin embargo, no informa sobre su origen. Pongamos un ejemplo. Si nuestra pregunta no fuera sobre el lenguaje sino sobre el surgimiento del pensamiento matemático en los seres humanos, ¿qué tan relevante sería una respuesta que atendiera a la evolución de algún gen relacionado con el cerebro y su capacidad para manipular entidades abstractas como los números o las relaciones? Dicho gen pudo haber evolucionado hace 200000 años. Y, si los seres humanos sólo empezaron a utilizar el pensamiento matemático hasta, digamos, unos 20000 años, ¿resulta realmente relevante acudir al nivel genético para responder a la pregunta sobre el origen del pensamiento matemático? Lo mismo ocurre en el caso del nacimiento del lenguaje: el que un gen permitiera al ser humano mayor control sobre sus gesticulaciones no responde a la pregunta sobre cómo el ser humano, empleando esas capacidades genéticas, empezó a utilizar el lenguaje. La mera “potencialidad biológica” no dice nada sobre la manera en que, de hecho, actúa un organismo; menos aún sobre cómo se generan las ideas. Por ejemplo, el lenguaje pudo haberse desarrollado de manera totalmente distinta. ¿Qué tal si los seres humanos hubieran optado por un modo de comunicación que prefiriera los gestos y las muecas a los sonidos? ¿O una forma que siguiera utilizando sonidos sin que estos se individualizaran en palabras sino que utilizaran otra forma de organización? En su novela, Segunda Fundación, Asimov habla de cómo un grupo de seres humanos utiliza una nueva forma de comunicación sintetizada:

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El lenguaje, tal como nosotros lo conocemos, era innecesario. Un fragmento de una frase equivalía casi a una larga explicación. Un gesto, un gruñido, la curva de una línea facial, incluso una pausa oportuna, comunicaba la información requerida.

Realmente, hay una infinidad de formas en las que el lenguaje pudo haberse originado. Todas ellas permitidas por la biología humana. ¿Por qué el lenguaje se desarrolló de la forma en que lo hizo? Tal pregunta sigue siendo una incógnita aún si aceptamos la historia genética.

Hay un problema más importante aún: el lenguaje pudo no haberse generado en absoluto a pesar de que contáramos con los genes necesarios para ello. Creer lo contrario es caer presa de lo que en Biología se conoce como el “hiperseleccionismo”: la creencia de que la selección natural escoge específicamente los elementos de los seres vivos de tal manera que ellos funcionen de la mejor forma posible. En consecuencia, las cosas sólo pueden ser de la manera en la que son.

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Uno de los mejores argumentos en contra de la creencia en el hiperseleccionismo está escrito genialmente por el profesor Gould:

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La selección natural puede construir un órgano para una función o grupo de funciones específicas. Pero este “propósito” no tiene por qué especificar detalladamente las capacidades de tal órgano. Los objetos diseñados con un determinado propósito pueden, como resultado de su complejidad estructural, realizar también toda otra serie de tareas. Una fábrica puede instalar una computadora con el exclusivo propósito de elaborar la nómina mensual, pero una máquina así puede también analizar la estadística de ganancia o pegarle una paliza a cualquiera (o al menos empatar perpetuamente) en el juego de tres en raya. […] la estructura tiene sus capacidades latentes. Construida con un fin, puede realizar otros; y en esta flexibilidad yace tanto el caos como la esperanza de nuestras vidas. (3)

Mi punto es que el lenguaje es una de las “capacidades latentes” que la evolución del gen FOXP2 despertó. Pero el adjetivo de “latente” señala precisamente la necesidad de que debiera ocurrir algo que despertara dicha capacidad. Y ese algo no se encuentra en la estructura del cerebro humano, ni en los componentes genéticos de los homínidos. Se encuentra en la complejidad de la situación ambiental en la que se desenvolvieron nuestros primeros antecesores. En la naturaleza de las adversidades que debieron superar a diario para que el mundo brutal en el que vivían les permitiera satisfacer sus necesidades. En las circunstancias específicas que provocaron que su incesante afán de supervivencia, que caracteriza a todos los seres vivos, dirigiera su atención por un momento a un espacio en el que ningún ser se había adentrado antes de manera consciente: el mundo de las ideas.

NOTAS:

1-La imagen de la elaboración de herramientas líticas está tomada de http://jcdonceld.blogspot.mx/2013/05/la-evolucion-de-la-industria-litica-en.html.

2- La cita con la que caracterizo al reduccionismo está extraída del monumental libro de Peter Watson: Ideas, Luis Noriega, traductor, Barcelona, Crítica, 2008, p. 75.

9788498924800

3- La cita de Gould es del ensayo El Pulgar del Panda, Antonio Resines, traductor, Barcelona, Crítica, pp. 63 y 64.

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3 comentarios en “El amanecer del lenguaje

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