Élites de Poder

Desde que la humanidad tiene registro histórico, tenemos evidencia de la existencia de diferentes estructuras de poder mediante las cuales un porcentaje muy reducido de la población consigue dominar al otro porcentaje.

Probablemente podamos encontrar estructuras de poder sofisticadas durante los albores de la humanidad: e.g. durante la hipotética etapa en la que los homínidos apenas empezaron a desarrollar el lenguaje y/o la tecnología (dejo este segundo caso para dar cuentas de historias sobre “El amanecer del hombre” como la de Kubrick). Previamente, la estructura de poder de los homínidos probablemente fuera parecida a la que poseen los primates: familias dirigidas por un macho alfa que tiene un acceso privilegiado a los alimentos y a las hembras. Pero cuando los homínidos desarrollaron sus mecanismos pre-civilizados avanzados, la estructura de poder no podía permanecer inalterada: uno puede emplear el lenguaje para dominar sin necesidad de ostentar el poder físico; o bien, uno puede emplear la tecnología para igualar o superar la disparidad de fuerzas que proporciona únicamente el desarrollo natural de los organismos.

Eventualmente, las relaciones de dominación primitivas de los homínidos dieron paso al surgimiento de un aspecto básico de las estructuras del poder humano; característica en constante desarrollo y que continúa definiendo al poder hasta nuestros días: la institucionalización; es decir, la perpetuación de un derecho hereditario ostentado por un pequeño grupo de élites para dominar al resto del mundo.

Distintos grupos de élites, en distintas épocas y lugares del mundo, han conseguido institucionalizar el poder en su favor durante generaciones a lo largo de periodos de tiempo que se prolongan por décadas, centurias o, en el caso de las antiguas civilizaciones egipcias, sumerias, chinas, etc., incluso milenios. La forma en la que las élites adoptan el poder ha sido muy variada durante toda la historia: élites religiosas, élites burocráticas, élites militares, élites comerciales, etc. Pero aunque las formas de dominación cambien, su resultado permanece inalterado: un pequeño grupo de familias vive muy bien, con acceso a los alimentos de mayor calidad, rodeados de riquezas, en mansiones confortables y con buenas expectativas de llegar a una vejez avanzada. Mientras tanto, la calidad de vida del resto de la población no puede compararse y, en el caso de la población que directamente suministra la riqueza de las élites, ésta sobrevive en condiciones de pobreza, con acceso a alimentos de baja calidad y enfrentándose continuamente a enfermedades que disminuyen notablemente su esperanza de vida. Pues bien, ésta imagen del mundo puede fácilmente aplicarse a la sociedad del antiguo Egipto como a cualquier sociedad actual: las consecuencias de las estructuras de poder siempre han sido las mismas.

Hoy en día estamos a mitad del desarrollo de la estructura de poder más inmensa de la que haya dado nunca prueba la historia: se trata de la estructura de poder corporativa de Estados Unidos. Su alcance es de orden global de tal modo que las élites posee plena capacidad para disponer en el momento que les plazca de los recursos del mundo entero, con todas las consecuencias medio-ambientales y sociales que de ello se deriva. De hecho, es un poco inexacto decir que la estructura corporativa es “propiedad” de Estados Unidos: el poder corporativo no es regional y en buena medida ha conseguido borrar las tradicionales divisiones decimonónicas que separaban a las naciones. Sin embargo, también es cierto que el poder corporativo se concentra, por el momento, en la región de Estados Unidos.

Pues bien, ¿cuál es el efecto del poder corporativo actual? Según Forbes, hay actualmente 1645 individuos “billonarios” en todo el mundo (http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_countries_by_the_number_of_US_dollar_billionaires). Supongamos que cada uno de estos individuos cuenta con una familia conformada por 50 personas. De esa manera, podríamos decir que la élite multimillonaria del mundo está conformada por 82250 personas. Supongamos que, en el mundo, hay otras 400000 personas e integrantes de familias que no alcanzaron el título de billonarios (al final, la competencia para entrar a Forbes deja afuera a algunos desafortunados) pero que no están lejos de serlo. De esa manera, podríamos decir que un total de casi medio millón de personas conforma la élite privilegiada del mundo. Pues bien, el estimado total de la población humana mundial es de 7000 millones. Por tanto, la élite privilegiada del mundo conforma menos del 1% de la población; de hecho, conforma el 0.007 % de la población total. Pues bien, ¿cómo es que un porcentaje tan reducido de individuos es capaz, actualmente, de controlar a esa masa enorme de individuos y evitar que les expropien sus riquezas? La respuesta a esa pregunta no es complicada pero involucra una gran cantidad de detalles.

Como en el caso de las relaciones de poder de los albores de la humanidad, es imposible que el poder se obtenga por medio de la fuerza: carece totalmente de sentido enfrentar militarmente a una decena de personas contra una masa de miles de explotados y pretender que la decena de personas saldrá triunfante (y la cosa carece más de sentido si comparamos el 0.007% de la población contra el resto). Pues bien, la única manera en la que las élites pueden ostentar el poder es mediante su institucionalización: mediante un programa sofisticado de propaganda cuyo resultado final provoca que todo el mundo acepte finalmente, y de manera tácita, que el poder lo ostentan el 1% y no otros.

¿Cómo se fabrica este consentimiento actualmente?  Ése es el trabajo de los medios; pero también ése es el papel de muchas de las obras intelectuales que se producen en las universidades en el área de humanidades. Al final de cuentas, la justificación ideológica de las élites, es decir, lo que avala su derecho a permanecer en el poder, suele provenir de la obra de algún gran filósofo, ideólogo, economista, etc. Y, aunque tal apología del poder no suele tener malas intenciones, el resultado no es otro más que la perpetuación del clásico estado de cosas.

Así, por ejemplo, James Madison decía, en la convención constitucional de 1787 que daría lugar a la constitución de los Estado Unidos, que el papel más importante del gobierno era el de “proteger de la mayoría a la minoría de los opulentos”. Madison tenía una idea según la cual la minoría opulenta estaría conformada por pensadores que no tienen que preocuparse de su subsistencia de tal modo que usan su riqueza en favor del bien común. Pues bien, no pasarían diez años antes de que el propio Madison declarara como una “depravación de la época” el hecho de que los nacientes terratenientes norteamericanos actuaban única y exclusivamente en aras de su propio beneficio.

Los pensadores genuinamente gustan de hablar de cómo el orden y la racionalidad debe imperar en la sociedad. Dicen frases bellas e idealizadas, como aquella que declaraba Macaulay, respecto a que “La prueba suprema de virtud consiste en poseer un poder ilimitado sin abusar de él”. Pues bien, este tipo de palabras, por más bien intencionadas que puedan estar, sólo genera un resultado: la perpetuación del statu quo de dominación.

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2 comentarios en “Élites de Poder

  1. ‘If there is hope,’ wrote Winston, ‘it lies in the proles.’
    But the proles, if only they could somehow become conscious of their own strength. would have no need to conspire. They needed only to rise up and shake themselves like a horse shaking off flies. If they chose they could blow the Party to pieces tomorrow morning. Surely sooner or later it must occur to them to do it? And yet ——!

  2. Pingback: Normatividad y arte | Militarizando al Cyrus

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