TOP 20 películas vistas en el 2016

A diferencia de la lista de los libros leídos durante el año pasado, en esta lista no agruparé la totalidad de las películas que vi durante el 2016. Por un lado, habré visto más de cuarenta películas y la mayoría de ellas no me parecen relevantes ni me comunicaron ninguna idea o sensación; además de aburrimiento… o rabia por sentirme timado al pagar por algunas de ellas. Pero no quisiera extender la presente lista con películas idiotas o soporíferas. ¿Para qué hablar de la mierda que llena la cartelera de Cinépolis (y que en ocasiones llega incluso a colarse, para mi disgusto, en la mismísima Cineteca Nacional)? Varias veces me vi completa alguna de esas porquerías, con un título prometedor y que a los primeros minutos se descubre como una estafa. Una de esas películas me pareció tan estúpida que incluso escribí una entrada sobre ella.

En general es una buena regla estimar que todo lo que ocupa la cartelera de cinépolis es basura. Desgraciadamente, siempre hay un par de excepciones que hacen titubear mi decisión anual de no visitar nunca más esas cloacas.

En esta lista sólo coloco aquellas películas que nunca había visto completas antes del 2016. De la misma manera, esto es un top 20, de modo que están ordenadas de acuerdo a mi gusto, de mediocre a brillante.

Otra cosa. De la misma manera que hice con mi top 10 de mis películas preferidas, no hago aquí distinciones especiales entre el cine comercial y el llamado “cine de arte”. No soy crítico de arte ni pretendo serlo y las distinciones que pudieran haber entre ambos géneros escapan a mi entendimiento (más allá del hecho de que admito que el cine comercial suele depender de una retahíla de tópicos y clichés). Así que en una misma lista incluyo ambas clases de películas. El lugar de cada cinta depende únicamente de la medida en que fue de mi agrado, ignorando completamente toda clase de credenciales que pudiera tener la película para pertenecer a determinado gremio.

Pues bien, comencemos:


20- Pale Rider

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Año: 1985

País: Estados Unidos

Director: Clint Eastwood (Así es. Él mismo)

Un western que no me despertó demasiado interés. Una trama que no está dispuesta a llegar a ninguna consecuencia en particular ni a arriesgar a ninguno de sus personajes principales. No es éste el salvaje oeste sin ley de los spaguetti westerns, en donde la venganza, la expiación o la revolución son los temas principales. Se trata más bien de la típica historia del empresario malévolo interesado en el territorio de una pequeña comunidad que, para su fortuna, tiene de su lado a un justiciero. Historia trillada como pocas. No entiendo cómo hay quienes dicen que esta película de 1985 (¡año relevante en muchos otros aspectos!) revitalizó a los westerns. Sólo he visto dos westerns interesantes que han aparecido desde entonces (escribo esto en enero del 2017). Una es Dead Man de 1995. La otra es el remake de True Grip del 2010. Ambas son películas sumamente diferentes a Pale Rider y de ninguna manera las consideraría influenciadas por ella. De manera que no sé de qué hablan los críticos al encumbrar a esta cinta (críticos del Rotten Tomatoes, así que realmente no hablo de ninguna autoridad aquí).


19- Dune

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Año: 1984

País: Estados Unidos

Director: David Lynch

Desde hace muchos años quería ver esta película. Imaginaba una historia épica de imperios espaciales enfrentándose por el control de un territorio desértico que esconde secretos invaluables. Algo parecido a lo que sucede en una serie anime que estoy viendo últimamente (Armored trooper votoms). Pero esta película fue una verdadera decepción. La mayoría de las escenas se notan tan abruptas y tan implacablemente censuradas que al final lo único que nos queda es un remedo mal hilado. Con todo, tengo cierta impresión de que pudo haber sido una gran cinta de fantasía e intriga espacial. La vestimenta de los personajes, la excentricidad de los Harkonnen (uno de los bandos en conflicto de esta historia) y la manera en que se nos presenta ese desierto tan inmenso, son todos elementos muy evocadores. De modo que ésta es una de esas películas que tienen un extraño impulso que nos lleva a interesarnos en el mundo del que hablan. Lo suficiente como para animarnos a buscar la novela escrita o jugar al videojuego (como nota aparte he de decir que el apartado musical del juego es tremendamente bueno).


18- Ringu

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Año: 1998

País: Japón

Director: Hideo Nakata

La escena a la que se refiere el tema que he puesto arriba es sensacional y verdaderamente causa escalofríos por un instante. Nakata se esforzó por intentar simular el encontrarnos ante una imagen que genuinamente escapa a nuestra comprensión. El hecho de que la película sea hecha con poco presupuesto ayuda también a esa ilusión; el granulado grueso y los colores barridos le dan cierta sensación de autenticidad a la escena: como si efectivamente nos encontráramos viendo algo prohibido y desconocido. Sin embargo, luego del momento al que me refiero, la cinta va perdiendo progresivamente todo su poder para sugestionarnos. Creo que las películas de fantasmas o de terror operan siguiendo las mismas reglas del cuento. Según Cortazar, los cuentos deben ganar al espectador por knock out. De la misma manera, esta clase de películas deben ser breves; evitar ofrecer demasiadas aclaraciones de los acontecimientos que tienen lugar en ellas, ir directo a la sorpresa que proponen y de ahí a la conclusión. Ringu, por el contrario, es muy larga y tediosamente minuciosa a la hora de ofrecer explicaciones. El final, por su parte, hubiera sido fantástico si lo hubiera visto siendo un niño. Pero, en estos días, luego de innumerables parodias y referencias en todos lados, resulta de lo más inocuo.


17- Últimos días de la víctima

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Año: 1982

País: Argentina

Director: Adolfo Aristarain

Thriller aparentemente común y corriente, incluso considerando que la trama se desenvuelve desde el punto de vista del asesino. Están presentes todos los elementos típicos del género: espionaje, armas, acecho, suburbios, prostitutas, drogas…tópicos tan habituales que probablemente por eso decía Borges que la novela policiaca es un género que, después de leerse un rato, se vuelve “fácilmente mecánico”. Sin embargo, ésta es una de esas películas que, por significativos instantes, rebasa su primera apariencia para intentar decir algo más. En este caso, hablar de lo absurdamente sangrienta que era la dictadura argentina conocida con el orwelliano nombre de Proceso de Reorganización Nacional. De manera que, apenas manifestándose detrás del argumento policiaco usual, se exhibe al espectador la verdadera naturaleza del régimen argentino: un poder demente y suicida que, en su afán por obedecer a sus asesores norteamericanos, no teme deshacerse de nadie, ni siquiera de sus propios brazos ejecutores.

Hay que añadir que esta película apareció en 1982, año en que la dictadura llevó a cabo la estúpida ocupación de Las Malvinas. De manera que aun cuando su verdadero mensaje estuviera oculto entre las líneas de un thriller mediocre, el haber filmado esta cinta, durante los mismos años en que los argentinos se encontraban bajo las garras de un gobierno trastornado, representa una hazaña valiente y extraordinaria.


16- Jingi naki tatakai (Batallas sin honor ni humanidad)

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Año: 1973-1974

País: Japón

Director: Kinji Fukasaku

Ésta se trata de una serie de cinco películas que, extrañamente, me vi completas. Es decir, ya la primera película parecía anticipar que se trataba de un trabajo bastante mediocre y, aun así, continúe viéndolas hasta terminar la serie completa. Aunque, pensándolo bien, lo que me llevó a emplear tantas horas en estos filmes era la esperanza de que, por una inesperada fortuna, alguna de ellas se acercara a mi ideal soñado de lo que debería ser una gran película de yakuzas. Ésa es una ilusión que he tenido desde hace mucho tiempo y, hasta la fecha, no he encontrado ninguna que me haya satisfecho. Alguna que sea semejante a lo que Coppola consiguió con El padrino.

Cada una de estas películas es similar a la anterior hasta el grado del deja vu. Todos los personajes aparecen casi inadvertidamente en la historia y son miles. El espectador pronto se encuentra ahogado en esa marea de nombres. A cada rato ocurren asesinatos pero no nos podría importar menos el destino de esos sujetos prácticamente anónimos. E inmediatamente, como la hidra, por cada yakuza que muere surgen otros dos. Su presentación implica nuevos nombres que tenemos que aprender y asociar a alguna de las familias involucradas en el conflicto. ¡Y qué ridículos son esos asesinatos! Muy lejos están estas películas del dramatismo ominoso de El padrino. ¿Así de cómico grita un yakuza que está a punto de ser traicionado? ¿Tantas balas puede soportar el cuerpo de un ser humano antes de morir?

Lo único que rescataría de estas películas sería el tema musical principal (que me recuerda mucho a uno utilizado en aquel sensacional videojuego erótico, Three sisters story) y la escena con la que finalizan estas cintas, que siempre es la misma en todas: una toma de la cúpula Genbaku y del parque memorial de Hiroshima, ciudad en la que transcurre la historia.


15- Ixcanul (Volcán)

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Año: 2015

País: Guatemala

Director: Jayro Bustamante

Esta película aspira retratar el mundo mágico en el que habitan los miembros de la etnia kakchiquel, descendientes actuales de los mayas que poblaron la región central de la actual Guatemala. El propósito del filme es exhibir cómo la realidad cotidiana de esos indígenas está dotada de valores muy peculiares; bastante ajenos a nuestros prosaicos y desencantados valores occidentales. Por ejemplo, se hace una asociación entre el volcán, que involucra una fuerza destructora que inspira sumisión, con el vientre de la mujer embarazada, como origen de la vida. De manera que ambas entidades son consideradas como poseyendo, al mismo tiempo, ambas potencias. Esto motiva entre los kakchiquel un sentimiento de reverencia muy característica. Consideraciones similares se hacen de otros símbolos vivos que pueblan el escenario de la película. Tales detalles son revelados, poco a poco y en el idioma kakchiquel, por los propios personajes de la cinta. De modo que ver la película nos da una sensación de viaje en toda regla.

Aunque he de agregar que, mientras veía la película, me encontraba un poco cansado y en compañía de una persona que me contagiaba un poco de su aburrimiento. Así que no creo haber disfrutado del filme tanto como quisiera. Quizá si la viera nuevamente colocaría a esta película en un mejor lugar de este top 20 (sobre todo considerando lo parecida que es esta película en relación a otras que aparecerán en la lista más adelante).


14- McCabe & Mrs. Miller

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Año: 1971

País: Estados Unidos

Director: Robert Altman

Se trata de un western que, desde el primer momento, adopta un tono de quietud y melancolía. Y ese ritmo pausado se mantiene de manera estricta a lo largo de todo el filme, como si no estuviéramos hablando aquí del salvaje oeste sino de una tierra llena de hombres taciturnos que mansamente se enfilan al progreso. Ocasionalmente suena la voz de Leonard Cohen entonando alguna canción que nos recuerda el tranquilo estado de cosas en el que nos encontramos (tengo que agregar que, en el momento en el que vi la película, no sabía nada ese sujeto. Hace tan sólo un par de meses una amiga me comentó que Cohen se trataba de un cantante muy famoso).

¡Qué diferente es el Oeste pensado por los propios gringos! Para mí, el Oeste es el que imaginaba Sergio Leone o Sergio Corbucci: una tierra tensa, silenciosa pero expectante de escuchar en cualquier momento el sonido atronador de un revolver. Aquel Viejo Oeste era un desierto inagotable, salpicado de montañas secas, pequeños manojos de hierba y uno que otro poblado polvoriento de pocas hileras de casas. En contraste, este Viejo Oeste imaginado por los cineastas estadounidenses suele ubicarse en zonas frías y boscosas. El escenario no es un árido desierto sino que se encuentra sembrado de pinos nevados. El agua no escasea ni los recursos mineros para explotar. En las diferentes escenas puede identificarse fácilmente cómo la ley y el avance occidental empiezan a imponerse en la región. ¡Nieve en una película de vaqueros! Ya no nos resulta un escenario tan extraño pues, habiendo desaparecido los spaghetti westerns hacia mediados de los 70, todos los westerns estadounidenses desde entonces parecen haberse esforzado por eliminar aquella vieja imagen de la vida salvaje del desierto.

Regresando a la película que aquí me interesa, McCabe & Mrs. Miller tiene un ritmo muy apacible. Pareciera desear no exhibir nunca un estado de alarma o de preocupación. En un momento determinado aparecen forajidos y asesinos (dudaría en llamar a esta cinta como western si ellos no se hubieran presentado), pero incluso entonces la película continúa, impávidamente, con su estilo de narración. La voz de Cohen me parece buena para esas noches de insomnio, en las que deseo calmar mis nervios y ceder a un sueño irresistible.


13- Across 110 street

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Año: 1972

País: Estados Unidos

Director: Barry Shear

Desde que vi The Warriors siendo un adolescente, me he sentido fascinado por el entorno suburbano de la Nueva York de los 70. El metro sucio y lleno de graffitti, los edificios altos y oscuros por el smog, todos dotados de escaleras contra incendios, el vapor saliendo de las alcantarillas. Hay algo que me atrae en lo violento que me parece ese escenario. Quizá es sólo la sensación de contraste de sentir un reducto de brutalidad selvática y misteriosa en el interior de lo que cabría considerar como el ambiente civilizado y racional de una ciudad. Otro elemento característico de las películas de Nueva York de esa época es el antagonismo que se da entre los negros y los blancos; dos tribus que se detestan a muerte a pesar de que habiten en el mismo lugar.

Y este filme es típico en el sentido de que incluye todos los elementos mencionados. Me pareció una buena película, si bien no creo que haya agregado nada a la fórmula ya establecida: tenemos una mafia blanca que pretende hacer una demostración de fuerza en los barrios que están bajo el control de una debilitada mafia negra. Claramente la mafia negra está en desventaja puesto que la mayoría de sus miembros son adictos, lo que no ocurre entre los italianos que cumplen la función de proveedores y no la de consumidores. En el medio del conflicto se encuentra un policía (blanco, claro) y su asistente (negro, obviamente) y ambos intentan servir como mediadores en esa situación. En fin, ¡que se trata de la historia de Nueva York de siempre que a todos nos gusta revisitar de vez en cuando!


12- Hrútar (Carneros)

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Año: 2015

País: Islandia

Director: Grímur Hákonarson

La historia de esta película está ubicada en Islandia, país cuyo escenario, en general, nunca me ha despertado demasiado interés. Lo imagino como una especie de inmensa estepa deforestada, situada sobre enormes acantilados en donde se despedaza una marea interminable; un territorio lleno de hombres de largas barbas y enormes mujeres rubias, que ya han olvidado completamente su pasado vikingo y ahora viven pacíficamente. Pues bien, esta película no se deshace de ninguno de esos prejuicios, aunque sí que admito que me gustó bastante.

Creo que hay pocas cosas tan terribles como el silencio entre hermanos. Me parece incomprensible aquel odio fraternal que dura demasiado tiempo y, sin embargo, a menudo lo he visto entre muchos grupos familiares. Al final, todo parece reducirse a una cuestión de orgullo y de qué tanto está uno dispuesto a sacrificar con tal de alimentar esa pasión. Por más raro que suene, los exvikingos se enfrentan también a ese mismo dilema: si una cosa muestra esta cinta, es que hay gente rematadamente terca en todos lados. Pero la experiencia parece enseñar también que las calamidades externas terminan por unir a aquellos que estaban enfrentados aparentemente para siempre. Esta película explora una forma propiamente islandesa de ese tipo de desgracia externa.


11-Les souvenirs (Los recuerdos)

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Año: 2014

País: Francia

Director: Jean-Paul Rouve

He visto pocas películas francesas contemporáneas, pero curiosamente todas ellas parecen siempre sujetarse al género que algunos, en su afán por darle definiciones a todo, llaman como “feel-good movies”. Son películas de drama-comedia que no intentan nunca sorprender al espectador o colocarlo en una situación de perplejidad o indignación. Por el contrario, los problemas de sus protagonistas se mantienen siempre en el límite de lo que representaría un verdadero impasse y los acontecimientos para resolver las situaciones se van sucediendo de modo que casi nunca se le borre al espectador la sonrisa. Ahora bien, admito que una película con esas intenciones debe ser filmada con maestría: debe haber un equilibrio muy especial entre el drama y la comedia para conseguir que la sensación de placer y de tranquilidad del público se mantenga en un nivel estable y no se convierta en aburrimiento. Pues bien, creo que esta película lo consigue completamente. Y, al mismo tiempo, menciona una o dos lecciones relevantes sobre la ansiedad en la que típicamente envolvemos a nuestras aspiraciones.


