Heteronormatividad

Como ya escribía cuando hablaba sobre la claridad en filosofía, me desagrada leer aquellos textos que confunden la erudición con la verborrea.  Observen nada más ese escupitajo académico que he utilizado para titular el tema del que voy a escribir hoy. Heteronormatividad. Representa una de las peores costumbres que han invadido al feminismo o al área de los estudios de género. En medio de preocupaciones sumamente pertinentes, tenemos un conjunto de terminajos que sólo opacan el mensaje y lo envuelven en un aire de pomposidad que me resulta insoportable.

Sin embargo, hoy no quiero escribir maldiciones contra la grandilocuencia innecesaria de los círculos intelectuales. Más bien, deseo opinar acerca de cómo uno de esos términos tiene cierta vigencia; ello a pesar de ser una palabra con un sonido de lo más odioso.

La cuestión me vino a la mente luego de ver la siguiente película:

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La película trata sobre cómo Alan Turing diseño la máquina que le permitió descifrar el código que usaban los alemanes para cifrar los mensajes que enviaban a sus tropas durante la segunda guerra mundial. Pero Turing, una de la luminarias más importantes en lo que respecta a lógica y matemáticas de su tiempo, era homosexual. Y ése es el tema central de la película: cómo un sujeto homosexual consiguió ese logro lógico que les permitió a los aliados ganar la guerra.

Uno pensaría, en una primera instancia, que se trata de una película que busca defender a los homosexuales. Sin embargo, eso sólo es una ilusión. El mensaje real de la película se presenta explícitamente en uno de sus últimos diálogos:

No one normal could have done that. Do you know, this morning, I was on a train that went through a city that wouldn’t exist if it wasn’t for you. Now, if you wish you could have been normal… I can promise you I do not. The world is an infinitely better place precisely because you weren’t.

¿Tenemos aquí un elogio a la anormalidad? Uno podría pensar eso. Sin embargo, tan sólo hace falta observar el contexto en el cuál el personaje pronuncia esa frase. La persona que habla se trata de una mujer que se encontró con Turing cuando éste realizaba su investigación; pero que después se marchó a vivir una vida común y corriente. La mujer es guapa, tiene trabajo, hijos, un marido y vive la vida más normal del mundo. Por su parte, Turing es un sujeto con una vida triste y deprimente, que enfrenta un proceso judicial por sus tendencias homosexuales, que perdió a su ser querido hace años y ahora antropomorfiza ridículamente a una máquina esperando suplir su pérdida. Y, finalmente, es un sujeto del que la película nos dice, simplemente, que algunos años después se suicidaría.

Me parece que el mensaje real de la película no está demasiado oculto. Lo que la película está sosteniendo al final de cuentas es lo siguiente: la vida feliz es aquella que involucra normalidad, aquella que sólo consiguen las parejas heterosexuales. Los anormales (esto es, los homosexuales) pueden ser capaces de muchas cosas. Sin embargo,  su anormalidad los convierte en seres infelices. Reflexione, querido espectador de clase media-alta. ¿Qué desea usted? ¿Vivir la vida feliz y normal de esta guapa mujer que ve en pantalla o pasar sus días encerrado en la depresión de un cuarto al que se vio obligado a esconderse por la presión social; presión que naturalmente le empujará a tendencias suicidas? Ciertamente ese sujeto anormal salvó al mundo. Hurra por él. Pero, al final de cuentas, él es como los recogedores de basura: individuos necesarios a los que podemos aplaudir por dedicarse a esa noble labor pero de los que no envidiamos su suerte. Hurra por él; pero, por suerte, él no es nosotros.

La heteronormatividad es una noción feminista que intenta hacer explícita una forma en la que podría llevarse a cabo la opresión o discriminación contra las orientaciones homosexuales. El punto es que un discurso obedece una pauta de heteronormatividad cuando presupone que la heterosexualidad involucra “normalidad”.

Pero, ¿acaso no es normal la heterosexualidad? ¿No son la mayoría de los seres humanos heterosexuales? Me parece que un feminista difícilmente diría que no a la segunda pregunta; sin embargo, observaría correctamente que existe una diferencia importante entre los adjetivos utilizados para referirse a la heterosexualidad. Sostendría (y la mayoría de los feministas sostienen) que no es lo mismo utilizar el adjetivo de “normal” que utilizar el adjetivo de “común”.

Cuando se habla de la heterosexualidad como común se pretende estar haciendo una descripción biológica de los seres humanos. Lo único que se busca es señalar, con base en algún estudio estadístico, que la mayoría de los seres humanos en este momento dado son heterosexuales. Por el contrario, cuando se habla de la heterosexualidad como normal, lo que se está haciendo es un juicio de valor, es decir, se está presuponiendo que las parejas heterosexuales representan la forma natural en la que deberían ser las cosas. Hablar de esa manera supone una prescripción y no una descripción: uno está sosteniendo, si bien un poco implícitamente, la manera en la que cree que deberían ser las cosas. También está sosteniendo qué cosas piensa que deberían evitarse.

Me parece que no resulta muy difícil ver cuál es la distinción que estamos tratando aquí: existe una diferencia importante entre afirmar cómo se cree que son las cosas y afirmar cómo se cree que deberían ser las cosas. Calificar a la heterosexualidad como común es un ejemplo de la primera afirmación; calificarla como normal es un ejemplo de la segunda. En filosofía, confundir ambos tipos de afirmaciones se conoce como falacia naturalista (tema del que particularmente estoy un poco harto, puesto que le dediqué toda una tesis).

El problema que aquí estoy tratando resulta mucho más explícito si todo el enunciado involucrado se presenta directamente. Es obvio que existe una condena contra la homosexualidad en una afirmación como la siguiente: la heterosexualidad es normal; pero la homosexualidad es anormal. Pues bien, los feministas califican a todos aquellos discursos que emplean, explícita o implícitamente, enunciados como ése con el adjetivo de “heteronormativos”, es decir, formas de expresarse que pretenden prescribir la heterosexualidad como si se tratara de una ley que los homosexuales están rompiendo.

Pero, aceptando que la heterosexualidad es “común”, uno se podría preguntar lo siguiente: ¿qué tanto interés deberíamos tener en discutir una cuestión que no atañe a la mayoría de la población? Si los homosexuales son minoría, ¿entonces porqué “secuestrar” (nótese qué palabrita tan mamona estoy usando) la atención pública en ellos y no en cuestiones que atañen a todos, como el hambre mundial, el desempleo, el calentamiento global…?

Un interrogante de ese tipo está siendo bastante miope respecto a los alcances de nuestro tema. La cuestión que aquí tratamos no gira únicamente en torno de la minoría de homosexuales, ni pretende que agotemos nuestra atención en ellos a pesar de su, supuestamente, diminuto número. La idea general consiste en una cruzada contra la discriminación, que se despliega de la forma más patente contra las “minorías” como la de los homosexuales; pero que, de una u otra manera, asoma su rostro a lo largo y ancho de toda la sociedad.

Basta sólo con que reflexionemos acerca del conjunto de personas que estarían incluidas en el adjetivo de “normales”. Los heterosexuales, ciertamente. Aquellos que no sufren algún impedimento mental o físico también (y esa es otra de las minorías que se ve más afectada por estos juicios de normalidad). Aquellos que no han recibido una educación adecuada y son fácilmente manipulables tampoco podrían ser enteramente normales, puesto que todavía les hace falta algo para hacerse valer por sí mismos. Con dicho criterio excluimos a los niños, a los seniles, a los locos. Ciertamente, sin un cierto apoyo económico uno no puede alcanzar una correcta educación que lo haga ser un ciudadano completo con una vida digna. De esa manera, los pobres tampoco podrían entrar en nuestra categoría de normales. Asimismo, no todos los países tienen los medios para que la mayoría de su población adquiera una educación completa. De esa manera, podemos excluír a la mayoría de las personas que habitan en países tercer-mundistas. ¡Vaya! Los normales de repente han pasado a ser una minoría del total de la población mundial, un conjunto compuesto únicamente de un porcentaje de individuos, de raza caucásica y asiática, con edades que oscilan entre 25 y 55 años, de clase media-alta, que cumplen además ciertos criterios de IQ, de salud, de orientación sexual, etc, etc. Asimismo, seguro encontraremos, en ese pequeño conjunto restante, álfas sobre los álfas que reduzcan aún más el conjunto de aquellas personas normales: ¿las mujeres son normales? ¿Los que no tienen un hobby? ¿Los que tienen alguna manía? ¿Los solitarios? ¿Los ahora conocidos como “asexuales”? Al final uno tiene que preguntarse qué tanto sentido sigue teniendo hablar de normalidad.

En suma, me parece que no estamos centrando nuestra atención en un tema minoritario al oponernos a la discriminación contra los homosexuales: estamos inmersos en uno de los muchos flancos  de una misma guerra. La discriminación contra los homosexuales es sólo la punta del iceberg. Discutirla representa sólo el primer paso para atacar la discriminación que existe en múltiples niveles y que opera utilizando nociones totalmente absurdas como aquella de “normalidad”.

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Un comentario en “Heteronormatividad

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