10- La patota

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Año: 2015

País: Argentina

Director: Santiago Mitre

En Argentina, por una curiosa evolución lingüística, se le llama “patota” a los grupos de pandilleros. Y el escenario inicial de esta película es el de una pandilla de una región pobre de Argentina, que hace víctima a una profesora idealista de un proyecto de escuela comunitaria. Y lo que esta película muestra es que la mayor presión ante la que un idealista se enfrenta no proviene de sus enemigos o de las personas que directamente le han hecho daño. En este caso lo que se espera de la protagonista es que responda a la agresión de la manera usual en la que una persona de su categoría social respondería. Cuando no lo hace, la película obliga directamente al espectador a emitir un juicio, si bien le da carta abierta sobre en qué dirección debe dicho juicio promulgarse: O bien se acusa a la protagonista de ser una mimada de clase acomodada, que no acaba de entender que es hora de abandonar los ideales en el momento en que uno se enfrenta a la cruda realidad; o bien se reconoce que no hay mayor prueba para demostrar la firmeza del idealista que defender el ideal frente a lo que piensan tus más cercanos amigos y familiares.


9- Il mercenario

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Año: 1968

País: Italia

Director: Sergio Corbucci

Los cineastas italianos no sólo encontraban romántico al Viejo Oeste estadounidense; también les parecía fascinante el escenario, en muchos sentidos similar, del México revolucionario. Eso les llevó a crear lo que en ocasiones se conoce como el subgénero del “Zapata western”; filmes que poseían una dimensión un poco más compleja que la típica historia del vengador o cazarrecompensas contra los bandidos. Los actos de los protagonistas, aunque a menudo seguían girando en torno a una bolsa de dólares, ahora también tenían que considerar el apoyar a una causa que sumergía a todo un país en la guerra.

En Il mercenario tenemos nuevamente como héroe a la figura del cazarrecompensas. Sin embargo, por algún extraño capricho (él personaje mismo lo admite como tal), se propone la tarea de convertir a un bandido en revolucionario. Naturalmente, su propósito no lo demuestra abiertamente y, al principio, parecería sólo importarle la recompensa, como a cualquier mercenario. De manera que su instrucción política la va ofreciendo pausadamente, mediante ejemplos sencillos pero directos que llevan al bandido a plantearse hacia dónde debería dirigir su revolver.

He de decir también que la escena del duelo final es de las mejores. Comparable a la de Sanjuro, a la de El bueno, el malo y el feo y a la de Once upon a time in the west.


8- La ley de la Frontera

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Año: 1995

País: Argentina y España

Director: Adolfo Aristarain

Se trata de una película de aventuras en la que tres personajes vagan por los bosques y montañas de la frontera entre Galicia y Portugal, sin otro propósito que el de buscar fortuna; objetivo que, por otra parte, es la única excusa que una buena historia de aventuras necesita.

La película hace un excelente trabajo delineando las personalidades de cada uno de los amigos viajeros. Tenemos al millonario portugués, que está de viaje únicamente para interrumpir su aburrimiento; sumamente farsante, indolente y bueno para las fullerías. Otro protagonista es el gallego pobre e ingenuo, que no conoce ninguna causa pero que está ansioso por encontrar alguna. Y por último, está la periodista que, como el millonario, únicamente está de viaje para sentir la sensación del peligro que involucra; aunque, a diferencia de aquel, tiene siempre una actitud de alegre libertad y seguridad. Además aparece un viejo jefe de ladrones argentino que por su curiosa y despreocupada forma de hablar es probablemente el personaje que mejor se recuerda de la película.

Algo que me gustó mucho es que esta cinta en ningún momento se anda con moralismos ridículos ni con burdos maniqueísmos. Todos los personajes son tan desalmados o bienintencionados como se esperaría de cualquiera, y la película no intenta nunca recompensar una forma de ser o de otra.


7-Sacco e Vanzetti

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Año: 1971

País: Italia

Director: Giuliano Montaldo

Ésta es la que podríamos considerar como una película de protesta. Narra un episodio de las medidas mediante las cuales el gobierno de Estados Unidos consiguió desbaratar el movimiento anarquista que los miembros de las clases bajas de ese país empezaban a abrazar a principios del siglo XX. En 1920, dos trabajadores inmigrantes italianos, conocidos miembros anarquistas, fueron sometidos a juicio bajo el cargo de asesinato, si bien apenas se contaban con pruebas para culparlos. En realidad, esos dos sujetos no eran sino chivos expiatorios que el gobierno esperaba ejecutar para alcanzar fines políticos.

La mayor parte de las escenas de la película se dan en una corte en donde el espectador puede evaluar la clase de argumentos que ofrecen cada una de las partes. Aunque, es cierto, la cinta no intenta en ningún momento colocarse en una perspectiva ajena o imparcial (lo que algunos imbéciles llaman con el nombre de “objetividad”). Lo que esta cinta se propone, más bien, es lanzar una acusación en contra del poder institucionalizado y las chapuceras medidas que emplea para alcanzar el objetivo de mantener a la población bajo control.

Si bien la película está filmada con talento, creo que lo mejor de ella es escuchar cómo la poderosa voz de Joan Baez nos mueve a la indignación.


6-Blood in, blood out (Sangre por sangre)

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Año: 1993

País: Estados Unidos

Director: Taylor Hackford

El escenario de este filme es el de los barrios chicanos de Los Angeles de los años 90, en donde las difíciles condiciones han movido a la población a mantenerse unida en lazos fraternales muy fuertes. Todas esas agrupaciones aspiran a defender una noción de identidad chicana pero, al mismo tiempo, todas se encuentran enfrentadas entre sí, persiguiendo intereses aparentemente irreconciliables. Así, el escenario con el que empieza la película es el de una lucha sin cuartel entre la pandilla de los vatos locos y la de los tres puntos. A primera vista no parece haber ninguna ideología entre lo que defiende cada bando y parecería que se están matando por motivos equivalentes que aquellos por los que se matan los ultras de los equipos de fútbol: por símbolos y colores vacíos. Sin embargo, aquí cada pandilla hace referencia a una zona empobrecida de East Los Angeles, regiones suburbanas abandonadas a su suerte, carentes de toda organización y en donde las patrullas de policía hacen sus rondines persiguiendo intereses completamente ajenos a esas comunidades. Las pandillas son, entonces, la respuesta natural de la gente que intenta dotar de un sentido de poder y seguridad a ese territorio anárquico. De manera que el conflicto entre los cholos va más allá de la mera violencia (¿catártica quizás?) que se da entre los hooligans. Sin embargo, lo que las diferentes pandillas chicanas no acaban de comprender es que todas ellas aspiran a defender una misma noción de identidad chicana y latinoamericana, y que más les convendría estar unidas. Eso es algo que los personajes descubren en la segunda mitad del filme, de nuevo, ante la adversidad externa.

Desde que estaba en la secundaria tenía interés por conocer esta película, que estaba en boca de todos mis amigos y compañeros. Qué extraño que la hubiera postergado tanto y sólo hasta el año pasado satisficiese esa curiosidad. Probablemente sospechaba que se trataba de una cinta mediocre, en donde se presenta alguna situación inicialmente transgresora que luego se cancelaba con algún moralismo desabrido. Pero qué alegría me dio descubrir que, por el contrario, ésta se trata de una muy buena película, lejana de ese tipo de lugares comunes. Ahora que lo pienso más detenidamente, ¡cuánta admiración me dan todos mis compañeros que la vieron y, movidos por ella, desearon ser cholos, “grafitear” o ser parte del sentimiento de camaradería que supone pertenecer a una pandilla latina. Pues, en efecto, si la ciudad de La Paz estuvo llena del graffitti que decía vatos locos, no fue debido a alguna influencia descerebrada, sin objetivo ni causa; sino, más bien, a esta película, cuyo propósito era abogar por una noción de identidad latinoamericana en tanto que enfrentada en contra de la ilusión del sueño americano o de la pax gringa.


5-The mission

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Año: 1986

País: Reino Unido

Director: Roland Joffe

La trama de esta película tiene lugar en 1776, año de la expulsión de los jesuitas del territorio de las colonias españolas de América. Ya para entonces, los jesuitas habían perlado todo el corazón del Amazonas (y de muchos otros territorios indígenas de América) de misiones; centros ubicados en el interior de las selvas o de los desiertos que tenían como objetivo evangelizar a los indígenas de regiones que todavía eran prácticamente inaccesibles a los europeos. Junto a la evangelización venía, naturalmente, la introducción de los indígenas a los modos de vida propiamente occidentales, con todas las ventajas tecnológicas que ello suponía.

La película aborda muchísimos temas. En primer lugar, retrata la manera en la que los misioneros convencían a los guaraníes de que formaran parte de las misiones. Luego describe la vida que se les ofrecía en esos lugares. Después narra el debate europeo sobre la humanidad de los indígenas. Y, finalmente, dedica la mayor cantidad del filme a la cuestión sobre cómo reaccionaron los jesuitas ante la orden de evacuar sus misiones y salir del territorio español.

En principio parecería que esta película presenta a las misiones bajo una luz favorable, como si ellas hubieran llevado la luz de la civilización a una tierra primitiva. Como si quisiera insistir en la enorme tragedia que significó para el progreso de la región el que la orden jesuita hubiera sido expulsada. Otra interpretación del filme podría ser, fijándose en el año en que apareció, relacionarla con las luchas revolucionarias de Centro y Sudamérica, de los años 70 y 80, en donde jugaron un papel importante los sacerdotes adeptos a la teología de la liberación; una de las fuerzas regionales que serían, finalmente, completamente derrotadas bajo el peso de la inversión estadounidense en contrarrevolucionarios.

Pero creo que hay un elemento más que esta película exhibe, quizá de manera no intencionada: lo contradictoria que es la civilización occidental; lo absurdo que resulta su comportamiento de cancelar todos sus actos mediante la política de tierra quemada. Lo que los guaraníes deberían haber pensado, luego de la destrucción de sus misiones y de la masacre de su pueblo, no es precisamente anhelar el retorno de ese modo de vida occidental que les fue arrebatado. Por el contrario, lo que de seguro consideraron en su momento es, más bien, algo como lo siguiente: “¿qué clase de tribu es ésta que un día te tiende la mano y al otro se arrepiente?  ¿Cómo es posible que sus maravillas de agricultura y salud estén atadas a propósitos oscuros cuyo fundamento está en la negación del valor de la vida? ¡Líbrenos los dioses de tener que hacer más tratos con una tribu semejante!”


4-El abrazo de la serpiente

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Año: 2015

País: Colombia

Director: Ciro Guerra

Si la anterior película estaba orientada desde la perspectiva de los misioneros europeos, ésta parte desde el punto de vista de los habitantes autóctonos del Amazonas. Y si aquella tenía lugar en el siglo XVIII, ésta está situada a principios del siglo XX y habla de un Amazonas a punto de ser conquistado, en donde la fiebre del caucho arrasa selvas y nativos por igual; es una época en la que no quedan ya sino unos pocos reductos de indígenas cuya cultura milenaria está al borde de la extinción. Además, la película presenta a las misiones, que todavía existen, bajo una luz muy diferente, si bien es cierto que ahora ellas están bajo el mando de franciscanos y no de jesuitas.

La película sigue tratándose del diálogo entre occidentales e indígenas. Pero ahora son los segundos quienes, con un orgullo desafiante, toman la palabra e intentan convencer al otro de lo valiosa y grande que fue su cultura; a pesar de que saben muy bien que su mundo está a punto de desaparecer.

Para mí, ésta fue una película maravillosa. Sin embargo, todavía la colocaría más arriba en mi lista si no hubiera sido por ese afán, que considero pretencioso, de filmarla en blanco y negro. ¡Cuántas tomas conmovedoras de paisajes verdes y azules del Amazonas se perdieron por esa maldita decisión “artistosa”!


3- Ladri di biciclette (El ladrón de bicicletas)

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Año: 1948

País: Italia

Director: Vittorio de Sica

Una película sobre un padre que intenta proveer a su familia en el entorno de privaciones crecientes de la Italia de posguerra. Hay muchas cosas que se muestran aquí con una sencillez que esconde gran maestría por parte del director: se habla de la pobreza, de la relación padre e hijo que se da en esa circunstancia, del sentimiento de observar, a lo lejos, cómo los ricos se atascan en el restaurante. También se muestra esa sensación de sinsabor que padece el niño cuando se da cuenta de que su idealizado padre cae en el pecaminoso camino que él mismo venía condenando. O, desde otra perspectiva, se habla de lo injusto que es el mundo cuando todos hacen fechorías y uno, en el momento en el que siquiera se plantea cometerlas, es agarrado con las manos en la masa de la manera más ridícula.

Hay algo en la iluminación de las películas italianas de finales de los 40 y principios de los 50 que me atrae bastante. Siempre son tan claras, como si el sol impactara sobre el escenario de lleno. Quizá justo por ese detalle las siento tan próximas, pues probablemente me recuerdan al cielo despejado de mi ciudad natal. Por supuesto, hay más motivos por los cuales se sienten estas películas tan naturales. Son filmaciones que, en lugar de emplear actores profesionales, usaban gente común y corriente, que desconocía de actuación y simplemente hablaba y se comportaba de la misma manera que en su vida diaria. De manera que no hay aquí de esos simbolismos o tonterías pretenciosas en las que suelen ahogarse los directores actuales. Es una historia simple contada de manera directa y el espacio que nos ofrece para las interpretaciones no involucra otra cosa más que el símbolo de la vida cotidiana misma.


2- Kaze no Tani no Naushika (Nausicaä del Valle del Viento)

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Año: 1984

País: Japón

Director: Hayao Miyazaki

Hay un motivo especial por el que esta película me gustó tanto. Cuando la veía, imaginaba a su protagonista como una especie de reencarnación de un personaje de una serie que Miyazaki dirigió a finales de los años 70. Aquella serie, Mirai Shōnen Konan (Conan, el niño del futuro) trataba temas similares a los expuestos en esta película, si bien de una manera más extensa. Entre los muchos y memorables personajes de aquella serie estaba Monsley, una mujer de gran carácter de la que me quedé prendado. Pues bien, Monsley y Nausicaä son casi idénticas físicamente y comparten muchas cualidades, si bien Monsley era una mujer que tenía más edad en aquella serie con respecto a su reencarnación aquí. En todo caso, me gustó mucho ver toda una película en la que el protagonismo fuera completamente de ella. Bueno, quizás se trata de una ilusión en la que yo mismo me auto-sugestiono pero ¿a quién diablos le importa?

Creo que los japoneses son maestros de las escatologías (en todos los sentidos). Son altamente evocadoras y dramáticas las ideas que tienen sobre el destino final de un mundo altamente tecnológico que se encuentra unido a las ambiciones humanas. Y el mejor sitio en donde presentan sus pensamientos al respecto (seguramente influidos por la película Fantasia, que también mostraba su propio escenario de destrucción final) es en el género de videojuegos RPG y en el anime. Esta película toma una ruta peculiar en su historia de catástrofe y habla un poco sobre el camino que podría tomar el mundo de las criaturas vivientes el día que la fuerza impetuosa de la naturaleza recupere por completo el imperio de la vida que le fue arrebatado por las manos del hombre.


1- Queimada

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Año: 1969

País: Italia

Director: Gillo Pontecorvo

En un top dominado claramente por películas italianas era natural que la primera de la lista fuera también italiana ¡Grande que fue Italia para el cine durante la época que va de 1945 (Roma, città aperta) a 1988 (Cinema paradiso)!

Tengo que decir también que tres lugares del top 5 de esta lista están ocupados por películas que abordan una misma temática que me fascina: el enfrentamiento que se da entre la civilización occidental frente a culturas propiamente americanas, sean éstas indígenas y autóctonas, o sean éstas mestizas (en ese sentido, incluso la película que coloqué en el número 6 de la lista es un ejemplo de esa confrontación).

Esta película nos sitúa en una colonia española en decadencia. Un territorio en la que sus ingenios y monocultivos dependen del trabajo de esclavos negros. Los indígenas que habitaron esa región hace mucho tiempo que fueron diezmados. Pero los tiempos han cambiado y las colonias de esclavos se muestran como ineficientes con respecto a otro tipo de economías capitalistas. Así que, instigada por potencias extranjeras, el país se somete a un proceso democrático que, por un instante, parece darle a los esclavos el control. Pero todos estos cambios y sus consecuencias fueron fríamente premeditadas por potencias ultramarinas que de ninguna manera actúan obedeciendo impulsos altruistas. Como lo resume el protagonista de la película, se espera que un esclavista asuma el cuidado de sus esclavos. Un capitalista, por el contrario, tan sólo paga por el servicio de la mano de obra y que el diablo haga después lo que quiera con el trabajador. Ésa se presenta como la clave del progreso capitalista que las economías occidentales tienen que adoptar.

El tema de esta cinta lo considero muy similar al presentado en The mission; sin embargo, ocupa el primer lugar de mi lista puesto que consigue la increíble hazaña de desplegar de manera explícita el planteamiento que, en The mission, sólo aparecía como una consecuencia no intencional por parte de sus creadores. Los negros revolucionarios que consiguen el poder son capaces de darse cuenta de que el sistema que ahora parecen presidir opera obedeciendo reglas absurdas. Los occidentales y sus sistemas económicos, en su afán por la eficiencia, no parecen conocer otra política que la tierra quemada: incendiarlo todo y, de las cenizas, reconstruir las cosas desde cero. Ésa es la manera racional de obrar. Sin embargo, y de eso se dan plena cuenta los ex-esclavos (y el espectador con ellos), lo racional no es lo correcto.

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Libros leídos en el 2016

Siguiendo la costumbre, e intentando llegar un poco más a tiempo que en otras ocasiones (en contraste, la lista del viejo Ark siempre es muy puntual), he aquí  los libros cuya lectura finalicé el año pasado.

Antes de cada comentario he seleccionado, para cada libro de esta lista, alguna cita o símbolo que, durante mi lectura, me hubiera parecido especialmente interesante.


  • Eva Wong, Cuentos de los inmortales taoístas. Traducción de María Tabuyo y Agustín Lopez.

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Preguntó al hombre: «¿Cuál es el numérico del elemento tierra?»

Él respondió: «No sé el numérico del elemento tierra, pero el sur es tres, el norte es cinco, el este es nueve, el oeste es siete y el centro es uno».

«Eres un hombre de honor y virtud», exclamó Nü. «Te pregunto una cosa y me respondes cinco. Por favor, ven a comer a mi ermita y háblame sobre el Tao».

Ésta es una compilación de historias que la tradición oral china ha conservado durante milenios. Algunos de estos cuentos son fábulas que transmiten consejos o enaltecen determinadas virtudes. Otros simplemente relatan anécdotas o situaciones graciosas que viven los sabios. Y todos están  relacionados de alguna manera con la búsqueda del Tao. Naturalmente, son historias que un cuentista dirigía a niños en una plaza concurrida. De manera que los cuentos no se complican demasiado en discusiones filosóficas sobre cómo definir al indefinible Tao. Únicamente se nos dice que los sabios suelen encontrarlo luego de un retiro contemplativo en las montañas. Y se nos dice también el resultado final del proceso: la inmortalidad y la sabiduría tanto en la medicina como en las artes de gobierno y de estrategia militar.

Pero las historias de esta compilación deben entenderse como traducciones de la palabra oral a la palabra escrita. De manera que tan sólo puedo imaginar la verdadera experiencia que sería escuchar estas historias en un parque, ante un viejo cuentista de larga barba blanca, que narra mientras fuma tranquilamente de su pipa de bambú; y recibe dignamente, sin solicitarlo, las monedas que los niños le ofrecen como agradecimiento por sus relatos.


  • Séneca, Sobre la tranquilidad del alma, Sobre la brevedad de la vida, Sobre el ocio, Sobre la firmeza del sabio. Traducción de Fernando Navarro Antolín.

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Nadie se deja usurpar sus tierras. […] No hallamos a nadie que quiera compartir su dinero ¡Pero entre cuántos distribuye cada uno su vida! Son parcos a la hora de conservar su patrimonio, pero tan pronto llega la ocasión de perder el tiempo, son muy derrochadores de éste, única cosa en la que ser avaricioso es una virtud. Me gustaría sujetar a alguno de entre los muchos ancianos y decirle: «Vemos que has llegado al final de la vida humana. Calcula cuánto de ese tiempo te arrebató un acreedor, cuánto tu amante, cuánto tu patrono, cuánto un cliente, cuánto las discusiones con tu mujer, cuánto el castigo de tus esclavos, cuánto tus idas y venidas por la ciudad para cumplir tus deberes. Añade las enfermedades que tú mismo te provocaste; añade también el tiempo que pasó sin provecho. […] Trata de recordar cuándo has sido firme en tu propósito, cuántos días transcurrieron tal y como habías proyectado, cuándo disfrutaste de ti mismo, cuándo tu rostro ha estado relajado, cuándo tu espíritu fue intrépido, qué obra has realizado en tan larga existencia, cuántas personas han saqueado tu existencia sin que tú te dieras cuenta de lo que perdías […]; entonces comprenderás que tu muerte es prematura. […] Vives como si fueras a vivir eternamente. Jamás te acuerdas de tu fragilidad, nunca reparas en cuánto tiempo se te ha ido ya. […] Todo lo teméis como mortales, todo lo deseáis como inmortales.

No es la primera vez que leo los diálogos de Séneca. Incluso alguna vez impartí una clase del diálogo titulado “Sobre la brevedad de la vida”. Pero ahora mi lectura la realicé en un estado de ánimo muy diferente, en donde mi susceptibilidad estaba especialmente interesada en los temas tratados por Séneca. Prueba de ello es la entrada que escribí sobre la vejez. La situación en la que me encuentro me remite directamente a atender las cuestiones que trata Séneca. ¿Para qué ansiar ocupar el tiempo con labores repetitivas?¿Para qué ansiar huir del ocio? Sólo el ocio dota al espíritu del tiempo necesario para alcanzar un estado fértil para crear una obra. Sólo el ocio nos sitúa en nosotros mismos, ajenos a las inquietudes y preocupaciones de la vida cotidiana, ajenos a las situaciones que laceran la mente sin acercarnos a nada en particular.

Regresando a Séneca, en todas las ocasiones que lo he leído he sentido que la belleza de sus palabras es la única justificación que requieren sus consejos morales. Recuerdo especialmente una ocasión en la que expuse un texto de Séneca ante un profesor que no se cansaba en denostar el valor de estos diálogos. Aunque, ciertamente, él admitía que estaban escritos prodigiosamente. Pues bien, ¡eso es todo lo que me importa! A mí no me interesa que Séneca, durante su vida, casi nunca haya obedecido lo que dictaban sus propios diálogos. Me parece irrelevante que Séneca haya sido uno de los hombres más ricos de Roma y estuviera sumergido en intrigas de poder, que no estuviera libre del comportamiento adulador e hipócrita que caracteriza a los cortesanos. Nada de eso me concierne a la hora de leer sus diálogos. Lo que se sabe correcto es independiente de lo que se hace, pues lo primero no causa lo segundo dado que somos criaturas libres (esto es, con libre albedrío). De manera que la vida de Séneca no es una refutación de su obra. Si el mismísimo Nerón o Calígula, en medio de sus tiránicas ejecuciones y orgías, hubieran escrito estos tratados, el valor de éstos permanecería tan constante como lo está con Séneca. Naturalmente, la persona del artista o la del filósofo no comparte la calificación de su obra ni sus actos están justificados por su belleza. El artista, en tanto que hombre, no se puede lavar las manos. Sin embargo, el hecho de que estos diálogos reflejan una idea de sabiduría y de comportamiento moral al que uno debería apuntar, es algo que considero una verdad absoluta.


  • Thomas Mann, La montaña mágica. Traducción de Isabel García Adánes.

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Maravillosa. Recorrer esta obra fue una de las mejores experiencias de mi vida. Hace poco más de seis meses terminé de leerla y ya contemplo el volumen, en mi librero, con la melancolía con la que se mira a los objetos más preciados de la niñez.

El escenario en el que tiene lugar la historia es, aparentemente, un simple centro de rehabilitación de tuberculosis que se encuentra en lo alto de las montañas suizas. Es un sitio especial, sin embargo; capaz de desprender a los hombres del tiempo propio de la civilización. Algunos relacionan este poder con la irresponsabilidad; otros, con la muerte. Y unos pocos más, con un estado de contemplación particular, requisito para alcanzar la sabiduría.

La novela es un universo en sí mismo, en donde la relación que hay entre la vida y el tiempo es la cuestión fundamental. Pero, ¿acaso no es ésa la relación más fundamental de todo universo relevante al hombre? Si quiero resumir esta obra en pocas palabras, sólo puedo decir demasiado poco.

Si uno lo desea, mientras lee, es posible sentir varias facetas del poder que se le asocian a la propia montaña mágica. Tan sólo diré que leer la novela de un tirón, en el espacio de pocas semanas, sería incorrecto. Ésta obra debe leerse con una cadencia serena. Se deben emular las propias reglas a las que el protagonista de la historia, Castorp, se ve arrastrado a obedecer al inicio de la novela. Entonces, después de algunos meses de haber estado sustraído del mundo, en un estado de contemplación muy especial, el lector regresará a la vida y a la realidad. Y probablemente se diga a sí mismo que, de haber sido la novela mucho más larga (digamos, del tamaño de En busca del tiempo perdido), uno nunca hubiera regresado.


  • Stephen Crane, Cuentos mexicanos. Traducción de Antonio Saborit.

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El sonido de una guitarra despertó a Richardson. Una guitarra mal tocada –precisamente en esta tierra mexicana, de donde los Estados Unidos reciben como perfume la leyenda de tal instrumento-. La guitarra gemía y lloriqueaba como alma en pena. El sonido de ciertas pisadas rítmicas acompañaba la música. A veces se oían risas, pero eran más frecuentes las voces de los hombres diciéndose cosas tremendas unos a otros; pero la guitarra no callaba, el sonido plañidero como si alguien golpeara metales y el bajo zumbaban como las abejas.

Se trata de una pequeña colección de cuentos que Crane redactó mientras visitaba México en 1895. Las historias retratan la propia situación del escritor en aquel entonces: tratan de jóvenes gringos que se encuentran de paso en tierras mexicanas. Y el interés que despiertan estos relatos es justo el que se esperaría: el contrastar las actitudes propias de los estadounidenses frente a las actitudes de los mexicanos. Por un lado, los estadounidenses son calculadores, ávidos de riqueza y plenamente convencidos de la superioridad del hombre blanco respecto a los hombres de otras razas; por su parte, los mexicanos son indolentes, perezosos y bravucones, aunque se les  ahuyenta fácilmente si se les mira con determinación.


  • Jane Austen, Sensatez y sentimiento. Traducción de José Luis López Muñoz.

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Elinor, después de observarlo algún tiempo, no se sentía inclinada a creer que fuera ni tan desagradable ni tan maleducado como quería parecer. Quizá su carácter se había amargado un poco al descubrir, como otros muchos varones, que, debido a una inexplicable debilidad en favor de la belleza, se había casado con una mujer muy estúpida, si bien Elinor sabía que se trataba de una equivocación demasiado frecuente para que ningún hombre sensato sufriera para siempre por ella. Era más bien un deseo de distinguirse, dedujo, el origen de la manera despreciativa que el señor Palmer tenía de tratar a sus semejantes y sus continuos improperios contra todo lo que se le ponía por delante. Deseaba parecer superior a los demás.

Antes que ser una novela, Sensatez y sentimiento es una especie de manual moral de comportamiento. Las intenciones pedagógicas de este escrito son demasiado obvias, o bien Austen no pretendía ocultarlas. Pero esto tiene como consecuencia que la narración adopte en muchas ocasiones el sobrio tono de una lección. La enseñanza, pese a todo, es impecable y se refiere a nociones de prudencia y carácter sobre las que estoy plenamente convencido de que debería cultivar. Pero las inflexiones didácticas se alejan de lo que cabría esperar de una novela genuina, principalmente en lo que se refiere a la autenticidad de sus personajes. Elinor y Marianne son como dos diosas griegas que están totalmente definidas por el aspecto del carácter que representan, la una a la sensatez y la otra al sentimiento. En contraste, un verdadero ser humano se caracteriza por la oscilación que involucra su comportamiento, y si bien prefiere una dirección a otra, nunca está totalmente proyectado hacia un solo punto. La oscilación humana, naturalmente, es inapropiada para los fines de un pedagogo. Pero hubiera deseado que Elinor hubiera tenido esos rasgos de humanidad. Soy un apasionado de los personajes femeninos fuertes. Y, siendo ella “tan sólo” una diosa, únicamente puedo venerarla como se venera a los ideales.


  • John Toole, La conjura de los necios. Traducción de J. M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez.

9788433920423

Una novela sobre los ridículos giros de la fortuna a los que se enfrenta el alter-ego del propio John Toole. En ese sentido, la historia parte de una perspectiva muy parecida a la de El tambor de hojalata de Günter Grass: Ignatius Reilly es a Toole lo que Oscar Matzerath es a Grass. Ambos personajes se enfrentan a la misma situación difícil que aquella en la que se encontraban sus autores; pero, a diferencia de éstos, consiguen escapar de ella con gracia. En ambos casos, los alter-ego tienen las mismas cualidades físicas de sus escritores, si bien llevadas hasta la exageración, incluso de una manera que uno consideraría, a primera vista, como una desventaja. Oscar es un enano contrahecho mientras que Ignatius es obeso y grotesco como un manatí. Pero, a pesar de su aspecto (incluso se podría decir que gracias a él), Oscar es un casanova irresistible e Ignatius es un quijote completamente seguro en su desdén por la sociedad y plenamente emancipado del deseo de requerir algo de ella. Así que, de cierta forma, ambas novelas son de superhéroes, pues no hay duda de que esas cualidades las deseaban para sí sus propios autores (¡y sus propios lectores, naturalmente!).


  • Franz Kafka, El proceso. Traducción de Miguel Sáenz Sagaseta.

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Probablemente no es la primera vez que leo El proceso. Digo probablemente pues ya no me fio demasiado de aquellas ediciones de Porrua o de Tomo que leí hace años.

Pensaría que, de entre las tres grandes distopías que se han escrito (1984 y Un mundo feliz son las otras dos; Fahrenheit 451 se encuentra a la entrada del podio), El proceso describe el escenario más asfixiante e injustificado para el individuo. Y ello es así a pesar de que Kafka sólo nos dejó con una gran cantidad de fragmentos de lo que pudo ser su trabajo final y muchos de éstos son totalmente discontinuos. Pero seguramente esa misma naturaleza inacabada de la obra amplifique el aspecto absurdo de las situaciones que se presentan y le otorgue a la novela un encanto paralelo al que tiene la Venus de Milo, que carece de brazos.

Se me podría discutir el hecho de que considere como una distopía a El proceso. Por mi parte, yo creo que uno de los elementos clave de toda distopía es el estar conformada por una estructura de poder (gubernamental o de otro tipo) que ha conseguido alienar efectivamente a los individuos que gobierna. Deshumanizarlos de tal manera que, de personas con voluntad, pasen a convertirse en animales dispuestos a arrastrarse en el fango con tal de conseguir el perdón de sus amos. Ahora bien, las distopías usuales (1984, Un mundo feliz) han alcanzado un estadio tecnológico y político en el que todavía no se encuentra nuestra sociedad, por más que continuamente se hayan dado pasos en esa dirección. En contraste, los elementos sociales actuales son suficientes como para construir el laberinto burocrático que permite el escenario de eliminación del sujeto que tiene lugar en El proceso. En otras palabras, El proceso es una distopía que ya ha sido alcanzada, a diferencia de las otras obras que he citado.

Está en un error Orson Welles cuando dice que El proceso recuerda a un sueño o a una pesadilla. Por el contrario, recuerda a la realidad efectiva que han construido aquellos que ostentan el poder institucionalizado contemporáneo.


  • Robert Graves, Yo Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina. Traducción (ambas obras) de Floreal Mazía.

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9788420698953

– ¿Ves eso? Eso es parte del máximo monumento que jamás se ha construido, y aunque monarcas como Augusto y Tiberio lo han acrecentado y mantenido en buen estado, lo construyó un pueblo libre. Y no me cabe duda de que durará tanto tiempo como las pirámides, además de haber resultado infinitamente más útil para la humanidad.

-No entiendo qué quieres decir. Parece que estuvieras señalando el palacio.

-Te estoy señalando la vía Apia- contesté con solemnidad-. Se comenzó a construir durante la censoría de mi gran antecesor Appio Claudio el Ciego. El Camino Romano es el más grande monumento que jamás se haya levantado a la libertad humana por un pueblo noble y generoso. Atraviesa montañas, ciénagas y ríos. Es ancho, recto y firme. Une ciudad con ciudad, nación con nación. Tiene decenas de miles de kilómetros de largo, y siempre está atestado de agradecidos viajeros. En tanto que la Gran Pirámide, de unas cuantas decenas de metros de ancho y de alto, atemoriza a los espectadores y los obliga a guardar silencio, si bien no es más que la tumba saqueada de un cadáver innoble y un monumento a la opresión y a la desgracia.

Yo, Claudio es una novela que tenía en mi lista de libros pendientes desde hace varios años, así que me alegra haberla terminado por fin. No sólo eso, sino que quedé tan seducido por ella que me leí Claudio el dios casi inmediatamente después. En estricto sentido, ambas obras deberían considerarse una sola. De hecho, no creo que uno pueda leer adecuadamente a Claudio el dios sin antes haber leído Yo, Claudio. Los segundos capítulos no se leen de manera independiente a los primeros, ni tampoco se venden por separado.

Ambas novelas son una verdadera alabanza a la civilización romana. Y Graves era un estudioso de los historiadores clásicos romanos, de manera que todas las afirmaciones y expresiones que tienen lugar en la historia tienen un referente y una evidencia histórica. No es que ello sea algo que necesariamente nos tenga que importar, pero es un detalle que revela la fascinación que tenía Graves por hacer hablar a uno de los emperadores romanos que, antes de esta novela, más causaba indiferencia. Por supuesto, la obra no intenta imitar el tono sobrio con el que escribían los antiguos, sino que está redactada a la manera anglosajona contemporánea. Personal y llena de sarcasmo y humor.

Naturalmente, como toda novela histórica (Salambó siendo, probablemente, el máximo exponente de éstas), el marco en el que se desenvuelve la narración es la tragedia: el fin de la república romana y el retorno de la monarquía/imperio se vuelve un terreno fértil para que tiranos dementes se sucedan en el poder.


  • Primo Levi, Si esto es un hombre. Traducción de Pilar Gómez Bedate.

9788499422886

Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y otro estado límite son de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud. Se opone a ello nuestro eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza y en el otro, incertidumbre del mañana. Se opone a ello la seguridad de la muerte, que pone límite a cualquier gozo, pero también a cualquier dolor. Se oponen a ello las inevitables preocupaciones materiales que, así como emponzoñan cualquier felicidad duradera, de la misma manera apartan nuestra atención continuamente de la desgracia que nos oprime y convierten en fragmentaria, y por lo mismo en soportable, su conciencia.

Se trata de las memorias de Levi sobre sus meses en el campo de concentración de Auschwitz.

A diferencia de lo que se esperaría, la obra no atiende al problema específico de la culpa alemana, sobre la que luego Levi parece haberse enfrascado en otros trabajos. Por el contrario, los alemanes casi están ausentes de esta narración, salvo algunas órdenes que se escuchan a lo lejos y que se tienen que obedecer en el acto. En realidad, de lo que trata la narración es de la descripción de un animal en el matadero; un animal que, en ocasiones, recuerda haber sido humano.

Y se supondría que no hay nada más difícil que cancelar la conciencia de un ser humano. Sin embargo, Auschwitz demostró que somos capaces de conseguirlo a través de mecanismos racionales, esto es, operando con una estricta puntualidad y exactitud alemana. Como decía, no hay expresiones de odio o de pasión rabiosa por parte de ningún verdugo en el libro. La “crueldad” (si es que habría que llamar de esa manera a la maldad que aquí se describe) se da de una manera automática y procesal.


  • Justo Sierra, La sirena y otros cuentos

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Lo que vais a leer no es un cuento, ni es una leyenda siquiera; es un poemilla muy lírico, muy “subjetivo”, es decir, muy del alma para adentro, si se me permite decirlo así (y aunque no se me permita), que en lugar de estar escrito en verso está compuesto en prosa lo más verso posible (si puede decirse así, que sí se puede).

Otra pequeña colección de cuentos. Su lectura no me atrapó demasiado, puesto que me encontraba de viaje mientras los leía. Me gustó, ciertamente, la manera en la que describe a las jóvenes que pueblan la mayoría de sus cuentos. Hace referencia a un estereotipo de belleza que hace mucho se ha eliminado del imaginario común; pero del que me declaro apasionado.

Entrevista a Chomsky. Sobre Estados Unidos, Trump, y el equilibrio de poder global.

Traduje una pequeña entrevista que se le hizo a Chomsky sobre las amenazas que se ciernen sobre el mundo ante el ya inevitable hecho de que Estados Unidos sea gobernado por Trump. Se habla también sobre el equilibrio del poder estatal entre las mayores potencias, sobre el poder corporativo y sobre la naturaleza de los tratados comerciales de tipo TLCAN o TTIP. (Naturalmente, cualquier uso desafortunado de palabras que encuentren en la traducción se debe más a mi, que al propio Chosmky).

Normatividad y arte

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¿Cuál es la relación entre el arte y la normatividad? ¿Qué tan aplicables son, en el arte, los conceptos de correcto e incorrecto; de bien y mal; de justificado e injustificado; de fines y medios? ¿Aspira el arte a abandonar los conceptos normativos a pesar de que sigan operando en sus obras? Como si la normatividad se agotara en un conjunto de leyes impuestas a favor del interés de un determinado grupo y el arte viniera a ser una suerte de impulso rebelde con el que uno intenta liberarse de esos compromisos. Como si el objetivo del arte fuera aliviarnos un instante del peso normativo con el que la sociedad nos agobia. Pues bien, lo que pretendo demostrar en esta entrada es que estos escrúpulos “anti-normativos” con los que algunos presentan al arte no son adecuados. Provienen de una noción poco acertada de lo que involucra la normatividad. La premisa que tiene que quedar clara para comprender mi punto es que la normatividad conforma la substancia de los actos humanos. La excepción serían aquellos actos que, en nuestra faceta animal, realizamos por instinto o por una necesidad fisiológica; y ya sería discutible el llamar “acto” a lo que ejecutamos obedeciendo impulsos inconscientes. El arte no se escapa de la normatividad, no porque la normatividad sea fatalmente ubicua; sino porque el propio arte, en tanto que acto humano (y la expresión “acto humano” es ya una especie de pleonasmo, pero no insistiré en esa cuestión otra vez), es ya normativo.

Anteriormente, definí un aspecto de la normatividad. Lo normativo no busca representar al mundo, es decir, no pretende describir cómo es, de hecho, el mundo. Más bien, lo normativo establece cómo debería ser el mundo. Traducido eso a los actos humanos, lo normativo se basa en la cuestión sobre cómo deberíamos actuar: ¿qué debería guiar nuestros actos? ¿Qué deberíamos buscar, qué debería interesarnos? ¿Y por qué? Ésta última pregunta es esencial pues exhibe un aspecto muy importante de la normatividad: lo normativo se encuentra siempre dentro de lo que algunos filósofos llaman “el espacio lógico de las razones”, es decir, un espacio en donde a uno se le exige que sea capaz de justificar lo que dice o hace. Esto es así puesto que lo normativo tiene la naturaleza de un compromiso. Si yo me comprometo, por ejemplo, a escribir seguido en este blog eso significa que tengo que ser capaz de enfrentarme,  desde ese momento, a una objeción por parte de los demás: ¿en qué medida he obedecido a mi promesa? ¿Y por qué me he comprometido a hacer esto y no otra cosa? Si yo me comprometo, no puedo permanecer indiferente a esas preguntas: si las ignorara, entonces mi compromiso se anularía automáticamente. Así son las reglas del juego de los compromisos: el sentido de un compromiso es que éste tiene que ser legitimado constantemente.

Lo normativo obedece a la misma naturaleza del compromiso: su valor no es automático ni está dado sino que requiere ser justificado de manera permanente. Si yo señalara directamente a la realidad y la describiera tal como es (si tal cosa es posible), el valor de mi descripción sería automático. Tal descripción estaría presentando hechos y de los hechos no se duda: si está determinado que las cosas son de tal manera, no vale la pena discutir sobre ellas. La normatividad, por el contrario, opera en un terreno muy diferente. Como no habla sobre cómo es el mundo sino sobre cómo quisiéramos que fuera el mundo (sobre cómo quisiéramos que fueran nuestros actos) entonces lo normativo no está jamás establecido de manera final. Podrá ser refrendado, podrá ser confirmado, podrá ser justificado. Si se hacen averiguaciones, podrían ustedes ver que he cumplido el día de hoy el compromiso con mi blog. Pero, al mes siguiente, encontrarán cómo las telarañas virtuales se han acumulado en él, consecuencia obvia de la falta de actividad. Sobre los compromisos recae siempre la sospecha de que no se cumplan. Asimismo, se me podría demostrar que este compromiso mío de escribir en un blog apenas y tiene sentido en estos días. Por ejemplo, se me podría señalar que el video blog ha tomado ahora las riendas de la comunicación pública del internet. Sobre los compromisos recae siempre la sospecha de que no sean correctos.

Ahora bien, ¿a qué tipo de actos y actitudes humanas cabría calificar como normativas? Lo típico es considerar que lo normativo por excelencia es el terreno de la legalidad estatal, de la moralidad, de los 10 mandamientos. Sin embargo, lo cierto es que lo normativo forma parte de la vida del hombre desde la propia utilización del lenguaje. Todo concepto es normativo en el sentido de que el uso de todo concepto presupone la validación de una visión particular del mundo. Naturalmente, hay muchas visiones del mundo que se enfrentan entre sí, de manera que, al utilizar determinados conceptos en oposición a otros, uno está implícitamente estableciendo como correcta cierta concepción del mundo en oposición a otras.

Robert Brandom pone un ejemplo muy característico para ilustrar esto: los apodos peyorativos. Durante la primera guerra mundial (tema que, como habrán visto, le he agarrado cariño), los aliados solían designar a los alemanes con el apelativo de “boche”. Al llamarlos de esa manera, querían dar a entender que los alemanes constituían una raza bélica y bárbara, entregada a la crueldad y a las matanzas indiscriminadas, como si fueran un hatajo de animales. En los tiempos del Imperio Romano, boche probablemente pudiera haberse aplicado correctamente sobre la población de los vastos territorios de Germania. Pero en 1914,  para un soldado aliado con un mínimo de cultura general, los nombres de Beethoven, Goethe o Hölderlin deberían tener un significado suficiente como para dotarle del conocimiento de que la generalización propuesta por boche era incorrecta. Esto significa que, si el soldado fuera coherente con sus creencias, debería evitar siquiera utilizar la palabra. No podría sencillamente sostener que los sujetos que se guarecen en la trinchera opuesta son boche mientras que Goethe no. Pues el sentido de boche designa a todos los alemanes y no sólo a algunos. Y lo mismo pasa si pretendiera que existen boches no crueles. Boche no sólo hace referencia a todas las personas de cierto lugar geográfico sino que también involucra una descripción de ellas. La única opción coherente que puede hacer alguien que niegue que todos los alemanes son crueles es la de dejar de utilizar el término boche. Algo similar ocurre con cualquier término peyorativo. En México, por ejemplo, se habla de los chilangos, refiriéndose a aquellos que nacieron en la Ciudad de México, pero también incluyendo una descripción a propósito de que todas esas personas gustan de hacer trampa, robar y hablan en un tono de voz hartante y pretencioso. Naturalmente, si yo creyera que esa generalización no es correcta, ni siquiera debería utilizar la expresión “chilango” (repito: si yo creyera que no es correcta).

Por supuesto, no sólo los insultos involucran descripciones a la vez que hacen referencias determinadas. En realidad, cualquier concepto es similar en el sentido de que su uso supone la subscripción de un conglomerado de compromisos. Al utilizar el concepto de “sedición”, por ejemplo, uno está asumiendo el compromiso de creer que es un delito incurrir en actos que promuevan la desestabilización del gobierno. Pero si yo creyera que todo gobierno, en esencia, representa una estructura institucionalizada de poder de la que se apropiaron injustamente unos pocos, entonces estaría siendo bastante contradictorio al usar un término como el de sedición. En estricto sentido, ese término ni siquiera debería formar parte de mi vocabulario, pues su sola mención presupone algo con lo que no estoy de acuerdo. Un anarquista al que se acusara de sedición no debería proclamarse ni inocente ni culpable. Debería, simplemente, negarse a responder.

Tenemos entonces que la tarea misma del uso del lenguaje es normativa. Utilizar un concepto implica tomar una posición, comprometerse, con la perspectiva particular del mundo contenida en ese concepto. Y el lenguaje depende completamente del uso de conceptos. La mayoría de las palabras no son otra cosa que la representación particular, por parte de un idioma específico, de un concepto. Por ello, toda comunicación lingüística se ve arrastrada al juego normativo de compromisos, de dar razones a quienes duden de nuestra coherencia con respecto a lo que creemos y lo que decimos. Ahora bien, ¿qué podemos decir del resto de los actos humanos? Pues tenemos que aceptar que no todo acto humano es lingüístico.

Angustiarnos, asombrarnos de la vastedad del cielo o del mar, pegar un puñetazo furioso, ceder a la voluptuosidad que provoca la forma femenina. Nada de ello se vincula necesariamente con la palabra oral o escrita. El lenguaje tiende a relacionarse con las pasiones, cierto; pero, en principio, pensaríamos que entre ambos existe cierto grado de independencia. Las pasiones son algo que se vive o se siente; no son algo que necesariamente se diga o se comunique. Para sentir, no es necesario hablar. ¿Pero acaso eso significa que, para sentir, no es necesario hacer uso de conceptos?

Todos los seres vivos son capaces de distinguir, clasificar y responder a los diferentes estímulos del entorno en el que habitan. No sólo los animales reaccionan a su ambiente. Una planta, por ejemplo, puede detectar que una especie de bacteria ha empezado a atacarla y, en respuesta, puede generar toxinas para eliminar al invasor. De la misma manera, podemos programar a una máquina para que produzca respuestas autónomas frente a un amplio abanico de eventualidades que pudieran obstaculizar su operación. Podríamos decir que, de cierta manera, todos los seres vivos y todas las máquinas que contengan algún mecanismo de inteligencia artificial “sienten” sin necesidad de utilizar lenguaje o conceptos. El “sentir” estaría definido como la capacidad para reaccionar de manera diferenciada ante estímulos previamente clasificados. Sin embargo, ésta manera de “sentir” es diferente al sentir que padecen los seres humanos.

Para el ser humano, las respuestas a los estímulos siempre pueden ser sometidas, y típicamente se someten, a una articulación conceptual. Ésa es una dimensión completamente nueva y muy diferente al mecanismo automático de acción y respuesta. El ser humano no sólo siente sino que articula (o trata de articular) conceptualmente su respuesta a los estímulos. Intenta entender lo que siente en términos de conceptos. Y, al hacer eso, desencadena toda la dimensión normativa que involucran los conceptos: al utilizar ciertos conceptos en oposición a otros uno se compromete con una visión específica del mundo. Eso supone entrar en la dinámica normativa propia del espacio de las razones, donde uno está obligado a justificar lo que dice o hace. ¿Por qué entiendo lo que siento de una determinada manera y no de otra? Una planta, un animal o una máquina no tienen que justificar nada. Ellos sólo responden a los estímulos y ya. Los actos del ser humano, en contraste, son incapaces de desprenderse totalmente de la dimensión normativa. Todo acto humano parece estar siempre en espera de una justificación. Incluso si, por un instante, un impulso animal provoca que un ser humano obre de manera inconsciente, aún entonces es imposible que deje de preguntarse posteriormente, cuando la borrasca de su consciencia se ha disipado, si acaso tal proceder era acorde con la manera adecuada en la que un hombre debería proceder.

Naturalmente, los conceptos envuelven muchas más cosas, más allá de la normatividad que implican. En primer lugar, van acumulando interpretaciones y relaciones a lo largo del tiempo. El uso que de un concepto se hace por parte de diferentes personas, de diferentes disciplinas, tiene como resultado que el concepto mute de manera insospechada. Esto significa que los conceptos, además de ser normativos, son históricos: acumulan sentido con el tiempo. Este sentido suele ser sumamente rico y lleno de matices. De manera que, al entender el mundo en términos de conceptos, el ser humano dota a su realidad de múltiples sentidos o, como acostumbra decirse, encanta a su mundo. El cielo estrellado, que para un animal o una máquina sólo reflejaría una señal temporal que propicie el detener las actividades, se relaciona para el hombre con ideas sumamente diferentes: la aspiración a la grandeza, la humildad ante la vastedad, el destino, los dioses, la muerte. Nociones todas que rebasan completamente el rango que necesitaría una simple relación de input/output, como las que tienen lugar en aquellos organismos no conceptuales.

El arte y la ciencia tienen su razón de ser en el mundo encantando que han dejado tras de sí los conceptos. El arte busca exhibir tal encantamiento. La ciencia (me refiero a sus versiones más reduccionistas) busca desencantarlo. Pero ambas disciplinas se encuentran en el espacio nacido gracias a la manipulación conceptual humana. Ambas disciplinas podrán pretender rechazar toda preocupación normativa: ¡El arte está más allá del bien y del mal! o ¡Cuando la ley frena la investigación científica; tanto peor para la ley! Sin embargo, ello no evita que ellas se encuentren igualmente en el mismo espacio de las razones, suplicando a sus espectadores: –Por favor, vean al mundo de esta manera; ¡es mejor así!-

Notas:

1- El ejemplo que presenta Robert Brandom sobre los apodos peyorativos se encuentra en el cuarto capítulo de su libro Reason in philosophy, animating ideas, publicado en el 2013 por Harvard university press.

2- La imagen que utilicé para presentar esta entrada corresponde a un congreso que se realizó hace tiempo sobre el idealismo alemán. Me pareció muy acorde a lo que aquí quería presentar.


Post scríptum (nota de autoconsciencia): El mundo, envuelto en llamas, y yo aquí, en el juego y en lo abstracto (no es un lamento; es un alarde).

La premeditación de la guerra

En julio de 1914, las potencias europeas se encontraban al borde de la guerra. Era una conflagración que todos los líderes deseaban. Es falso pensar que la guerra tomó por sorpresa a las naciones o que ellas, en contra de su voluntad e impulsadas automáticamente por un sistema de alianzas, se vieron repentinamente arrastradas al conflicto. Por el contrario, las potencias europeas habían estado aguardando impacientemente por cualquier acontecimiento que pudiera funcionar como casus belli, término latín que es, realmente, un eufemismo; se refiere al deseo de los dirigentes de un país por encontrar una excusa que les permita dirigir a la masa de personas que conforma su pueblo contra los estados vecinos sin que ello signifique, al mismo tiempo, un enfrentamiento contra la opinión interna.

Por supuesto, nadie duda de que una premeditación perversa llevó a Alemania a declarar la guerra. Por otro lado, el relato que los historiadores hacen de la primera guerra mundial tiende a presentar como una cuestión debatible el que hubiera predisposiciones bélicas en Gran Bretaña. Lo cierto, sin embargo, es que ni la declaración de guerra alemana ni la británica fueron automáticas: ambas obedecían a un proyecto calculado que tenía como objetivo arruinar a la potencia opuesta.

Los líderes industriales y políticos de Alemania encontraron un pretexto bastante eficaz en el asesinato del archiduque Francisco Fernando. Bastante más endeble había sido el subterfugio que habían fabricado durante las crisis marroquíes de 1905 y 1911, dilemas todos que se solucionaron ofreciendo paliativos a Alemania. El asesinato del archiduque austriaco, por el contrario, era un buen pretexto puesto que se trataba de un acontecimiento en una región en la que Francia y Rusia tenían compromisos a pesar de no contar con ninguna clase de control. Por consiguiente, eran incapaces de ofrecer algún sedante que paralizara la situación. Pues de esa naturaleza habían sido las soluciones que las potencias antagonistas a Alemania habían ofrecido en Marruecos; tan sólo bálsamos que para nada aliviaban los problemas fundamentales que interesaban a los dirigentes alemanes: ¿dónde colocar las altas tasas de natalidad e industrialización de nuestro país? ¿Qué hacer en contra de la amenaza rusa frente a la que día a día perdemos ventaja? ¿Cuándo aplastar de una vez por todas a Francia, la nación a la que perdonamos la vida en 1871? Y, lo más importante, ¿cómo convertir a nuestra nación en una potencia colonial y soberana; una que imite al imperio que ha construido Gran Bretaña? Pues, al final de cuentas, Alemania no hacía otra cosa que obedecer el ejemplo trazado por el mejor estado industrial capitalista, es decir, Gran Bretaña: un país que generaba riqueza no sólo gracias a las fuentes de producción internas, sino principalmente a partir del sangrado de los satélites coloniales. Alemania, sin embargo, había llegado demasiado tarde al reparto colonial. En realidad, ese retraso es la base de la “tragedia alemana” y, por ello, la causa fundamental de las dos guerras mundiales: fue la idea misma del “imperio industrial ultramarino”, cuyo referente era Gran Bretaña, la que provocó la guerra; el mundo no es lo suficientemente grande como para que dos imperios de esa escala lo ocupen.

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Pero, sin considerar mayores abstracciones, ¿en qué medida la declaración de guerra británica podría considerarse tan premeditada como la alemana? La respuesta está en Bélgica. Los líderes británicos entendieron perfectamente, en el siglo XIX, que un territorio ubicado entre Francia y la Confederación Germánica constituía un enclave que funcionaba como llave de las aspiraciones expansionistas de cualquiera de las potencias de Europa. Así lo comprendieron incluso antes de que naciera Alemania (pues, realmente, Alemania como nación apenas empezó a existir a partir de 1871, gracias a la derrota francesa en la guerra franco-prusiana). Bélgica, que se había independizado de los Paises Bajos en 1830, constituía precisamente el territorio que interesaba a los británicos. Al refrendar la independencia y la neutralidad belga, Gran Bretaña obtuvo el pretexto ideal para involucrarse militarmente en contra de toda nación europea que tuviera la pretensión de apropiarse de la hegemonía de Europa Continental. Más concretamente, al garantizar la independencia de Bélgica, los líderes británicos previeron a la perfección el plan Schlieffen.

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El plan Schlieffen, desarrollado por el general Alfred von Schlieffen, era un modelo de guerra que pretendía dar la victoria a Alemania en una guerra de dos frentes en contra de Rusia y Francia. Se basaba en la idea de que, para triunfar, Alemania debería contener a uno de sus rivales y derrotar rápidamente al otro, en lugar de organizar dos ofensivas simultáneas. Así, una pequeña fracción del ejército se dedicaría a proteger las fronteras orientales alemanas frente a la amenaza rusa, mientras que el grueso del ejército se emplearía en una maniobra envolvente que exterminaría a los ejércitos franceses. Una vez aplastada Francia, Alemania podría dirigirse en contra de Rusia con la tranquilidad de tener tropas mejor entrenadas y equipadas. Ahora bien, la invasión de Francia debería cumplirse de la manera más expedita posible y, para ello, el plan Schlieffen consideraba que era totalmente indispensable violar la neutralidad belga. Se consideraba que, siendo Bélgica un país sin aspiraciones bélicas, las fronteras francesas se encontrarían prácticamente desmilitarizadas. Un ejército que ingresara rápidamente por el territorio belga podría, haciendo un uso óptimo del sistema ferroviario enemigo, rodear a los ejércitos franceses que, muy probablemente, estarían enfrascados en recapturar las antiguas provincias que los alemanes les habían arrebatado en 1871. Pues bien, todos los presentimientos del plan Schlieffen resultaron correctos cuando la guerra estalló en 1914: La frontera franco-belga se encontraba, en efecto, indefensa, y la masa del ejército francés avanzaba infructuosamente sobre las fronteras de Alsacia y Lorena. Pero no habían sido los generales alemanes los únicos que habían pronosticado ese estado de cosas.

Las razones por las que falló el plan Schlieffen en 1914 (y por las que, a su vez, funcionaría perfectamente en 1940) son motivo de amplias discusiones entre los historiadores de la guerra. Pero lo que aquí me interesa resaltar es la astucia formidable y maquiavélica de los líderes británicos, que presagiaron, acertadamente, que para que Francia o Alemania adquirieran la hegemonía de Europa Continental y, por lo tanto, pusieran en peligro la propia supremacía del imperio británico, estaban obligadas a violar la neutralidad de Bélgica. De manera que, al garantizar la independencia belga, Gran Bretaña se aseguraba un casus belli en contra de cualquier potencia que aspirara a hacerse con el control europeo. Y ello a pesar de que ninguno de los territorios británicos estuviera, en estricto sentido, inmiscuido en dicha guerra.

Naturalmente, lejos de la política británica estaba toda cuestión moral o ética sobre la importancia de respetar la neutralidad de un país. Como prueba de ello, un año más tarde (1915), Gran Bretaña ignoró completamente la neutralidad de Grecia al desembarcar tropas en Salónica. Al final de cuentas, la cuestión de la neutralidad belga era simplemente propaganda para impulsar a la opinión pública británica a favor de la guerra. Todo lo cual había sido, por otro lado, fríamente premeditado.

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La mejor posición que puede tener un agresor ante la opinión pública es la de apropiarse de la apariencia de que él es el atacado. Así, por ejemplo, durante la segunda guerra mundial, Estados Unidos tuvo que sacrificar varios acorazados en Pearl Harbor para obtener un casus belli adecuado que le permitiera ingresar en la guerra. En contraste, en la primera guerra mundial, Gran Bretaña no tuvo que arriesgar ni un solo barco ni un solo hombre para hacerse de la excusa bélica que la llevaría a frenar las aspiraciones alemanas.

NOTA BIBLIOGRÁFICA:

Me he apoyado e inspirado en estos libros/canales al escribir esta entrada:

Martin Gilbert, La primera guerra mundial, Alejandra Devoto, traductora.

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Peter Hart, La gran guerra, Juan Rabaseda y Teófilo de Losoya, traductores.

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El maravilloso canal de youtube The great war.

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El sentido de la historia

La historia jamás ha tomado una dirección altruista. Establecer lo contrario es propaganda.  Y no hay mejor propagandista que el ingenuo; aquel que ha sido cautivado por el entusiasmo con el que se canta la epopeya épica. Ingenuo es quien, parafraseando a Walter Benjamin (1), enaltece a los grandes nombres y cede a la natural empatía que provocan los victoriosos.

Un asesino no es ni demente ni absurdo. Es un ser racional cuyos actos  son aconsejados por la premeditación. ¿Qué importa si “la pulsión de muerte” tiene un origen inconsciente o subconsciente? Para satisfacer ese impulso se requiere de una planeación completamente consciente.  La historia, también asesina, tiene el mismo propósito; obedece a la misma “pulsión de muerte”. Y, del mismo modo, su objetivo sólo se alcanza a partir de una planeación racional. Esa racionalidad consiste en configurar a la realidad como subordinándose a un mecanismo de vencedores y vencidos. A partir de allí, toda ruina o cadáver tiene una explicación causal.

La realidad se constituye debido a que las relaciones sociales convergieron en ese punto. Y ese punto no es arbitrario, sino racional. Lo que es real es racional, decía Hegel. Pero hace mucho que la racionalidad perdió esa identificación pos-socrática de ser “buena”:

En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, [el ángel de la historia] ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. (2)

 

Paul Klee: <i>Angelus Novus</i>, 1920

La epopeya épica es propaganda. Su fundamento es el maquillaje. Para embellecer es necesario ocultar. Intuir el rostro real que se oculta detrás de esos rizos premeditados produce un espasmo de terror. Pero una fría reflexión debería rápidamente convertir el terror en indignación: la maldad es banal. Procesal. Sus víctimas no han sido indiscriminadamente seleccionadas ni sus actos son azarosos. Opera causalmente.

Entre más poderoso es el hombre cuyo nombre se pregona, más han obedecido sus actos a un automatismo. Las relaciones sociales en las que se ha visto inmerso así lo requieren. El hombre poderoso a menudo cancela completamente su libre albedrío. Como escribía Lev Tolstoi (3), un impulso irresistible manipulaba a Napoleón al obligarlo a romper los dientes de su ejército en Moscú después de haber obtenido la victoria pírrica de Borodino.

Ni el rostro que oculta la epopeya épica es el de la gloria ni los actos del hombre poderoso son propios de los atributos de un hombre admirable. Establecer lo contrario es propaganda.

Notas:

  1. Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, edición y traducción de Bolívar Echeverría, tesis MS-BA 447 y 1094.
  2. Ibíd., tesis IX.
  3. Lev Tolstoi, La guerra y la paz, Capítulo décimo.

Civilization sofisticado

De entre todos los géneros de videojuegos, uno de los que más me apasiona es el de la simulación histórica. La premisa es simple: uno toma el control absoluto de las decisiones de un país (o de una estructura política más amplia, como puede ser, por ejemplo, una alianza de naciones) y, a través de una línea del tiempo acelerada, guía a ese estado de manera que, al final del juego, se cumpla algún objetivo premeditado, típicamente, el de la conquista militar de todo el mundo. El tema me entusiasma demasiado: uno puede cambiar la historia, decidir de manera diferente en los puntos de inflexión, ver cómo los vencidos se convierten en vencedores o ver cómo los vencedores evitan la decadencia. Ver a una Roma que llega incólume a la Edad Media, un imperio mexica que resiste al invasor europeo, o una Alemania Nazi que domina la totalidad del globo; todas ésas son situaciones que me resultan muy inspiradoras. Sin embargo, desgraciadamente, hay un límite que decepciona en un grado importante a todas esas ilusiones: hasta ahora, todos los videojuegos de simulación histórica que conozco (y he jugado bastantes, Civilization, Europa Universalis, Empire Earth, etc.) obedecen a una noción muy ingenua de lo que es la historia universal. Todos adoptan una visión muy inocente del concepto de progreso. Todos se sienten irresistiblemente atraídos a presentar una imagen triunfal de Occidente. Todos se adhieren ciegamente a la idea rectilínea del determinismo histórico.

En este punto se me podría discutir sobre la pertinencia de lo que aquí estoy tratando ¿Acaso los videojuegos persiguen otra cosa que divertir? Pues bien, ¡qué objeción más absurda! ¿Acaso el tener una idea más sofisticada de la historia supone que el juego será menos divertido? Como tengo el propósito de demostrar aquí, un juego menos ingenuo (históricamente hablando) sería mucho más divertido, mucho más imaginativo, que un juego cuyo límite conceptual sea el del determinismo.

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El indeterminismo histórico es una cuestión que ya traté en mi anterior entrada sobre el debate SETI y se resume en la afirmación de que no existe ningún camino que conecte necesariamente a la inteligencia con algún concepto tecnológico en especial. Es decir, para el indeterminismo histórico, la inteligencia no se guía por una ruta autónoma que privilegia ciertos caminos con respecto a otros. Por el contrario, toda concepción humana surge a raíz de una intrincada alineación de factores, muchos de los cuales obedecen a complicadas relaciones sociales, históricas o incluso geográficas, entre las que se inmiscuyen otro tipo de acontecimientos todavía más aleatorios como las sequías, los terremotos, las epidemias, el nacimiento de genios, etc. Toda esta complejidad, sin ser necesariamente azarosa, es mucho más difícil de predecir que el resultado de una ruleta.

En el videojuego Civilization (la versión IV es mi favorita, pero he jugado todas sus iteraciones, con excepción del III), un jugador escoge una civilización y comienza la partida conociendo únicamente una tecnología básica, que puede ser, por ejemplo, la tecnología de la “caza”. Esa tecnología conforma una rama de un inmenso árbol tecnológico que el jugador poco a poco va conquistando de manera que, si juega durante suficiente tiempo y consigue hacer prosperar su civilización, el jugador finalmente descubrirá la tecnología de “la radio”, la tecnología de “la comunicación masiva” y la tecnología de “computadoras” (la última de las cuales nos permite construir la maravilla del Proyecto SETI, que duplica la capacidad científica de la ciudad en la que se construye).

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Ahora bien, para alguien que negara el indeterminismo histórico, el árbol tecnológico de Civilization representaría una forma rudimentaria que podría esquematizar históricamente el descubrimiento tecnológico de las civilizaciones. Obviamente ese árbol está muy simplificado y no toma en cuenta toda una serie de tecnologías fundamentales que debieron adoptarse antes de que se pudieran descubrir las radiocomunicaciones. Sin embargo, en esencia, así es como funcionan las cosas para quien niega el indeterminismo histórico: primero se descubren tecnologías “básicas” como la caza, la agricultura o la rueda. Ellas dan paso a tecnologías más avanzadas como el dominio del bronce o del hierro, la escritura, el calendario, la navegación…y después de que transcurra suficiente tiempo y los bloques del árbol tecnológico se vayan llenando, finalmente la civilización llegará al concepto de espectro electromagnético y, gracias a él, finalmente se podrán construir radiotelescopios.

Pues bien, es interesante observar cómo se habla en este caso de un “árbol tecnológico”. Lo cierto es que se contradice la idea de árbol cuando se pretende que el conjunto completo del árbol tecnológico necesita construirse si se espera continuar avanzando en él. Más que un árbol, lo que tenemos en este caso es una suerte de cadena “ramificada” que, a pesar de construirse por etapas, involucra al final de cuentas una sola línea: la línea de los descubrimientos alcanzados por la civilización occidental.

Pongamos el ejemplo en los términos del propio Civilization. Yo elijo a los (mal llamados, por otra parte) aztecas y se da la casualidad que comienzo mi civilización en una isla enorme pero totalmente aislada del resto del mundo. Pues bien, ocurre que, si manejo mis recursos adecuadamente, soy capaz de construir, al finalizar el juego, una nación llena de rascacielos, cuyas costas están defendidas por infinitas escuadrillas de submarinos nucleares y cuyos debates políticos han quedado reducidos a una discusión entre demócratas y republicanos. De hecho, no es que sea “capaz” de construir una civilización así. Más bien, se trata de que no hay otro camino posible por el que pueda optar. No hay espacio para rutas alternativas. El juego no te da siquiera la posibilidad de plantearte algo así. De manera que, al finalizar la partida, todas las civilizaciones que pueblan el mapa son idénticas. Todas tienen rascacielos, todas se defienden con submarinos nucleares y todas basan su política en un sistema bipartidista democrático.

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Pero si, por el contrario, ante nosotros tuviéramos un verdadero árbol tecnológico, observaríamos cómo la mayoría de las ramas conducen a caminos que se salen totalmente del caudal que converge, finalmente, en un concepto dado, por ejemplo, en la idea de espectro electromagnético. Es dudoso esperar que el cultivo de una rama de desarrollo tecnológico nos lleve a los mismos resultados que los que se alcanzan por medio del desarrollo de otra rama. Lo que sí podría esperarse es que el contacto (el diálogo, la conquista militar o cultural, etc) entre distintas civilizaciones que cultivan distintas ramas tecnológicas produzca una nueva rama híbrida, totalmente inconcebible si hubiéramos limitado nuestro estudio a partir de una única rama. Pero dos ramas diferentes, cultivadas por culturas que nunca se ponen en contacto, probablemente nunca desemboquen en una misma tecnología.

¿Qué significaría estar enterado de la importancia del indeterminismo histórico en Civilization? Desde mi punto de vista ello supondría, justamente, encender nuestra imaginación y nuestra ilusión. Significaría que mi cultura azteca propondría modelos específicos de civilización. Que mi religión, basada en el sacrificio humano, habría adoptado formas más sofisticadas de organización. Que mi tecnología de agricultura basada en chinampas habría necesitado ser modificada de alguna manera para satisfacer las necesidades de una población en aumento. Significaría qué la concepción de guerra flórida que mi civilización practica cambiaría de maneras específicas conforme mi imperio incrementa su tamaño. Nadie dudaría de la divinidad de mi tlatoani y eso seguramente daría lugar a la creación de nuevos logros literarios y arquitectónicos (con el consiguiente desarrollo tecnológico que eso supone).

Significaría que cada civilización tendría un árbol tecnológico específico que dependería de varios factores como, por ejemplo, la ubicación geográfica en la que se inicia. Significaría que en ese árbol existirían ramas de tal independencia que nunca se conectarían con ninguna otra y que provocarían que su cultivo conduzca a mi civilización por un camino muy específico y propio. Significaría que, al final del juego, las civilizaciones resultantes que dominen el globo siempre tendrían una forma original y diferente que el de finalizar perpetuamente como una agrupación de ciudades enormes, llenas de rascacielos, con submarinos nucleares y sistemas políticos bipartidistas. Por supuesto, construir una civilización occidental es divertido. Pero deja de serlo si me siento obligado a construirla. En ese sentido, un Civilization que intentara emular el indeterminismo histórico sería mucho más divertido que uno que obedece siempre a una misma línea.

Se me podría objetar: ¿cómo podemos saber de qué manera se habrían desarrollado los “aztecas” de no haber llegado los españoles? Pues bien, se tiene que recordar que esto se trata de un videojuego. Es un terreno abierto a la imaginación. Y la imaginación no tiene por qué detenerse en la estructura de la civilización occidental. Los programadores de videojuegos deberían observar la historia desde perspectiva más abarcante que el de la mera sucesión de acontecimientos que van en una dirección.

Ahora bien, realmente hay un motivo por el que los simuladores históricos cometen el desatino de obedecer ciegamente una idea de determinismo histórico. Ocurre que la propia historia universal, de la que beben directamente esos simuladores, es determinista. Concepciones históricas alternativas como, por ejemplo, la que presentó Walter Benjamin en Tesis sobre la historia, siempre han sido perezosamente (o interesadamente) relegadas. Es mucho más complicado ver a la historia, no como una cadena de acontecimientos triunfales, sino como un camino de deseos, lenguajes e ilusiones múltiples y contradictorias que provocaron que, al final, se configurara una realidad de vencedores y vencidos. La historia universal, dice Benjamin, ha partido siempre desde una idea de “empatía con el vencedor”. Se pretende que, si el vencedor consiguió la victoria, ello es así porque estaba en lo correcto, o bien, por que algo de lo que practicaba era lo correcto. Porque ése es el camino de la civilización, del progreso. La victoria es, para la historia universal, épica. Un esfuerzo inaudito por parte de unos que, habiendo entendido su propósito en la existencia, someten a los demás y los encausan en el camino correcto. La idea de la civilización occidental no es simplemente una idea entre muchas; por el contrario, es la IDEA. Es la ruta dorada. O la espiral dorada. O el espíritu absoluto. O la razón de ser de las cosas. O la pesada carga del hombre blanco. Veo, por ejemplo, en un video de Kurzgesagt, la hipótesis de que las guerras se terminarán cuando todas las naciones del mundo sean democráticas (¿anglosajonamente democráticas querrá decir? ¿O democracias que sufren el proteccionismo anglosajón mientras que permiten que el libre cambio arruine a su mercado?). Cuando una sola idea se coloque sobre las demás. ¡Ésa será la gloria, el fin de los tiempos! Por el contrario, detrás del deseo de imponer esa idea se esconde la misma estructura de vencedores y vencidos que, desde siempre, ha configurado la realidad. Se trata de una historia de catástrofe, de muerte y depravación que, en palabras de Benjamin, “no se puede observar sin espanto. Su existencia no se debe sólo al esfuerzo de los grandes genios que lo crearon, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos”.

¿Cómo podría realizarse un simulador histórico que tomara en cuenta las tesis sobre la historia de Benjamin? Ese simulador no tendría reparos en mostrar toda la cara oculta de la historia “épica” que otorga la victoria. Se tiene que presentar de la manera más sobriamente cruda posible al colonialismo europeo. A las prácticas caníbales. Al acto de no dejar piedra sobre piedra en Cartago, a la esclavitud de tus rivales, etc. Ser políticamente correctos y evitar hacer mención de las masacres que estuvieron detrás de la grandeza de nuestras civilizaciones sería, justamente, entender las cosas como meramente triunfales. Como meramente lineales. Como no suponiendo contradicciones inmensas entre lo que se dice y lo que se hace.

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Pero, se podría contestar, entonces dejaría de ser un simulador divertido. ¿Pero acaso resulta divertido tergiversar nuestros actos, no darles el nombre que merecen? Me parece un esfuerzo, por lo demás, agotador, sofísta, de lo más aburrido. Además, pretender que un juego histórico consciente de la crueldad no sería divertido es una afirmación propia de alguien que desconoce el mundo de los videojuegos.

Pero todavía queda una objeción más a mi versión sofisticada del Civilization: el mercado principal de los videojuegos está conformado por las familias de protestantes blancos norteamericanos que nunca aceptarían comprar un juego así. Bueno, ésa es una objeción que definitivamente no puedo contestar.

Dos ateísmos

“Dios” se trata de un concepto esencialmente normativo; no es un concepto representacional. De manera que, cuando Richard Dawkins o Stephen Hawking enfocan el debate del ateísmo en el problema del diseño y declaran que la potencia creadora de Dios resulta innecesaria para la existencia de la realidad material, no se están concentrando en la cuestión principal del ateísmo. La tradición ateísta más importante, aquella que adquirió su fuerza principal durante el siglo XVIII, con autores como el marqués de Sade, el baron de Holbach o Denis Diderot, era plenamente consciente de que el problema de Dios no era una cuestión ontológica o metafísica; era, por el contrario, un problema moral: si existe Dios, ¿cómo es que la maldad ahoga a este mundo?

Pero, antes de continuar, tengo que dejar clara la diferencia entre el par de términos con los que inicié esta entrada y cuya confusión ha provocado la deriva cientificista del debate ateísta.

Se define como concepto representacional a todo aquel concepto que tiene un referente material o físico. Así, el concepto “silla” tiene como referente a los objetos físicos que bien conocemos. O el concepto “lucero de la mañana” tiene como referencia al planeta Venus. Por su parte, el concepto “electrón” tiene como referencia a un objeto que resulta inobservable pero que, en todo caso, podemos manipular de cierta manera para provocar ciertos efectos físicos. En contraste, los conceptos normativos tienen la peculiaridad de que no son materiales ni manipulables y, además, presuponen la existencia de un sujeto que los aplique. Ello es así puesto que su función no obedece al objetivo de representar al mundo, es decir, de pretender explicar o describir cómo es el mundo realmente; por el contrario, el propósito de los conceptos normativos es el de exhibir una imagen deseada de la realidad, es decir, buscan prescribir cómo debería ser el mundo. Por ejemplo, el concepto de “Justicia” se utiliza para prescribir cómo deberían ocurrir ciertos sucesos para que los consideráramos justos. Naturalmente, el adjetivo de “justo” o “injusto” puede utilizarse para calificar a una situación dada de la realidad. Pero esa situación no será justa o injusta en sí misma, sino que tal valoración depende, por una parte, de que exista un sujeto que pueda evaluar a la situación de una u otra manera y, además, de que ese sujeto tenga un planteamiento general sobre lo que debería involucrar la justicia. Si determináramos, por ejemplo, que el bando aliado actuó con justicia durante la segunda guerra mundial, ese juicio cambiará si evaluamos de nuevo la historia y le damos un mayor papel al bombardeo de Dresde o al de Hiroshima. Pero eso revela precisamente que el sentido del concepto de justicia permanece fijo y que la actuación del bando aliado, al replantearse, es incapaz de conservar el juicio normativo que anteriormente se había ganado. De manera que los conceptos normativos tienen siempre un grado de autonomía respecto a cómo se susciten, en realidad, los acontecimientos. Así, si los acontecimientos se revelan diferentes a como los deseamos, eso no cambiará nuestra consideración sobre lo que es la justicia.

Por supuesto, los conceptos normativos no son sólo conceptos morales. También tienen una categoría normativa conceptos como “racionalidad” o “belleza”. O, regresando al concepto que aquí me interesa, “Dios”. ¿Cómo es que “Dios” es un concepto normativo y no representacional? Tengo dos razones para decir eso. Por un lado, el referente de “Dios” no suele caracterizarse como observable o material y, ciertamente, no se considera una entidad manipulable. Los creyentes pueden implorar o desear una intervención divina, pero no pueden garantizarla: si Dios tiene voluntad, entonces sus actos no están constreñidos por una ley de causalidad. En realidad, esa característica de apartarse de las relaciones causales es común a todos los referentes de los conceptos normativos. El referente de un concepto normativo nunca puede causar un efecto: sólo se relaciona con una aspiración a que dicho efecto tenga lugar. Volviendo a la justicia, ésta es incapaz de provocar que los eventos se vuelvan justos; sólo ofrece una prescripción al respecto; se trata de una recomendación que tanto podemos obedecer como ignorar. Los términos normativos se alejan de la imposición causal en la medida en la que los sujetos tienen libre albedrío. En contraste, el referente de un concepto representacional siempre es manipulable. El electrón, por ejemplo, sometido a condiciones precisas, siempre se comportará de determinada manera y siempre producirá un determinado efecto. Mientras tanto, ya podemos predicar durante una eternidad el concepto de justicia mientras las chimeneas de Auschwitz continúan humeando.

Pero el motivo más importante para considerar a “Dios” como un concepto normativo se debe al uso explícito que se le da. Funciona, principalmente, como fundamento de la propia normatividad. “Si Dios no existe, tampoco existe la virtud o no sirve para nada” decía Dostoyevsky en “Los hermanos Karamazov”. Dios sería el medio que, por un lado, establece cuál es la definición absoluta de los valores de la normatividad y, por el otro, juzga sobre el veredicto que merece respetar o infringir esos valores. Dios asume la figura básica de la civilización desde los tiempos de Ur-Nammu: la de un juez cuya prescripción legal y capacidad de sentencia da sentido y orden a la sociedad. Su papel es el de dar respuesta a toda la discusión ética: ¿cuáles son los valores normativos y por qué hemos de obedecerlos?  De manera que es una equivocación pensar, como lo hacen Dawkings o Hawkings (por mencionar a un par de autores del giro cientificista del debate ateísta contemporáneo), que el interés principal para postular la existencia de Dios se debe a una preocupación por encontrar una causa primera de la realidad física o biológica. Si “Dios” fuera un concepto representacional, desde luego que se reduciría a eso. Pero ocurre que el verdadero propósito del concepto está muy alejado de eso.

Como escribe Kant en la Crítica de la razón pura, argumentar la existencia de Dios desde el terreno de la causalidad (o de la razón) no es más que un ejercicio infructuoso y lleno de falacias. Todos los argumentos racionales que se han establecido para demostrar la existencia de Dios (argumentos que Kant reducía a únicamente tres: ontológico, cosmológico o físico-teológico) no son sino un conglomerado especioso y sofista que sólo ha hecho perder el tiempo a los grandes pensadores que, desde la época presocrática, se han dedicado a ellos. Pero lo mismo ocurre, naturalmente, con aquellos pensadores ateos que, como Dawkings o Hawkings, pretenden demostrar la inexistencia de Dios argumentando desde ese mismo terreno racional. Lo cierto es que toda esa discusión metafísica es un completo despropósito puesto que, al final de cuentas, nadie ha creído nunca en Dios desde el terreno de la racionalidad. La creencia en Dios se ha hecho siempre desde el terreno normativo, desde el campo de la esperanza: “quisiera que este mundo fuera así”. Se cree en Dios puesto que, de no existir, esta vida no tendría ningún sentido. “Si Dios no existiera, habría que inventarlo”, insistía nuevamente Dostoyevsky en la obra que cité anteriormente. Tal es el motivo principal por el que “Dios” es un concepto normativo y no representacional: es la fe y no la causalidad la que establece a su referente.

Ahora bien, el enfrascamiento que Dawkins o Hawking tienen en contra de la eficacia causal de Dios no representa la postura ateísta más importante. ¡Por supuesto que no! Si dedicarse a la vana discusión del argumento del diseño fuera el único interés que los ateos tienen alrededor del concepto de “Dios”, entonces no habría ateos. Todos serían, o creyentes, que depositan su esperanza en la existencia de Dios, o agnósticos, que dejan de lado la cuestión de la esperanza y son incapaces de dar una respuesta definitiva al argumento del diseño. Pero ésa no es para nada la situación ideológica del ateísmo. La tradición genuina del ateísmo reconoce que el concepto de Dios es normativo y lo ataca en sus mismos términos. El ateo combate los motivos mismos para tener una esperanza en la existencia de Dios. “¿Me está diciendo en serio que este valle de lágrimas tiene un sentido? Si eso es lo que realmente cree, es el sentido de una mente débil, perversa y despiadada”. El tono que usa el ateo para negar a Dios suele ser lúgubre y estar lleno de interjecciones. Eso se debe a que el ateo es, al menos inicialmente, un ser decepcionado. No es extraño que sus pronunciamientos los haga en un tono de irritación o, incluso, al borde de un episodio psicótico. Pero acusarlo de ser un pusilánime sería absolutamente injusto. Sería la posición de un sujeto que, desde la comodidad que ofrece la ficción de que las bases de su vida no están puestas en entredicho, acusa.

Escribe, por ejemplo, el marqués de Sade en Filosofía en el tocador:

Fragonard el cerrojo 1778

¿Qué veo en el Dios de ese culto infame a no ser un inconsecuente y bárbaro que crea hoy un mundo de cuya construcción se arrepiente al día siguiente? ¿Qué veo sino un ser débil que jamás puede hacer que el hombre se pliegue a lo que él querría? Esta criatura, aunque emanada de él, le domina; ¡puede ofenderle y merecer por ello suplicios eternos! ¡Qué ser tan débil ese Dios! ¡Cómo! ¿Ha podido crear todo cuanto vemos y le es imposible formar un hombre a su guisa? Pero, me responderéis a esto, si lo hubiera creado así, el hombre no habría tenido mérito. ¡Qué simpleza! ¿Y qué necesidad hay de que el hombre merezca de su Dios? De haberlo formado completamente bueno, jamás habría podido hacer el mal, y desde ese momento la obra era digna de un Dios. Es tentar al hombre dejarle que elija. Y Dios, por su presciencia infinita, sabía de sobra lo que de ello resultaría. Desde ese momento, pierde adrede, por tanto, a la criatura que él mismo ha formado. ¡Qué horrible Dios ese Dios! ¡Qué monstruo! ¡Qué perverso más digno de nuestro odio y de nuestra implacable venganza! Sin embargo, poco satisfecho de tan sublime tarea, inunda al hombre para convertirlo; lo quema, lo maldice. Nada de todo esto lo cambia.

Un ser más poderoso que ese despreciable Dios, el Diablo, que sigue conservando su poder, que sigue pudiendo desafiar a su autor, consigue constantemente, mediante sus seducciones, corromper el rebaño que se había reservado el Eterno. Nada puede vencer la energía de ese demonio en nosotros. ¿Qué imagina entonces, según vosotros, el horrible Dios que predicáis? No tiene más que un hijo, un hijo único que posee de no sé qué comercio carnal; porque igual que el hombre jode, éste ha querido que su Dios joda también; envía desde el cielo a esa respetable porción de sí mismo. Tal vez alguien imagine que esta sublime criatura ha de aparecer sobre rayos celestiales, en medio del cortejo de los ángeles, a la vista del universo entero… Nada de eso, sino en el seno de una puta judía; es en medio de un cortijo de cerdos donde se anuncia el Dios que viene a salvar la tierra. ¡Ésa es la digna extracción que le prestan!

O tenemos estas otras palabras de Primo Levi, escritas apenas unos meses después de sobrevivir a Auschwitz, en Si esto es un hombre:

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Conforme íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie conoce ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a la izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos con los otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se amontonan en torno a los más viejos, a los más desnutridos, a los más «musulmanes»; si sus fichas han ido a la izquierda, la izquierda es con toda seguridad el lado de los condenados. Antes de que la selección haya terminado, todos saben ya que la izquierda ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado infausto.

Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan joven y robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene gafas, quizás porque anda un poco encorvado como los miopes, pero más probablemente por un simple descuido: René ha pasado delante de la comisión inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido un cambio de fichas.

Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que la hipótesis es verosímil: no sé lo que pensaré mañana y después; hoy, la cosa no despierta en mí ninguna emoción precisa. Del mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes estaba en su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido nada de lo que ha sucedido y está en un rincón remendándose la camisa. ¿Debo ir a decirle que la camisa ya no va a servirle? No hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del Lager, lo importante no es tanto que sean eliminados precisamente los inútiles, como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo con determinado tanto por ciento preestablecido.

En nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que, mientras tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockältester decide proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se les distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería una iniciativa absurdamente compasiva del Blockältester o una explícita disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de dos o tres días (también a veces mucho más largo) entre la selección y la partida, las víctimas de Monowitz– Auschwitz disfrutan de este privilegio.

Ziegler presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda esperando. «¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockältester: no le parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón, pero Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a la izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockältester a consultar las fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha conseguido, se va tan tranquilo a la litera y empieza a comérsela. Ahora todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un trasteo sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.

Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?

Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

El problema ateo es un problema normativo; no es un problema que pueda abordarse con argumentos científicos, racionales o desde el ámbito de lo representacional. Es el problema de darle sentido a la vida en un mundo en donde no existe Dios. En un mundo donde no hay una razón ulterior para actuar correctamente y donde no hay una definición última de lo que supone actuar correctamente ¿Pero acaso puede plantearse un objetivo esperanzador como ése después de Auschwitz? La propia mención de Auschwitz refleja lo perverso de la historia, pues Auschwitz está en el centro del debate sobre genocidios (alimentado por una cantidad de libros o de películas) únicamente debido al interés de Estados Unidos por conservar un enclave en Oriente Medio. Hay razones egoístas y perversas por las que se habla de Auschwitz en detrimento de, por ejemplo, Hiroshima, de los armenios, del colonialismo, de la cuestión indígena, etc., etc. Pues bien, no hay duda de que la realidad es normativamente absurda. ¿Qué puedo hacer entonces?

Sólo puedo responder tímidamente a esa pregunta. Pero sí que tengo una respuesta: re-encantar de valor al mundo. Entender que lo normativo y lo representacional son reales sui generis. Sacralizar nuevamente, pero ahora lo esencial. No ya al “otro” ni a una entidad abstractamente perfecta. La sacralización debe ser sobre el propio ser humano.

La vejez

“No creo en el tiempo”, me contestaba una muchacha, hace muchos años, harta de seguir discutiendo conmigo sobre un tema del que no logro acordarme. Desde entonces, esa frase me ha parecido una negación reconfortante, propia de un espíritu impulsado por la energía despreocupada de la primera juventud (y ése es otro término balsámico ¿acaso podemos esperar todavía una segunda juventud?). En el fondo, es posible que tenga razón. Desde la eternidad de la diosa madre, el universo debería asemejarse a la esfera inmutable de Parménides. Pero para quien habita en la cueva, y acaba de celebrar el trigésimo aniversario de su nacimiento sin haber publicado la gran novela americana, el tiempo luce como una fuerza irresistible. Si me dejo crecer la barba, empieza a destacar un pequeño conjunto de canas. A un ritmo similar se van definiendo los surcos de mi rostro. La flacidez se apodera de una complexión a la que encuentra día con día más inactiva. Es cierto que mis ojos son incapaces de percibir inmediatamente el paso del tiempo. Los instantes son visibles, pero no su sucesión. El tiempo, escribía Séneca, es incorpóreo. Pese a todo, el espejo y la foto se hacen irreconciliables.

Siendo yo un acomodado miembro de la clase media, las señales fisiológicas del paso del tiempo van transcurriendo con amabilidad. Todavía me siento capaz de hacerles frente: ¡ponte a correr! ¡Ve a escalar algún cerro! ¿Para qué te dejas la barba? Eso en lo que cabe a mi fisonomía; sin embargo, ¿qué hay de mi mente? Desde mi postura, la mente se ubica en un espacio, hasta cierto punto, independiente del tránsito del desarrollo biológico. Pero, incluso aceptando eso, el tiempo no deja de ejercer influencia. Ganar experiencia supone que mis herramientas de interpretación de la realidad se vuelven cada vez más sofisticadas. Puedo abordar una mayor cantidad de temas desde una perspectiva que no puede ser acusada fácilmente de ingenuidad. Por lo menos, estoy preparado para recibir acusaciones de ese tipo y ofrecer respuestas para defenderme. Pero esa sofisticación tiene como consecuencia que mis creencias adoptan, poco a poco, un blindaje. ¿Y no es esa otra forma de decir que, con los años, me vuelvo más obtuso? Más desconfiado ante las nuevas ideas. Más inclinado a contestar con un no categórico.

Pero estoy exagerando un poco. No he dejado de ser sugestionable, susceptible al asombro. Sigo emocionándome leyendo a Montaigne, a Séneca. Puedo abstraerme todo el día mientras en mi cabeza no para de sonar la Quinta Sinfonía de Beethoven, la Scheherezade de Rimsky Korsakov, o bien, algún tema de Pink Floyd, Iron Maiden o Ennio Morricone. Alcanzo las cumbres de la satisfacción cuando me corono con la victoria en el Mario Kart 8 o en el Dominion. Sigo ardiendo de interés y deseo cuando se me presenta una mujer cuyo rostro y porte refleja seguridad y carácter. No dejo de crispar de indignación ante las maniobras manipuladoras de las clases poderosas. En suma, no siento todavía que esa hambre de pasiones e ideas comience a saciarse. Sin embargo, las advertencias (de los medios, de mis amigos, de la opinión de la gente en general) sugieren que, conforme incremente mi edad, el ansia de mi vida se moderará. ¿Qué diablos quieren decir con eso? ¿Esa “nivelación” que proporciona la vejez es una virtud, cuyo aparente obsequio es la firmeza intelectual, o se trata más bien de una señal de decadencia?

Según Ingenieros, debería contemplarse con recelo la nivelación que tras de sí deja el paso del tiempo. Acaso esa aparente seguridad de ideas tan sólo esconda una adaptación a las circunstancias, una mera emulación de las herramientas retóricas, un medio para ceder a la pereza y justificar el abandonar el estudio o la exploración que, mientras jóvenes, cultivábamos.

La decadencia del hombre que envejece está representada por una regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio, la vejez mediocriza a todo hombre superior; más tarde, la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre. Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. Cuando el cuerpo se niega a servir a todas nuestras intenciones o deseos, o cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos afirmar que ha comenzado la vejez (1).

La vejez está lejos de corresponder al extraño fenómeno del añejamiento del vino. En realidad, las capacidades cultivadas durante la juventud alcanzan, en algún punto, una cresta. Nunca más se aproximará a esa cúspide. Tan sólo queda insinuado un camino de descenso; un proceso de decadencia al que forzosamente están obligados a cursar los organismos que componen la vida. En ese sentido, es natural esperar que la vejez de los seres humanos se sitúe después de que su existencia haya alcanzado una cresta de esplendor. Los revolucionarios se vuelven reaccionarios. De la vanguardia se pasa a la zaga.

Por supuesto, también hay quienes ven en la vejez dignidades características, inaccesibles para quienes no han acumulado la edad suficiente. Cicerón consideraba a cada edad como correspondiendo a un estrato particular de beneficios y obligaciones. De esa manera, los viejos no carecen de ventajas distintivas. En primer lugar, se han emancipado del deseo, al que tanto tiempo dedican los integrantes de otras edades. Al respecto, Cicerón decía que no tenía sentido que algunos ancianos se lamentaran el haber perdido el apetito sexual:

[…]ya que no podemos resistirnos al placer con nuestra razón y entendimiento, hemos de estar enormemente agradecidos a la vejez, que logra que no apetezca lo que no conviene. Así es: el deseo estorba la reflexión, es enemigo de la razón (2).

En el caso de las mujeres, la menopausia las ha liberado del tortuoso ciclo menstrual que mes con mes las obliga a enfrentarse a una enajenación corporal. De la misma manera, la menopausia las ha independizado de los prospectos de incapacidad y servidumbre a los que la maternidad las ata. Como escribe Simone de Beauvoir, “[…] hay quienes dicen que las mujeres de cierta edad constituyen un tercer sexo. [La mujer] ya no es presa de potencias que la desbordan y coincide consigo misma (3)”.

Pero las ventajas de la senectud no son sólo corporales. La propia prudencia previsora hacia la que los ancianos tienden, y que tanto desagradaba a José Ingenieros, los hace ideales para tareas de mando y de orientación. Y esto nos conduce hacia lo que Cicerón consideraba como la obra más importante de todas: la labor del pedagogo. No está entre los intereses del joven, con todos sus deseos y ambiciones, el enseñar a otros el camino correcto. Pues la actitud paternal con la que un maestro se dirige a sus pupilos involucra paciencia y tranquilidad, actitudes ambas que se oponen a la avidez de conocimientos o al hambre de vida que caracteriza a los jóvenes. Al carecer de la prudencia previsora, los jóvenes no pueden ser buenos pedagogos. En realidad, ni siquiera ambicionan serlo. Sus preocupaciones tienden más a ellos mismos, a sus propios objetivos. En contraste, el viejo está genuinamente interesado en evitar que los jóvenes tropiecen en donde él tropezó antes.

Entonces, ¿es la vejez un símbolo de virtud o de decadencia? En realidad, yo no encuentro una tensión entre lo que dice Ingenieros y lo que plantea Cicerón. Pues mientras uno esgrime que no se debe “confiar en la incertidumbre de las canas para la iniciación de las grandes empresas”, el otro tan sólo dicta que las ambiciones grandiosas de la juventud no forman parte de la vejez. “Existen intereses determinados en la infancia ¿acaso los echan de menos los jóvenes?”. La vejez hace mucho dejó de lado las ambiciones individuales y se inclinó, más bien, por la pedagogía. Así presentado, todavía me queda más claro que no hay un conflicto entre ambos pronunciamientos. Ambos aceptan que las preocupaciones entre las distintas edades son diferentes. Si acaso, ambos están de acuerdo en un mismo punto: carpe diem, aprovecha el día; O bien obedece a los impulsos de tu juventud para conquistar tus ambiciones, o bien utiliza los recursos de tu vejez para encaminar a aquellos cuyos ojos buscan un guía. Creo que la tranquilidad del espíritu con respecto a la cuestión de la edad y al paso del tiempo giraría alrededor de esa consideración. Sin embargo, yo mismo no siento una inclinación a perseguir esa tranquilidad. De manera que volveré a esta reflexión más adelante, mucho después de encontrarme, como ahora mismo me encuentro, en el tercer escalón.

NOTAS

1- José Ingenieros, El hombre mediocre, Editorial época, 1967, p. 168.

2- Cicerón, Sobre la vejez, Alianza editorial, 2013, p. 74.

3- Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Penguin random house, 2015, p. 42.

Libros leídos en el 2015

Siguiendo la costumbre, (comenzada por este honorable individuo), he aquí la lista de los libros leídos durante el 2015.

Hay libros cuya lectura arrastro a lo largo del año y que encuentran en diciembre el momento idóneo para ser concluidos. Naturalmente, hay otras obras que mi atención dispersa no consigue concluir en un solo año. Aunque, hablando con sinceridad, cuando eso ocurre, tales libros son aplazados indefinidamente. ¿Hace cuánto tiempo que Goedel, Escher, Bach de Hosftadter espera ser finalizado? Un destino similar le ha ocurrido a El camino a la realidad de Penrose. Y, de la misma manera, La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Weber acumula polvo en mi librero desde hacer un par de años.

Durante el 2015, la lista de aplazados fue engrosada con un par de libros que, probablemente y de la misma manera que los ya citados, nunca termine. Por un lado, está el colosal texto de historia titulado, simplemente, Ideas, escrito por Peter Watson. Y el otro texto, también monumental y también de historia, es La primera guerra mundial de Martin Gilbert. Espero que el 2016 me dé oportunidad de limpiar esa cenicienta perspectiva de obras sin finalizar.

Pues bien, comencemos:


  • Jordi Agustí y Mauricio Antón, La gran migración

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Mientras leía la ya mencionada Ideas, me surgió la inquietud de profundizar en los temas de la prehistoria humana. Principalmente estoy interesado en indagar en torno a las hipótesis fisiológicas y ambientales (biológicas) que provocaron el origen del lenguaje. Ideas dedica un capítulo a ello pero, siendo un trabajo que persigue dar cuenta de toda la historia intelectual humana, está obligada a no detenerse demasiado en ningún tópico. Me parece que una obra de historia, cuando tiene la pretensión de abarcar periodos demasiado amplios, corre el riesgo de convertirse en una enciclopedia. Sospecho que algo parecido ocurre con Ideas. En todo caso, el tratamiento insuficiente que hace de las “ideas” cuyo origen tuvo lugar durante la prehistoria me dejo con una sensación famélica. Y La gran migración forma parte de mis intentos por saciar mi interés alrededor de esa misteriosa etapa del ser humano.

Encuentro un tono en la obra que me deja la impresión de que no se trata enteramente de una obra de divulgación o que, más bien, los autores no estaban dispuestos a amenizar al lector si ello iba en detrimento de su rigurosa formación como investigadores. Por ejemplo, se detalla de manera extensa los yacimientos de los que se tiene registro y la manera en que su ubicación y características sirven como evidencia para llegar a determinadas conclusiones. Una obra de divulgación sencillamente se limitaría a afirmar que las cosas fueron de tal o cual manera. En La gran migración, por el contrario, se obedece un principio científico de intentar colocar las principales afirmaciones como si éstas se encontraran sobre la mesa de debate. La verdad, celebro ese tono. Aunque acepto que puede resultar un poco agotador para el lector a veces conocer detalles que, hablando con rigor, le interesan más a los especialistas. Por otro lado, esa obsesión de los autores por referirse a los animales únicamente por su nombre científico, muy adecuada cuando se escribe un paper, provocaba que me extraviara bastante. Algunas veces tenía que ver directamente Wikipedia para conocer a qué tipo de animal se referían. Por suerte, el libro está bellamente ilustrado y muchos de las especies que mencionan tienen su correspondiente representación gráfica.

Un capítulo interesante del libro es el dedicado a los neandertales. Según relatan los autores, los neandertales fueron una especie de homínidos que consiguieron emigrar a Europa y que fueron contemporáneos de los homo sapiens. Y, de manera similar a nuestra especie, tuvieron cierto desarrollo cultural e, incluso, se piensa que contaban con lenguaje. Ése me parece un tema de estudio fascinante: el contacto que debió haber tenido nuestra propia especie con la de los neandertales. Los autores pintan un escenario que da pie a muchas conjeturas emocionantes: Seres de piel blanca pero cubierta de vello, que ya cuentan con un desarrollo tecnológico avanzado y que incluso pueden hablar, se encuentran por primera vez con los seres humanos actuales, recién emigrados de África, de etnia negra, llenos de tatuajes y de símbolos pintados en su cuerpo. ¿Habrá sido inmediatamente violenta la reacción entre ambas especies? Lo que está claro es que la coexistencia entre estas dos especies no perduró y los neandertales fueron, o bien asimilados, o bien desplazados y exterminados. Y, hablando de violencia, prosigo con el siguiente libro.


  • Norman Mailer, ¿Por qué estamos en guerra?

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Tan ridículas y miopes me parecen las opiniones que el autor presenta en este libro que no me resultó fácil terminarlo. No bromea Chomsky cuando dice que una buena parte de los intelectuales están dispuestos a defender, incluso con sinceridad y entusiasmo, el status quo y las bases del poder institucional. Norman Mailer es uno de esos intelectuales (Freeman Dyson, del cual ya hablé en otra entrada, es otro).

Naturalmente, Mailer no es tan ingenuo como para respaldar lo indefendible. Admite que la invasión a Irak no fue ni justa ni tuvo otra justificación más que la de incrementar la hegemonía de Estados Unidos. Pero tal actitud, por parte de un conservador, no tiene porqué despertar ninguna sorpresa: incluso los sectores más conservadores de la “opinión pública estadounidense” se opusieron a la guerra de Vietnam a principios de 1970, esto es, después de años de intervención norteamericana en Vietnam del Sur.

Pero lo peor de este libro son las reflexiones en torno al terrorismo. Hay una afirmación que me pareció sumamente estúpida. A la pregunta sobre “¿por qué odian los musulmanes a los Estados Unidos?”, Mailer responde: “porque nos tienen envidia”. ¡Ah!, parece entonces recordar, “También nos odian por razones más molestas. El capitalismo de empresa tiene por costumbre apoderarse de grandes porciones de las economías de otros países”. Menuda mierda de frase. Intercambia de lugar el motivo principal por el que cabría odiar a un país y una hipótesis de lo más absurda. Y como si eso no fuera suficiente, Mailer se toma el cuidado de presentar la causa “secundaria” del odio como algo lo suficientemente atenuado como para que adquiera la apariencia de una mera consecuencia colateral; un pequeño efecto negativo de algo que, en general, es muy “saludable”: el capitalismo de empresa. Por otro lado, qué ignorante me parece la hipótesis de que los musulmanes (generalización de lo más imbécil y miope: En Turquía y en Indonesia también son musulmanes y eso no les impide vivir una forma de civilización muy parecida a la occidental) envidian a Estados Unidos. ¿No se detuvo Mailer a estudiar un poco de historia y observar por qué otras civilizaciones han evitado la irrupción de la forma de vida occidental? ¿Por qué Japón, por ejemplo, persiguió una política de aislamiento durante el siglo XVII? ¿Por qué siguen existiendo beduinos y tribus amazónicas? ¿Por qué, en el corazón mismo de la civilización occidental, existen ciertos grupos de personas que deciden crear comunidades autónomas? ¿Tan difícil es para Mailer entender que no todos están interesados necesariamente en llevar una forma de vida como la norteamericana? Y, sin embargo, para él, el odio proviene principalmente de la envidia que se tiene ante tan majestuoso país.


  • José Ingenieros, El hombre mediocre

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Este libro lo encontré, casi deshojado y lleno de polvo, en la vieja biblioteca familiar. ¿Acaso será un breve tratado de ética de un pensador latinoamericano y, por ello, bastante poco leído? Resultó ser un himno a la vitalidad del ser humano y leerlo fue uno de los momentos más estimulantes del año pasado. La importancia que le doy a esta obra la he expresado extensamente en otra entrada.


  • Edgar Allan Poe, Cuentos

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Los cuentos de Poe son como las fábulas de Esopo. Todos hemos escuchado o leído varias. En mi caso, por algún motivo, todos los exámenes de inglés que he tenido que cumplir han girado alrededor de esos cuentos. De la misma manera, los primeros ensayos literarios que me exigieron durante mi carrera también empleaban escritos de ese autor. Pues bien, me parecía algo triste que mi memoria sobre esa parte tan importante de la literatura estuviera tan ligada al entorno académico (ambiente que nunca me ha parecido genuino; no se puede amar lo que es impuesto). Por ello decidí leerme esta antología de Alianza Editorial que, en un solo tomo, agrupa los cuentos de terror y de misterio del autor; las aventuras de Gordon Pyme y los cuentos que, en opinión de Cortazar (el traductor de esta antología), no están tan bien logrados, se encuentran en otros tomos que todavía no me he conseguido.

Por desgracia, Los crímenes de la calle Morgue y El corazón delator son ambos cuentos que relaciono mucho con lo escolar (El corazón delator lo vinculo todavía más con Los Simpsons). Por ello, no puedo decir que me produjeran ninguna sensación de sorpresa. Caso muy distinto es el cuento El gato negro, parecido al Corazón delator pero, en mi opinión, mejor conseguido. Otro cuento parecido es El tonel de amontillado, también excelente y también uno que (por suerte) la cultura popular y la universitaria no suele citar. Nunca había leído el cuento La verdad sobre el caso del señor Valdemar, que me dejó totalmente estremecido. Pocas veces he leído una historia de terror tan espeluznante. En ese sentido, Revelación mesmérica también me gustó mucho, aunque intercambia la sensación de terror por la de lo enigmático, que para algunos puede resultar todavía más sugestiva.

Creo que es una característica de los cuentos de Poe el repetir el mismo escenario desde distintas perspectivas. Algunas de esas perspectivas me parecen tan buenas que terminan opacando, en mi opinión, a las otras. Así, por ejemplo, me causó mucha más sorpresa Morella que Ligeia. Sobre todo por la manera en la que Poe conecta el golpe final de la primera en contraste con la segunda.

En suma, me la pasé excelente con estos cuentos. Lo que más me gusta del estilo de Poe es ese interés que tiene por presentar sus narraciones de la forma más enigmática. Su estilo está muy preocupado por evitar todo tono escolar, tímido o timorato (adjetivos todos que, al final de cuentas, hacen referencia más a o menos a lo mismo). Ello le da a sus narraciones una forma muy sincera, como si se tratara de una confesión que un amigo hace. Esa impresión me parece más fuerte por el hecho de que, en general, sus cuentos tienen la perspectiva de la primera persona.


  • Andrei Makine, Requiem por el este

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Se trata de una novela en donde tres generaciones de personajes viven las distintas etapas de la historia de la Unión Soviética: la época revolucionaria, la gran guerra patriótica, la lucha por la hegemonía global y, finalmente, el derrumbamiento de ese proyecto de nación. Todas esas épocas están marcadas por la guerra y la tragedia; de la misma manera, todas las generaciones de personajes aprenden rápidamente a desensibilizarse de esas situaciones. La narración no pretende de ninguna manera hacer una apología de la historia soviética. Me parece que el autor tenía la intención de que uno encontrara absurdo y repentino el hecho de que los distintos personajes se encontraran, de repente, en medio de una guerra. Esa misma sensación me recuerda mucho a la que se siente en la película Underground, de la que ya hablé en otra ocasión. Supongo que no es casual que Makine se haya referido, en general, al este y no únicamente a la Unión Soviética al titular su obra. La guerra y la tragedia parecen haberse desenvuelto de una manera muy similar en todos los países del llamado bloque oriental.

La parte que más me gustó de la novela fue el intento que el autor hace para reflejar el modo en el que un niño, que apenas empieza a hacer uso del lenguaje, percibiría los acontecimientos violentos que de repente impactan a su alrededor. La historia adopta entonces una forma de escritura muy extraña que encuentro muy justificada: la perspectiva de un bebé es necesariamente incompleta y los acontecimientos sólo se perciben por medio de extrañas analogías respecto a objetos cotidianos. ¿De qué otra manera podría entender una enorme piedra que, de repente, aparece en la mitad de la choza en la que vive? ¿Cómo puede un bebé comprender la agitación de los pasos de la persona que lo carga, cuyo movimiento opera a un ritmo muy distinto al que está acostumbrado? Makine, me parece, hace un valiente intento por plasmar una perspectiva así.


  • Jorge Ibarguengoitia, Maten al león

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Leí esta novela durante un viaje a mi ciudad natal. Creo que las historias de Ibarguengoitia son ideales para leerse durante esas etapas de confusión y auto-reconocimiento que suponen, para mí, los viajes largos. En general, son obras breves y están repletas de humor negro. Así que, en los ratos en los que la “introspección viajera” me resulta demasiado pesada, puedo echar mano fácilmente a esos textos y mantenerme entretenido por un rato. Por supuesto, estoy completamente enterado de que no voy a alcanzar ninguna conclusión profunda con estos libros y éste que estoy reseñando aquí no fue la excepción.

Se trata de otra novela latinoamericana de dictadores. Pues si los gringos tienen sus películas patrióticas de soldados y espías, los latinoamericanos tenemos nuestro propio personaje idiosincrásico: los dictadores. Nuestros dictadores latinoamericanos no son, como pensaría la mente prejuiciosa de un extranjero, sujetos de una seriedad imponente y ojos inyectados de sangre, cuya única preocupación parecería ser la de mantener el orden y asesinar a todos sus oponentes. Tal es la imagen que se tiene de Robespierre, por ejemplo. Pero la imagen de los dictadores latinoamericanos es de un paradigma muy diferente. Son generales que saben vivir bien, que no se quiebran la cabeza demasiado en asuntos de gobierno o control; en lugar de ello, están más interesados en el alcohol, en las prostitutas o en las peleas de gallos. Son hombres que siempre exhiben un humor excelente y que poseen un carisma inmenso como para conseguir ser admirado o incluso querido por la masa de la gente. Usualmente apenas han leído libros ni saben de arte y esa escasa cultura provoca que las clases altas lo detesten. ¿Quizá eso mismo ocasione que la gente común y corriente se sienta identificada con él? Por otro lado, los dictadores latinoamericanos no necesitan hacer uso constantemente del aparato policial y manchar de sangre las calles para así garantizar su dominio; aunque eso no significa que tengan el menor escrúpulo a la hora de eliminar a todos los conjurados, intelectuales y estudiantes (que, en general, provienen de los estratos altos de la sociedad) que involucren un desafío para su gobierno.

Pues bien, el dictador de la pequeña islita bananera en la que transcurre esta novela de Ibarguengoitia es una clara estampa de la imagen del dictador que acabo de esbozar. Lo cual no necesariamente es bueno, pues hay mil y una historias que retratan a ese mismo personaje. Pero, por lo menos, en este librito la trama es bastante divertida.


  • William Golding, Los Hombres de Papel 

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Nunca he leído El señor de las moscas, la novela más conocida de Golding (ni falta que me hace, con lo parodiada que ha sido). Así que no sé bien qué impulso me llevó a comprarme este libro. Me parece que el hecho de que no distinguiera nada más en una miserable librería de feria. ¿Y por qué, entre todos mis libros que acumulan polvo sin terminar, finalicé éste? El caso es que ha sido la primera novela de Golding que he leído.

No puedo decir que me haya gustado mucho. No me sentí atrapado por el estilo pretencioso con el que el personaje, en primera persona, narra los sinsabores que incluso un escritor venerado por todos, tiene que sufrir. Pues ésa es la trama principal: un sujeto petulante, acostumbrado a recibir felaciones por parte de su público, tiene que lidiar con un catedrático fanático que a la fuerza quiere tener el honor de escribir su biografía. Acepto que la representación del ambiente académico que hace esta novela es bastante acertada: se trata de un mundo lleno de individuos dispuestos a abandonar su dignidad con tal de escalar peldaños. Sin embargo, más allá de ese detalle, la historia no llegó a interesarme demasiado. ¿Será que Golding se sintió como su personaje, un escritor que conquistó la cima de la perfección, capaz de conferirse el soberbio derecho de abandonar la pluma? Si esta narración intentaba únicamente comunicar esa sensación, hice muy mal en leerla. Pues ya había visto expresada esa misma idea de una manera mucho mejor en un capítulo de Los Simpsons:


  • Julio Cortazar, Historias de cronopios y famas

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Luego de leer cierto post del blog, mi hermana me comentó que mis palabras le recordaron las Historias de cronopios y famas. Pues bien, yo nunca había leído esa obra, así que dediqué los últimos días de diciembre (durante otro viaje) a esa pequeña serie de cuentos. Puedo decir que durante el 2015 estimé mucho la forma de escribir de Cortazar, pues suya es la pluma que tradujo la colección de Poe que terminé ese año.

Creo que llamar cuentos a algunos de los escritos que conforman Historias de cronopios y famas no sería del todo correcto. Es prosa, sin duda, pero se trata de una especie de híbrido entre un cuento y un aforismo. En algunos casos, los textos casi tienen la extensión de una moraleja. ¿Qué habrá motivado en algunos escritores esa forma de escribir ideas cortas? Según Cortazar, la novela, como si la lectura se tratara de un combate de boxeo, debe ganar por puntos; mientras que el cuento debe ganar por knockout. Esto significa que el cuento no puede darse el lujo de poseer elementos o descripciones gratuitas: tiene que ir dispuesto a ganar al lector de un solo golpe rápido. Pues bien, quizá Cortazar estaba obedeciendo su propio consejo al escribir las Historias de cronopios y famas. Sin embargo, los textos demasiado cortos no consiguieron retener mi curiosidad. Quizá tengo una especie invertida de déficit de atención. Por el contrario, me agradaron mucho más aquellas partes del libro que observaban un ritmo un poco más sosegado; por ejemplo, las que se referían a los ingeniosos empeños de las familias del barrio Pacífico, conjunto de narraciones que conforman el segundo capítulo de la obra. He de agregar también que, a primera vista, los capítulos de Historias de cronopios y famas no parecen seguir un orden en particular y bien podía empezar por el último o por el primero.

El último capítulo del libro trata directamente las “historias de cronopios y famas” y en él aparecen estampas de las razas cuya descripción se había prometido desde el mismo título de la obra: Los cronopios, los famas y las esperanzas. ¿En qué creo que se asemejan estas razas de seres con respecto a las razas de humanos de las que hablé en la ya mencionada entrada, esto es, los normales e intelectuales de Enzensberger o las sombras e idealistas de Ingenieros? Pues bien, lo que creo es que estas distinciones de Cortazar crean un nuevo nivel de especificación y, así como tiene sentido hablar de normales idealistas o intelectuales sombras, podríamos encontrarnos con cronopios normales idealistas o famas intelectuales sombras. Aunque tengo el presentimiento de que hay una notable tendencia entre los famas a ser sombras.


  • Cicerón, Sobre la vejez. Sobre la amistad.

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En diciembre del año pasado celebré el trigésimo aniversario de mi natalicio. Y por algún misterioso motivo creo importante hacer un esfuerzo de percepción sobre lo que significa en un hombre haber acumulado vivencias y haber llegado a una edad como la que he alcanzado. Pues bien, considero que una buena base para un escrito de tal naturaleza se encontraría en tres trabajos clásicos: el diálogo de Cicerón sobre la vejez, el diálogo de Séneca sobre la brevedad de la vida y el ensayo de Montaigne sobre el tiempo. Espero terminar de escribir mis resultados de esas lecturas en alguna entrada próxima.

Mientras tanto, he de decir que esta pequeña colección de Cicerón me hizo reencender mi pasión por los trabajos filosóficos romanos. La suya fue una cultura de lo más digna que tenía un interés muy especial en subrayar su independencia con respecto a la labor intelectual de sus profesores griegos. Cicerón, en particular, insiste en que el afán práctico, como opuesto al contemplativo, es lo que diferenciaría a los romanos de los griegos. Y, en cierta manera, tiene razón. Varios de los mayores filósofos romanos no dedicaron sus vidas al ocio contemplativo o al diálogo, como así ocurría en el caso de los pensadores griegos. Por el contrario, poseían importantes cargos políticos. Así era el caso de Cicerón, de Marco Aurelio o del propio Séneca (quien, a pesar de todo, defendía una vida de contemplación y ociosidad al estilo de los griegos).

En todo caso, tengo que agregar que la emoción de comprensión y asentimiento que me provocó esta obra no se compara con la que siento actualmente mientras leo el diálogo similar de Séneca.


  • Italo Calvino, Las ciudades invisibles.

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Ésta es otra colección de cuentos-aforismos. Sin embargo, aquí la conexión entre las diferentes historias es mucho más clara que en el caso de las Historias de cronopios y famas. De hecho, quizá podría ser sencillamente posible eliminar la categoría de “cuento” a estas narraciones y reconocerlas únicamente en calidad de proverbios: reflexiones alrededor de lo que involucran la sucesión de asentamientos urbanos. Pues, aunque en ocasiones el autor se esmere en buscar describir lo que caracteriza a cada ciudad sobre la que discurre su imaginación, el caso es que, al final, todas las ciudades terminan pareciéndose y obedeciendo a un mismo principio de agrupación. Los motivos por los que la gente decide vivir en ciudades son similares y obedecen a un mismo afán de civilización. Así que, al final, el autor parece estar haciendo un ensayo reflexivo sobre urbanismo más que un trabajo de ficción.

Y vaya que me resultó interesante esta obra. Lo que más me llama la atención es la insistencia en el carácter melancólico y nostálgico que representa la ciudad para la vida de las personas. Pues se trata de organizaciones que cambian constantemente. Y un hombre que viaja tiene oportunidad de observar y comparar esos cambios. Percatarse de ellos y empezar a preguntarse sobre el espacio que habita.